3 de marzo 2014 - 00:00

Nuevos récords y nuevas acechanzas en Wall St.

Wall Street tenía los récords en la mira, al alcance de la mano, pero hizo falta primero que la presidente de la Fed, Janet Yellen, hablara en el Senado y dijese que está todo razonablemente bajo control, para que el S&P 500 por fin soltara amarras. Cruzó así el rubicón de los 1.850 puntos, esta vez, con toda la intención de fijar domicilio permanente en estas nuevas alturas. Si Yellen proveyó aliento con sus pacíficas palabras, el líder ruso Vladimir Putin, que no estaba invitado a la fiesta, intentó arruinarla mandando tropas a intervenir en Crimea, aunque, más allá de un cabeceo fugaz de penúltima hora, no pudo lograrlo.

La pujanza bursátil no acusa recibo de las inclemencias inusitadas del clima. La economía, sí. La Bolsa indemne se anticipa. Confía en que la economía acompañará cuando cesen las sucesivas oleadas de frío polar. Apuesta fuerte porque la Fed también confía. Nadie lo señaló más rotundo que James Bullard, de la Fed de St. Louis: "Aun si usted me probase que (la debilidad) no tuviera nada que ver con el clima, yo seguiría proyectando el crecimiento del PBI en 2014 por encima del de 2013". La razón es sencilla: el viento de frente del ajuste fiscal -el principal lastre, lejos, el año pasado - amainará sí o sí.

Llevará meses desenredar la influencia del clima en la marcha de los indicadores económicos, dijo Yellen ante los legisladores. Hará falta, pues, que la bravura de los inversores se preserve, al menos, este mes y el que viene, mientras el ascenso pretenda proseguir a ciegas y las lecturas de actividad aparezcan constreñidas por las gélidas temperaturas. El informe de empleo, que se conocerá el viernes, supondrá un buen examen. Sin negar, tampoco, que pueda traer un pan inesperado bajo el brazo. Si el número es magro, será culpa del mal tiempo. Pero como su rigurosidad no es una constante y presenta altibajos, el momento específico en que se realizó la medición resultará decisivo.

Al incorporarse expectativas extremas, se crea el espacio, pues, para las sorpresas positivas (como las que aportaron la semana pasada el Chicago PMI y la encuesta de sentimiento del consumidor de la Universidad de Michigan). Cifras mejores que lo esperado pueden deberse a la fortaleza subyacente de la economía. O a la variabilidad del mal clima en mediciones sucesivas (pasibles de potenciarse por la aplicación de los coeficientes habituales de desestacionalización de los datos). Nadie reparará en el segundo factor si tales sorpresas emergen.

Es importante comprender que, mientras el ánimo no flaquee (y ya van dos malos informes de empleo consecutivos), la difusión de información económica, pese a sus desteñidas lecturas, conlleva un sesgo alcista para los mercados.

La Fed no está interesada en propulsar las proezas de Wall Street, aunque -a simple vista- lo parezca. Hay allí quienes se preocupan hoy por la inestabilidad financiera que puede acarrear la desconexión de la política de estímulos. Y los efectos de una caída son más que proporcionales a la altura. Dos gobernadores de la Fed, Jeremy Stein y Daniel Tarullo, repiquetearon la semana que pasó sobre el particular. Stein coincidió con un trabajo académico que subrayó los peligros del QE y la política comunicacional (el "forward guidance"). Ve la posibilidad de alimentar una toma de riesgos no sólo excesiva, sino difícil de desarticular a posteriori de manera controlada. Es un fantasma que se corporizó el año pasado, cuando la sola mención del "tapering" provocaba escalofríos. Piensa que la Fed debe permanecer "abierta" a la alternativa de usar la política monetaria para combatir la especulación. Tarullo, por su parte, señaló que la Fed debe planificar "activamente" un curso probable de acción para lidiar con eventuales burbujas. La suba de tasas es una herramienta válida, dijo. Y Narayana Kocherlakota, presidente de la Fed de Minneapolis, en un papel de su autoría, también ligó las políticas de estímulo -de las cuales es un gran defensor- a los riesgos de inestabilidad, por la vía de los agresivos cambios de sentimiento que pueden gatillar en los inversores. Debe quedar claro, pues, que la principal contribución de Yellen a la pax financiera no reside en las palabras que pronunció, sino en las que se cuidó de mencionar. Ella, en su momento, no fue ajena a estas preocupaciones. Su silencio de radio actual sobre el particular es vital. El rally puede tolerar el mal clima en todo el país, pero no dentro de la Fed. Para soportar el frío extremo y los resabios de la Guerra Fría, como la nostalgia imperial de Putin y el inesperado efecto Ucrania, lo que más precisa es que no suba la temperatura justo ahora en el seno de la Fed. Por eso importó tanto la tranquilidad que transmitió Yellen a su paso por el Senado.

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