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No todo está perdido, señor Presidente; ¡hay un Plan B!
• OPINIÓN
En medio de una nueva fase de la actual crisis cambiaria, el economista Jorge Avila presenta una propuesta para sortear la debacle evitando cepos, bicicletas financieras, corridas cambiarias, inflación y otros males. En esta entrega, la primera parte.

Segunda etapa: sin embargo, para levantar el edificio de la economía argentina nos hace falta un precio fijo del dólar por el futuro indefinido. Son dos condiciones: precio fijo y futuro indefinido. La Conversión suministra un precio fijo, pero la memoria histórica no le permite proveer una perspectiva de futuro indefinido. La respuesta es la dolarización por su carácter irreversible. Hablamos de irreversibilidad en un sentido probabilístico dado que las chances de desdolarización son muy bajas. La dolarización hace desaparecer la idea de una tasa esperada de devaluación. Bajaría, entonces, la tasa de interés de corto plazo al nivel de la tasa del bono americano a tres meses.
El pasaje de la conversión a la dolarización no debería insumir más de seis meses puesto que lo segundo le da horizonte a lo primero. En este intervalo, el Gobierno convertiría en dólares los depósitos bancarios denominados en pesos al tipo de cambio de conversión y le ofrecería al público el canje de sus tenencias de circulante en pesos a igual tipo de cambio, mientras procede a importar las monedas y los billetes de baja denominación que estimen necesarios.
Tercera etapa: la simple dolarización es una invitación a la corrida bancaria. Se verifica cierta asociación entre los regímenes de tipo de cambio fijo (la dolarización es la versión extrema del tipo de cambio fijo) y las corridas sobre depósitos bancarios. La razón es que la dolarización anula al banco central y la banca comercial se queda sin la asistencia de un prestamista de última instancia. Este es el primer problema que hay que resolver para lograr una dolarización sostenible. Si no fuera resuelto, no bajaría en forma significativa la tasa de interés del bono argentino a diez años, que es la tasa que regula la inversión y el consumo en la jurisdicción nacional.
Ecuador, El Salvador y Panamá no tienen acceso a la Reserva Federal como prestamista de última instancia. Han resuelto el problema, con éxito hasta aquí, por medio de altos encajes sobre los depósitos bancarios y de fondos de liquidez nutridos por aportes de los propios bancos comerciales. Los bancos centrales de esos países se limitan a tareas de coordinación y supervisión bancaria. Si Escocia decidiera conservar la libra esterlina sin un acuerdo con el Banco de Inglaterra, procedería de igual forma. Pero atento a la intensa historia argentina de violaciones contractuales y reversibilidad institucional, esta salida no es aconsejable. La probabilidad de que en el fragor de alguna urgencia financiera el Gobierno coloque un bono en los altos encajes o en el fondo de liquidez es muy alta.
Hay otras formas de suplir al prestamista de última instancia tradicional. Consideraré dos. La propuesta de Simons: divide a la banca comercial en un almacén monetario que recibe depósitos en cuenta corriente con encaje de 100% y presta solamente servicios de liquidez (pagos), y una banca de inversión que, en lugar de aceptar depósitos a plazo, emite cuotapartes e invierte en activos cuyas cotizaciones fluctúan con la Bolsa. La propuesta elimina la perversa asimetría que afecta a los pasivos y activos de la banca tradicional y arroja un sistema estable sin la ayuda de un prestamista de última instancia. Pero como el almacén monetario operaría bajo jurisdicción argentina la probabilidad de que el Gobierno le coloque un bono es muy alta.
(*) Profesor del CEMA y director del CEA


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