Octubre ya está aquí (y nadie teme que sea negro)

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Octubre comienza con la reducción de la hoja de balance de la Fed, la rebaja de impuestos en el Congreso y la promesa de la quinta suba de tasas de interés antes que termine el año. Un septiembre extraordinario culminó con todos los índices de Bolsa en alza. S&P 500, Dow Jones Industrial y Nasdaq en récords absolutos. NYSE, S&P MidCap y S&P SmallCap, lo mismo. Al igual que el crítico Dow Jones de Transporte. No soplaron vientos de cola, sino auténticos huracanes. Y no hubo volatilidad, la suba fue calma como agua de pozo. ¿Sismos, detonaciones, bomba de hidrógeno, misiles? ¿Adónde? Un mes y medio atrás, la Casa Blanca retomó la agenda de la reforma tributaria, y esta semana la sacó a la luz pública. Desde entonces, mediados de agosto, las acciones de pequeñas compañías -medidas por el Russell 2000- escalaron más del 10,5%. En otras palabras, volvió el genuino Trump rally, recargado, con el impulso de su motor original. ¿Qué más se puede pedir? Wall Street se relame, es insaciable, quiere repetir la porción. Es todo ambición.

Los planes de la Fed no quitan el sueño. Es más, si quiere apretar el cinto, será porque le sobra confianza. Porque lo que es la inflación escasea. La meta del 2% se aleja mes a mes. La medida favorita del banco central cayó otro escalón en agosto. Dio 1,4%. Y su mejor predictor, la versión núcleo, registró una marca interanual de 1,29%. Si a Wall Street no la inquieta la suba de tasas, mucho menos que estos números fuercen su postergación al año próximo.

Octubre presagia otra temporada de balances para el recuerdo. Es que las empresas, a diferencia de la Fed, prometen aumentarlos de manera notoria. Ni siquiera los huracanes les han hecho mella. Conste que las buenas noticias comenzarán a derramar en un par de semanas y que lo que hoy se recoge son los desaires y las advertencias; la basura siempre se barre primero, y por fortuna su cosecha es muy magra. A esta altura, sumar 42 compañías del S&P 500 delineando comentarios positivos sobre sus ganancias por acción es una cifra promisoria, inusualmente elevada.

Con un plan de rebaja de impuestos en danza, en verdad, todo lo demás está de más. Trump cumple, si no dignifica. Puso en la palestra un proyecto tangible. Es el puntapié inicial de la discusión. El Ejecutivo propone bajar la alícuota máxima del impuesto a las ganancias corporativo de 35% a 20%. Cómo lo financiará no está dicho (aunque se sabe que la tributación aumentará para los sectores de ingresos medios y bajos). Es posible que se negocie una tasa final del 25%. Trump ya dijo que está dispuesto a todo. Se aliará con los demócratas para obtener los votos que precise (como hizo con la prórroga del techo de la deuda). Cederá en procura de una primera plana triunfal. En campaña, el magnate abogaba por una tasa del 15%. Pese a ello, la venta del plan será difícil. Una rebaja de impuestos que alcanza solamente al 5% de los ciudadanos más ricos (y en la que el 79,5% se lo lleva el 1% más privilegiado) podrá alentar a las pymes pero no una aprobación rápida. Los mercados no lo ignoran y sin embargo -las acciones small caps y los bonos largos del Tesoro- ya lo cargan en sus precios. Que Trump fracasara con la reforma de salud siete veces en el Congreso no los arredra. No hay poda de impuestos, por lo visto, que no consideren creíble.

Que hay problemas, sí. Que no importan, también. La lista crece con la erosión de Merkel en las elecciones alemanas, el ascenso de los nacionalistas extremos de la AFD y el recordatorio de que los populismos no ganan, pero acechan en Europa. La mejor razón para ser pesimista es que no hay razones para serlo, aseguran los analistas de Merrill Lynch. No es cierto. En el cortísimo plazo, la mejor es el pico de ambición (desde ya que no, el exceso de las valuaciones). Entre los managers profesionales de EE.UU, el más pesimista, la semana pasada, declaró estar 90% invertido en acciones. Es un viraje ultraveloz, proclive al traspié. O a una tregua. Ordenadora. No más que eso. Es decir, un prólogo al próximo ascenso. Hoy resulta temerario oponerse al paso de los toros.

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