15 de agosto 2011 - 00:00

Nuevo sistema no resolvió lo que se pretendía

Las experiencias de boleta única de Santa Fe y Córdoba, y menos visible el voto electrónico de Salta, sirvieron como argumento a la oposición para objetar quizá el mayor problema del régimen electoral, pero que -casualmente o no- la reforma K no intentó corregir.

La estética de las boletas multicolor y con fotos, tan festejada en su momento por Cristina de Kirchner, fue un recurso promovido para emprolijar o dotar de encanto un mecanismo que, per se, debería cambiarse de origen: las boletas clásicas.

En Salta hubo voto electrónico. En Santa Fe y Córdoba, las papeletas las proveía, una por votante, el presidente de mesa. Desapareció, en las tres provincias, el festival de listas largas, confusas, rompibles y ocultables. En el resto, sigue en pie.

Las denuncias de la oposición -queja que hermanó a Hermes Binner, Alberto Rodríguez Saá, Francisco de Narváez, Elisa Carrió, la izquierda del FIT y, entre otros, Ricardo Alfonsín- son recurrentes: el faltante, por robo y ocultamiento, de sus boletas en los lugares de votación.

Hay una certeza inicial. Ninguna elección se pierde por el hipotético robo de boletas. Es más: en términos reales, aunque eso no desmerece las críticas, por ese mecanismo el impacto en el resultado es periférico.

En rigor, lo que revela esa picardía es una vulnerabilidad de las víctimas: el robo de boletas es posible cuando un partido no tiene, por incapacidad o falta de seguidores, un ejército mínimo para custodiar que los votantes que quieran hacerlo encuentren su boleta.

El PJ, sobre quien se descargan todas las acusaciones, suele decir con cruel ironía que si un partido no tiene quien cuide sus boletas es porque no tiene quien quiera votarlo. El dictamen es excesivo porque, en paralelo, se oponen a la boleta única o al voto electrónico.

Las PASO, que debutaron ayer, no sirvieron en nada para atender esa vulnerabilidad. No hay ninguna disposición constitucional ni electoral que diga que el sistema debe beneficiar a los partidos con despliegue territorial. Al contrario, la lógica es que resguarde a las minorías.

Las primarias no lo hacen. El robo de boleta, un mal sistémico -que usa el peronismo y usaron otros partidos, como la UCR o los provinciales que gobiernan-, no estuvo contemplado por el Gobierno a la hora de confeccionar un nuevo mecanismo de votación.

Las PASO, que a priori generaban dudas sobre la concurrencia, el interés de los votantes y el conocimiento sobre lo que se votaba, superaron ese examen: la concurrencia fue, en general, alta y el escrutinio no era, hasta anoche, más lento que lo que fue en, por ejemplo, Córdoba, donde pasada la medianoche sólo se conocía un 40%.

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