23 de noviembre 2010 - 00:00

Nueva York: arte, política y poesía en potente unión

Con afán casi científico, Anselm Kiefer (para algunos críticos estadounidenses el artista vivo más importante del mundo) registra imágenes que la humanidad nunca debería olvidar.
Con afán casi científico, Anselm Kiefer (para algunos críticos estadounidenses el artista vivo más importante del mundo) registra imágenes que la humanidad nunca debería olvidar.
Nueva York - La galería Gagosian de la calle 24 tiene la dimensión de un museo, ideal para albergar las inmensas obras que exhibe en estos días del alemán Anselm Kiefer. Las pinturas, collages e instalaciones, más allá de su gran formato, ostentan una cualidad especial: mantienen un tono poético y un gran lirismo, pero, a la vez, se perciben como claros enunciados éticos y políticos inspirados en la Segunda Guerra Mundial. Es decir, la estética inherente a la muestra que se titula «El año próximo en Jerusalén», mantiene su autonomía poética, aunque las visiones desoladoras de Kiefer configuran el relato de una historia feroz, la de un testigo de la atrocidad. Kiefer posee un don que le permite transponer la tragedia en las imágenes de sus cuadros e instalaciones, puede volcar sus sentimientos en las más crudas de las representaciones. La política y la poesía no suelen ir de la mano, no obstante, la exhibición resulta excepcional.

Al ingresar a la muestra el paisaje resulta escalofriante. Una de las enormes pinturas representa un monte perforado por las balas: de los agujeros ha brotado sangre y ha salpicado la nieve. El color rojo de la sangre se destaca en el gris blanquecino que predomina en toda la muestra.

Lo primero que se divisa en la sala son los restos de un avión sobre una tierra calcinada, cuarteada y de color metalizado. La materia que Kiefer trabaja son los restos, las huellas, como las fotografías quemadas que se encuentran junto al avión y simbolizan los registros perdidos. El avión, como la mayor parte de las obras, está dentro de una caja de cristal que genera cierta distancia: nos habla de algo que ocurrió pero que ya no es. Los restos que selecciona el artista tienen una profunda significación. La vista de un motor en medio de la sala, con su panza abierta en el suelo cuarteado, luciendo como una ruina, pone en cuestión el uso de la tecnología y sus límites. En el texto del catálogo Kiefer aclara: «Las ruinas son, para mí, un comienzo. Con los escombros, se pueden construir nuevas ideas. Son símbolos de un principio».

En un fascinante trabajo, la pintura de unos árboles sobre los que superpone un collage de ramas auténticas, Kiefer logra plantar un bosque ante los ojos del espectador. Es decir, supera la mera copia del bosque y la idea del bosque, porque su obra «es» el bosque, con el volumen y las sensaciones que provoca el lugar. Con afán taxonómico, el artista registra imágenes que la humanidad nunca debería olvidar.

El crítico Andreas Huyssen escribió que Alemania occidental permanece obsesionada con el pasado: «Está obsesionada por imágenes que a su vez producen imágenes obsesionantes -tanto en el cine como en la pintura-. Anselm Kiefer, a pesar de su reclusión en un remoto pueblo de Odenwald, es, en grado sumo, una parte de esta cultura».

En la exposición hay buques fantasmas que parecen flotar dentro de una enorme caja de cristal, surcando el vacío; hay cajas de cristal donde se ve lo que se supone que son cuerpos de metal quemado, colgando de unos estantes; hay plantas con crecimientos anómalos; un árbol blanco y desgajado, un avión estrellado en un bosque y un barco que parece surgir de un delirio, navegando entre los árboles. Las referencias bíblicas son numerosas y en una de las cajas, sobre el cristal está escrita la frase «Yo soy el que soy», adentro está la zarza y las llamas de pintura sólida.

Hay una escalera de metal que aspira a llegar al cielo; un bote encallado en una marea de metal; un vestido de novia que levita sobre un manto de cristales quebrados y que tiene el cuerpo lleno de vidrios, clavados como puñales, mientras del cuello surge el Arbol de la vida. Hay también una caja de cristal con túnicas que sin duda pertenecieron a alguien.

Las pinturas de formato mural están realizadas con una materia densa y pastosa como el barro. Una de ellas muestra las alas que sobrevuelan un mar turbulento, en otra, una montaña, unas cifras numéricas dibujan un recorrido desde la base llena de estacas hasta la cumbre.

No obstante, la obra más significativa de este artista que nació en 1945, es un container de acero que permite atisbar unas imágenes, el Coliseo romano, dos fotos del artista en un bosque, vestido con botas y levantando el brazo derecho para saludar como un nazi. Copiadas en grandes telas y luego pintadas, las imágenes están colgadas con ganchos en el interior de esa caja. Pero más que las imágenes -imposible de ver salvo las mencionadas-, se percibe allí el cuidado en la preservación de estos documentos.

Si bien la foto de Kiefer saludando como Hitler resulta a todas luces patética, más irónica que partidaria del fanatismo nazi, lo cierto es que expone una imagen difícil si no imposible de reelaborar para los alemanes. Es posible que para ciertos hechos no exista la posibilidad de redención.

La obra no cumple de ningún modo la función de un exorcismo. Por el contrario, la muestra trata sobre la memoria de las civilizaciones, sobre aquellas imágenes que deberían ser inolvidables y que nunca se dejarán de recordar.

Al final del recorrido, con la última obra de la exhibición el artista abandona el carácter enigmático y presenta una única y elocuente visión esperanzada: un girasol seco, pero que se yergue todavía sobre unos libros y unos papeles de plomo. Allí es posible descubrir algunas semillas, un signo de vida en medio del territorio de la muerte.

También en la muestra de 2007 en el Grand Palais de París, la de mayor y más trascendente de los últimos años para el artista, a pesar del dramatismo imperante había un campo de flores que rompía con el hielo de las cajas de metal. El público argentino conoció la obra de Kiefer en una extensa muestra que presentó la Fundación Proa de La Boca hace más de una década, a fines de 1998, con sus estupendas arquitecturas.

¿Será Kiefer el artista vivo más importante del mundo, como aseguran algunos críticos estadounidenses? En Alemania Gerard Richter ocupa ese puesto, y lo acompañaba el abstracto Sigmar Polke, antes de su muerte.

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