26 de diciembre 2012 - 00:00

“No es más que un buen thriller para leer en la playa”

Abarca: «Yo cuento historias que he vivido, no pretendo con una novela dar principios. Aquí se muestra cómo se llega a cambiar un fallo de una Cámara Federal en una cuestión privada».
Abarca: «Yo cuento historias que he vivido, no pretendo con una novela dar principios. Aquí se muestra cómo se llega a cambiar un fallo de una Cámara Federal en una cuestión privada».
Una abogada, ganadora en su profesión pero que se siente fracasada en su vida sentimental, es el personaje protagónico de «La abogada» la nueva novela de Alfredo Abarca, «un buen thriller para leer en la playa», según su autor. Alfredo Abarca es abogado, profesor universitario, director del programa de posgrado de Derecho Aduanero en la Facultad de Derecho de la UBA y miembro de la Academia Internacional de Derecho Aduanero. Lleva escritas 7 novelas en el género thriller judicial, «Papeles perdidos», «Fuerza de mujer», «Expediente reservado», «El Código de Nüremberg», «Secuestro virtual», «Duelo nacional» y «La abogada». Varias de sus novelas fueron best sellers. Dialogamos con Abarca sobre su nueva novela.

Periodista: ¿Por qué necesitó poner la advertencia: «esta novela es fruto de la imaginación del autor. Los personajes y los hechos narrados no son reales y, si a veces lo parecen, es mera casualidad»

Alfredo Abarca: Porque todo este tipo de libros, que se sitúan contemporáneamente en la Argentina, tiene algún toque de la realidad. Y no porque yo haya buscado transformar la realidad en una historia, sino porque mi imaginación se adelanta a algunos hechos. En «La abogada» se muestra cómo se llega a cambiar un fallo de una Cámara Federal en una cuestión privada, que nada tiene que ver con el tema actual de la búsqueda de los vericuetos legales de Clarín y el gobierno sino con una cuestión entre dos empresas extranjeras, donde uno de los estudios sabe que va a perder eso y trata de ver como lo puede transformar, y entonces arma grandes movimientos populares, con sindicatos, con el Congreso, con instituciones medias, y llega a presionar en tal forma, que finalmente logran el objetivo. «La abogada» es un libro escrito hace más de dos años, y eso está sucediendo hoy en nuestro país. Además, hay situaciones que están en la novela y el día de mañana puede aparecer como un hecho policial o un escándalo en los diarios. La advertencia es una buena cobertura para evitar una mal interpretación.

P.: Pero usted no se plantea hacer una denuncia, como ocurre con algunas novelas policiales recientes, sino entretener.

A.A.: Yo cuento historias que he vivido, no pretendo con una novela dar principios. El primer hecho jurídico que le toca a la protagonista es el de una maestra de 24 años acusada de haber mantenido relaciones con un alumno de 15 años. El hecho va a destruir un colegio sacralizado del norte de la ciudad de Buenos Aires, y la abogada Mercedes Lascano lo resuelve de la manera más antiética con la que un abogado puede proceder, siendo abogado de las dos partes. Y la que se beneficia es la acusada. Cuento eso como una anécdota, no tengo detrás un objetivo moral. En todo caso mi objetivo moral sería el de que eso no debería haber sido hecho. Las cuestiones técnicas frente a la realidad son muy contrastantes. La realidad es tan destructiva frente a la solución razonable que es imposible ponerla en ejecución. Si se hubiera desembocado en una denuncia por violación, por estupro, los diarios, la radio y la televisión se hubieran ensañado en el caso, y hubieran destruido al colegio, al chico y a su familia, a la maestra, y finalmente quedaría un juicio que cerraría por prescripción luego de 10 años. Algo que vemos todos los días. Veamos que sucedió con casos aberrantes ocurridos hace 5, 7, 10 años que fueron fogoneados por los medios y en qué terminaron.

P.: ¿Cómo surge el personaje de «La abogada»?

A.A.: Si bien está totalmente aislado, descubierto en plenitud, es la misma mujer que ya estaba en mi novela «Expediente reservado». Ahora tiene 5 años más. En «Expediente reservado» surge un día en que estaba en un café cerca de Tribunales, haciendo tiempo para ir a ver un expediente, y veo cruza la plaza una mujer, una abogada por la vestimenta, por el tipo de portafolio. Era hermosa, pero me asombró su cara de terror. La vi entrar en Tribunales. Eso disparó en mí el personaje de Mercedes Lascano. La mujer abogado es algo de los últimos 60 años, antes encontrar una abogada era algo excepcional. En las últimas décadas irrumpieron de forma absoluta, y más aún en la Justicia. Hoy si se hace el cálculo por género de quien tiene la mayoría entre los jueces, deben ganar las mujeres. Eso tiene una explicación sociológica. En la época de Alfonsín los sueldos judiciales fueron muy bajos y los hombres salieron a buscar otro tipo de ingresos; entonces las mujeres entraron en el Poder Judicial. Y fueron avanzando, al punto que hoy se toma la lista en cualquier fuero y la cantidad de mujeres es enorme. Pero Mercedes Lacano siempre actuó en la vida privada, en un estudio muy grande. Hizo carrera, y ahora llega a sentarse en uno de los sillones de los socios, lo que la convierte en una mosca blanca en esa jerarquía dentro de la profesión.

P.: ¿Quiso contar algunos casos judiciales que son llevados por esa abogada?

A.A.: Y contar también su vida personal. Quería observar que sucedía con las mujeres en la medida en qe se han lanzado a igualarse con el hombre. Para esa lucha tenían que estar libres de todo compromiso que no fuera con su profesión. Y tienen que mostrar su superioridad, lo que es un trabajo extra. Eso le sucede a Mercedes Lascano que al comenzar la novela tiene 43 años y un día al vestirse se da cuenta que la ropa no le cierra. Un desperfecto la lleva a pensar que los años se la vienen encima, que no tiene hijos, que no tiene pareja, sólo un abogado con el que de vez en cuando se acuesta, hasta que un día se harta y lo raja. Sus atributos físicos, que solían asegurarle el éxito con el sexo opuesto, comienzan a sufrir las marcas del tiempo. Se da cuenta de que también su intimidad se está transformando. Lo habla con una psicóloga. Le cuenta de su angustia de estar sola, de que no tiene casi parientes, no tiene amigas, qué le va a suceder. Y la otra le dice: «de qué te quejás, estás llena de plata, hacés lo que se te ocurre, viajas, los hombres te admiran, tenés éxito profesional; yo tengo dos chicos, un marido que no me pasa alimentos, cuando se me acerca un hombre, se entera mi problema y no le dan los píes para salir corriendo; claro a mi me encantaría entrar a la mañana a discutir un asunto con abogados, y a vos te encantaría despertarte a la mañana a darle el desayuno a los chicos». Hay todo un espectro de mujeres que han elegido un destino que en un momento no termina de ser el que realmente buscaban.A Mercedes la comprensión la lleva a transformaciones. Comienza a responder de maneras nuevas, menos rígidas, al borde la ética profesional en el caso de la maestra y el teenager, en el litigio entre empresas por la distribución de gas que se monta sobre una red de intereses y que compromete a los tres poderes del Estado. Hasta llega a descubrir una traición en su equipo actúa de una manera impredecible hasta entonces. Bueno, el thriller legal tiene la pausa pasional con un cliente de antecedentes sospechosos que le trastocará la vida.

P.: En algún momento se considera que sus libros tienen que ver con las novelas judiciarias de John Grisham, ¿considera que el escritor estadounidense tuvo alguna influencia en su obra?

A.A.: Sin duda conozco la labor narrativa de John Grisham o Scott Turow cuyas obras pertenecen al género novela judicial. Me resultó difícil avanzar en el nuevo libro de Grisham, me resultó confuso. Ocurre que, además, el sistema judicial estadounidense y el nuestro son muy distintos. La relación con Grisham es, acaso, porque cuento cosas que suceden en ambos países en un marco judicial. Si se toman todos esos libros que relatan juicios, y que hoy han pasado a ser obsoletos porque están en el formato digital, elige uno, lo abre en cualquier página, se tiene un asunto interesante, absolutamente. Sea un desalojo, un choque, una denuncia por alimentos, un homicidio, un problema de Estado, se tiene la intriga suficiente como para comenzar a narrar. Hay ideas, esquemas, a los que si le suma imaginación, intriga y aventuras, comienza a desplegarse una historia donde el desafío es que sea atractiva, interesante, divertida, conmovedora. Hay una cuestión de ritmo, de un lenguaje simple pero que a la vez sea verosímil a los personajes, de la rapidez de las secuencia, de la visualidad de lo que va ocurriendo. Yo no pretendo alta literatura, no intento relacionarme con Coetzee o Murakami, sino entusiasmar, entretener, divertir, concienciar sobre cosas que suceden, de ciertos mecanismos judiciales. Me pareció fantástico que «La abogada» se lance cuando la mayoría de la gente sale de vacaciones, creo que es un buen libro para leerlo en la playa.

P.: Ahora, ¿qué está escribiendo?

A.A.: Tengo otra novela muy avanzada. Una historia complicada de un reproductor humano mezclado en una trama de corrupción.

Entrevista de Máximo Soto

Dejá tu comentario