17 de julio 2009 - 01:20

Obama: dulce decir, pragmático hacer

Barack Obama
Barack Obama
Parida en la larga tradición idealista de la política exterior norteamericana, la visión del mundo de Barack Obama parece adecuarse rápidamente, a puro golpe de realidad, a las posibilidades concretas de los Estados Unidos.

Convengamos que casi cualquier cosa es un alivio en contraste con los ocho años tormentosos de George W. Bush, el presidente que invadió, hizo secuestrar y torturar, vulneró las garantías del sistema judicial de los Estados Unidos y espió a su propio pueblo como no se recordaba desde los años del macartismo.

Pero muchas de las señales inaugurales de Obama parecen quedarse en sólo eso, en señales, sin que la Casa Blanca encuentre el modo de llevarlas a la práctica. De ese modo, el giro de la política exterior estadounidense parece amplio en los discursos, parcial en algunas iniciativas y a punto de poner marcha atrás en otras cuestiones muy importantes: vuelve la tensión con Irán y un informe que prepara el Congreso de Estados Unidos sobre el narcotráfico en Venezuela puede calentar súbitamente la guerra fría imperante con Hugo Chávez. Todo demasiado mixto (ver aparte).

La reapertura del diálogo con Cuba y el relajamiento del embargo fueron ampliamente elogiados en la región, pero la aquiescencia norteamericana para el regreso de la isla a la OEA fue más bien algo tramposa: la condición, dijo entonces Hillary a contrapelo de las cancillerías latinoamericanas, es la democratización del régimen, algo que sabe imposible.

Promesas

Lo mismo puede decirse de las promesas de campaña de Obama sobre el fin de las torturas, el cierre de Guantánamo y la revisión de la política de torturas a sospechosos de terrorismo.

Lo primero, al parecer, se cumple; lo segundo marcha mucho más lentamente de lo que les gustaría a los grupos de defensa de los derechos humanos; lo tercero directamente cayó en saco roto, habida cuenta de la resistencia activa del presidente a investigar a los popes de la administración Bush y de la imposición de la doctrina de obediencia debida (ese invento argentino) para los interrogadores de la CIA. A su izquierda abunda el enojo.

La oferta de un diálogo cara a cara con Irán pecó, lo dijimos desde un comienzo, de ingenuidad. Ahora que el régimen de los ayatolás acaba de montar una farsa electoral, que al parecer fraguó el resultado en beneficio del ultraislamista Mahmud Ahmadineyad, que reprimió sangrientamente a su propio pueblo, que, en definitiva, mostró una vez más su verdadero rostro, Estados Unidos asegura que no va a esperar «eternamente» por un acercamiento. Así lo dijo el miércoles la secretaria de Estado Hillary Clinton en un think tank de Washington. La realidad de los intereses nacionales se impone. La realidad de un Irán que, sintiéndose rodeado por tropas de EE.UU. al este (Afganistán) y al oeste (Irak), apuesta a un sospechado plan nuclear es más fuerte que cualquier ilusión. La impaciencia norteamericana sonará dulce a los oídos del Gobierno de Israel; significa que, en breve, la hipótesis de un ataque militar a los sitios nucleares iraníes volverá a estar sobre la mesa.

Continuidad


En otra continuidad con el pasado (con toda la historia de los Estados Unidos, en rigor), América Latina sigue siendo un tema ausente. En su discurso del miércoles, Hillary habló del problema narco de México (una obviedad) y de la consolidación de Brasil como líder regional (otra), pero no mencionó a Cuba ni a Honduras.

Sobre esto último, se ponderó en su momento el reconocimiento de Obama al presidente depuesto, Manuel Zelaya, pero Estados Unidos nunca dio el paso decisivo: el uso a fondo del arma económica contra los golpistas.

Mientras, el calendario hacia las elecciones en Honduras avanza, la oportunidad a la que se aferra el Gobierno de facto para normalizar las relaciones exteriores del país. Zelaya espera y, todo indica, por ahora deberá conformarse sólo con el discurso melodioso del demócrata. Una costumbre ya.

Pero, acaso, lo más importante que espera a la vuelta de la esquina parece el vínculo con Chávez, atado con alambre desde la asunción de Obama. Es que, según se supo ayer, el Congreso norteamericano prepara un informe que caracteriza a Venezuela como un «narcoestado», afirma que reemplazó a Colombia como gran base del comercio de cocaína hacia América del Norte y Europa y denuncia la colusión de los más altos niveles del Gobierno y el Ejército bolivarianos con las FARC, a la que califica como un cartel de las drogas.

¿Aceptará Obama una escalada del conflicto con Caracas o intervendrá a través de legisladores afines para poner paños fríos? Lo que indica el informe es que Venezuela es, en los términos habituales del discurso en Washington, una amenaza de primer orden a la seguridad nacional de los Estados Unidos. ¿Curso de colisión?

Lo que muestra la política exterior norteamericana es, en síntesis, una innovación discursiva muy importante en relación con Bush, una apertura interesante en temas como Cuba, reformulaciones realistas inminentes en torno a Irán y un regreso a la confrontación habitual con Venezuela.

¿Se puede ser un idealista cuando los recursos materiales ralean? Un déficit fiscal proyectado de casi el 15% del PBI, una deuda pública que apunta al 70% del Producto, un desempleo que se empina hacia el 10% y un consumo languideciente hoy y para el mediano plazo no son las mejores bases para la «imposición amistosa» (¡vaya oxímoron!) de políticas a otros países. Estados Unidos no proyecta hoy una imagen de poder irresistible y sus rivales y enemigos no le regalarán nada. Obama ya lo está descubriendo.

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