6 de noviembre 2009 - 00:00

Occidente se queda sin su mejor interlocutor

¿Reconocimiento final de impotencia o estrategia desesperada para arrancarles a Estados Unidos e Israel un compromiso real con un proceso de paz que sólo sobrevive en la verba inspirada de Barack Obama? Como sea, el anuncio del presidente palestino, Mahmud Abás (Abu Mazen), de que no se presentará a la reelección en los comicios de enero expresa un desencanto terminal con la gran visión del Acuerdo de Oslo: dos Estados conviviendo en paz y con seguridad. ¿Hemos llegado al fin oficial de ese proceso, muerto desde hace mucho pero aún sin certificado de defunción?

La desaparición de Yaser Arafat en 2004 generó un optimismo inexplicable incluso entonces entre los más duros en Israel y Estados Unidos. Sin la presencia de quien consideraban «el principal obstáculo para la paz», las negociaciones con un nuevo liderazgo moderado entonces sí serían posibles, afirmaban. Sucesor natural del «rais», Abás se convirtió en la gran apuesta de Occidente. Lo que esas ilusiones no respondían era por qué un presidente mucho más débil e infinitamente menos carismático que el líder histórico del nacionalismo laico palestino sería capaz de firmar el acuerdo al que aquél no se animó en el último tramo de la era Clinton, debido a que, aun concediendo más que nunca antes, Israel le reclamaba difíciles contrapartidas en temas como la soberanía sobre Jerusalén y el derecho de regreso de 4,5 millones de refugiados, promesas marcadas a fuego en la conciencia colectiva durante décadas y a las que debía renunciar.

Decadencia

Si la posibilidad de Abás de construir un liderazgo firme pasaba por concretar la visión de un Estado palestino, su imposibilidad de lograrlo conllevaba inexorablemente su caída en desgracia. Mientras la promesa se ajaba día a día, Abás no dejaba de perder poder ante la oposición del grupo terrorista Hamás, que primero, en enero de 2006, ganó imprevistamente las elecciones palestinas y un año después directamente expulsó a los tiros de la Franja de Gaza al partido del presidente, Al Fatah. La separación física entre los dos territorios palestinos se hizo lapidariamente polémica.

Israel, en tanto, se enfrascó en una guerra infructuosa contra el grupo libanés Hizbulá en julio de 2006 y contra Hamás en Gaza en enero último. El proceso de paz necesitaba un empujón y esto sólo podía provenir del nuevo Gobierno demócrata de Estados Unidos.

Los primeros pasos de Obama alentaron a Abás, sobre todo la insistencia de aquél en que Israel cesara por completo las construcciones en los asentamientos judíos en Cisjordania. Una postura resistida sin disimulo por el Gobierno de Benjamín Netanyahu, que debutó poco después que el norteamericano.

Las idas y vueltas de los últimos días de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, en torno a si la cuestión era o no una exigencia y una precondición para un reinicio de las negociaciones de paz, fueron propias de una cancillería del Tercer Mundo. Así, Abás le dijo ayer a EE.UU. y a Israel que se quedaron sin el último aliado con el que podían negociar.

Concesión

Mientras ese caldo fatal terminaba de cocinarse, Abás hizo su última concesión en pos de un relanzamiento del diálogo: el 2 de octubre sus delegados accedieron a que se aplazara el tratamiento en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU del informe Goldstone, que acusó a Israel (y a Hamás) de crímenes de guerra en el conflicto de Gaza. La indignación que ese gesto provocó en la población palestina, y su inutilidad para atraer a Israel a la mesa de las negociaciones, sellaron en buena medida su suerte.

Los diplomáticos occidentales más suspicaces no creían ayer en la sinceridad del portazo de Abás, y juzgaban su gesto como un abandono ante la certeza de perder las elecciones o como una última carta para arrancar un compromiso serio sobre el congelamiento de las colonias. Pero ninguna de esas sospechas oculta una realidad evidente que el miércoles enunció el principal negociador palestino, Saeb Erekat, y que mereció más atención que la que obtuvo. La continuación de la construcción en los asentamientos, que Israel afirma se limita a los existentes y no supone colonias nuevas, reduce de tal modo el territorio que se asignaría a un nuevo Estado palestino que «la solución de dos Estados (uno judío y otro palestino) ya no es una opción; hay que decirle la verdad al pueblo», disparó. ¿Qué queda entonces? Más y más conflicto.

¿Qué puede surgir, en este escenario, de los comicios palestinos de enero? Hamás, que sigue controlando de facto Gaza, anunció que los boicoteará, y el líder palestino con mayor arraigo popular, Marwan Barguti, cumple cadena perpetua por terrorismo en Israel.

Poniendo aparte el enigma sin solución a la vista que representan Irán y su plan nuclear, Obama había hecho de un arreglo palestino-israelí la base de su política para Medio Oriente, consciente de que allí está la llave para desactivar los conflictos conexos que enfrentan a su país con el mundo musulmán. Lo de ayer pone en blanco sobre negro lo que parece un sonoro fracaso de las buenas intenciones del último Premio Nobel de la Paz.

Marcelo Falak

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