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Nostalgias: buscan reflotar un revisionismo que ya caducó
Juan Manuel de Rosas
Primeramente, el rango institucional que se le otorga no a una ciencia (la Historia) sino a una de sus corrientes, como el revisionismo (sería como crear el Instituto Nacional del Romanticismo Tardío). Segundo, y a propósito de tardío, se trata de una corriente perimida desde el ingreso, en 1970, de Julio Irazusta a la Academia Nacional de la Historia. Esa admisión (Irazusta fue el historiador más importante del revisionismo histórico, autor de la monumental «Historia de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia» y de «La Argentina y el Imperialismo Británico») fue el gesto de capitulación de esa Academia, que había nacido para custodiar el legado de la línea Mayo-Caseros, y que después acogió a decenas de historiadores revisionistas, desde Armando Raúl Bazán hasta Félix Luna.
Para esa fecha la visión del llamado revisionismo estaba ya plenamente incorporada al canon de la historiografía argentina. Esa polémica está superada en la ciencia histórica desde hace más de medio siglo. Nadie discute hoy en serio revisionismo vs. antirrevisionismo, cuando hasta en los billetes de 20 pesos relumbra desde hace años el Restaurador.
Como hacía la línea Mayo-Caseros, este decreto limita la lista de los próceres a limpiar, entre ellos a Artigas, San Martín, Rosas, Bustos, Ramírez, Quiroga, Perón y Evita (como si alguien los ensuciara actualmente) pero excluye a otros. También acusa al liberalismo de ser el culpable de ese agravio. Esto evoca la tradición clerical más fuerte en lengua española, expresada en «El Liberalismo es pecado» del obispo jesuita Sardá y Salvany, uno de los libros más vendidos en España y Latinoamérica desde fines del siglo XIX, que condena al liberalismo como el mal del mundo contemporáneo.
Un auténtico bocado para el Instituto alemán Max Planck, al cual el Gobierno presenta como socio estratégico del sistema científico argentino: el flamante instituto es un producto que alimenta la visión del realismo mágico que tiene el eurocentrismo y que se aprovecha de otras fantasías como la de los novelistas de la región. Institutos como éstos son los que se crean en las novelas de Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez.
Finalmente, también llama la atención, salvo contados casos, la falta de historiadores en la numerosa comisión directiva, integrada en su mayor parte por divulgadores, periodistas, animadores de TV, cineastas, y funcionarios y exfuncionarios entre otros, como «Pacho» ODonnell (presidente), la guionista de TV Aracelli Bellotta (vicepresidente), y el director de documentales Víctor Ramos (vicepresidente segundo). También están Hernán Brienza (autor de «El loco Dorrego»), el mediático Felipe Pigna, y el secretario de Cultura y cineasta Jorge Coscia.
En algunos casos, la expresión revisionismo se vuelve hasta complicada, y a muchos revisionistas no les ha de agradar que revisaran exhaustivamente sus pasados. ODonnell fue funcionario radical en los 80 de Carlos Menem, senador en las listas que auspiciaba Carlos Corach, concejal en la lista porteña que encabezó Raúl Granillo Ocampo y ahora asesora a Daniel Scioli. Ramos fue uno de los varios investigados por sus producciones de cine en el INCAA (el famoso inciso J del artículo 3o, que permitía el otorgamiento de créditos discrecionales), lo mismo que Coscia. Lo último que debieran haber pedido es que alguien revisara algo.
Pero, además, un divulgador no es un historiador. Ninguno de los integrantes de ese instituto es historiador científico con rango ni reconocimiento académico.
Los divulgadores ejercen un género de consumo popular, noble en su intención cuando no busca el proselitismo. No generan conocimiento sino que montan su «relato» de los hechos en los logros de la ciencia histórica, cuyos libros suelen citar con el objeto de entretener o, en el peor de los casos, de hacer proselitismo anacrónico. Y ese proselitismo se basa sobre un concepto superado en la historiografía, que es la causalidad histórica: unos hechos producen otros. Lo que se dice, un instituto basado en una antigualla epistemológica.


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