27 de marzo 2013 - 00:00

Nunca el euro estuvo tan cerca de la fractura

Terminó el combate de Chipre. Y conviene reparar en lo que no se dijo. Nunca estuvo el euro tan cerca de la fractura. Lo que con Grecia siempre fue un "bluff" se convirtió, por momentos y al calor de la disputa, en una solución apetecible -en el sentido de la "menos mala"- para las dos partes en pugna. Más todavía: no hubo pánico en el Continente, y la desesperación en la isla era por la suerte que correrían los ahorros personales, no por ser arrojados fuera de la zona común. ¿Con qué convicción puede sostenerse, después de esta experiencia, el principio fundacional de que el euro es para siempre? Su máximo pontífice, Mario Draghi, titular del BCE, no vaciló en presionar a Nicosia con el reto de la expulsión. Y si Chipre se incendia, y reina la calma en la región, si se piensa que se puede prescindir del país y de la molestia, la amenaza suena extrañamente creíble.

Entre su modelo de negocios (un centro financiero off shore y "la tasa de impuestos corporativos más baja de la Unión Europea") y la pertenencia a la moneda común, Chipre hubiera preferido salvar el primero. Y así lo intentó. La propuesta original de gravar los depósitos bancarios -exigida por la troika de la UE, el BCE y el FMI- no fue votada por nadie en el Parlamento. Aun los propios legisladores oficialistas se abstuvieron. La maniobra tenía un sentido. El Gobierno se sentó a negociar su futuro con la Rusia de Vladimir Putin (después de todo, su principal socio y sostén económico). Y lo quiso hacer libre de todo antecedente hostil hacia sus inversiones. Sólo cuando el presidente Anastasiades tuvo en claro el no de Moscú, retomó las conversaciones con Bruselas.

En el ínterin, sucedió lo que jamás había acontecido. En plena era de las comunicaciones, Europa perdió todo contacto con el sujeto del rescate. Nicosia, que con el rechazo parlamentario no había cumplido su parte del trato, se sumergió en absoluto silencio de radio. Un "conference call" a mitad de semana, en el que participaron los otros 16 países de la Unión, fue un vano ejercicio retórico ante la ausencia de quien se suponía el principal interesado. Berlín estalló de ira (basta revisar las declaraciones de la canciller Merkel). De ahí que brotara la iniciativa del BCE, histórica también, de lanzar un ultimátum a las autoridades chipriotas a plena luz del día. O acordaban urgente un plan B con Bruselas, o se cortaba el acceso a la asistencia de liquidez de emergencia (ELA). Sin esa ventanilla, era la quiebra de Chipre y su banca. Y el impago de las obligaciones del banco central chipriota con el eurosistema (la pesadilla de un default en el régimen de cámara compensadora del Target2), según el reglamento, forzaría la salida del país de la unión monetaria.

Chipre tuvo que elegir. Y eligió con el respaldo de los sondeos de opinión: Rusia. Fue Moscú, con su negativa cerrada, la que disolvió el "ménage à trois". Arrasada la última posibilidad del paraíso fiscal, permanecer en la eurozona es hoy un mejor destino que saltar al vacío. Quién sabe si lo será más adelante. Quizá Putin sea un tozudo comprador de gangas.

La Unión Monetaria sobrevive. Y tiene que agradecerle a Chipre su indecisión. El arreglo final es más decoroso que la propuesta original. Por empezar, se respeta la garantía de los depósitos. Y el orden de prelación natural de las acreencias. Era inaudito cercenar los fondos de los pequeños depositantes y dejar a salvo a los bonistas y a los dueños de los bancos. Si los problemas están confinados en dos grandes instituciones, corresponde accionar allí, y no asestar un sablazo a ciegas a toda la industria. Lo más importante es que, con el apoyo financiero del BCE, la esencia de la unión monetaria puede seguir en pie: un euro en Chipre es lo mismo que un euro fuera de la isla. Queda claro, eso sí, que la unión bancaria (proclamada en junio último) no existe y difícilmente existirá. Y, manoseada la fe en un destino común, queda muy oscuro el concepto mismo de la unión europea. Se sabe que si no une el amor, puede unir el espanto. Pero la argamasa fallará si se espera que a unos les toque el amor y a otros nada más que el espanto.

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