La derrota ante Sudáfrica del último sábado en Soweto calará hondo seguramente en la historia -la reciente y lejana- de Los Pumas, pero también debe hacerlo en tiempo presente. No sólo es una derrota que preocupa por el resultado, sino por la forma en que se llegó a ella. Fue la actuación de un equipo que en la cancha pareció deambular en lugar de jugar. Y aquellos que hicieron gala del corazón, esta vez apenas tuvieron pulso. Sus latidos fueron débiles. Y entonces, las preguntas inevitables son: ¿Por qué se llegó a esto? ¿Qué pasó? ¿Cómo pasó?
La autocrítica post partido está perfecta. Pero además de una autocrítica, tiene que haber hechos, gestos, acciones que muestren (y demuestren) la intención sincera de aceptar que el sopapo, que la humillación se ha sentido de manera profunda, como la sintieron todos los fanáticos del rugby y los que se prendieron a Los Pumas por su fuego sagrado, fuego que parece haberse convertido en una llamita que ahora apenas arde. Y que, rogamos, no se termine de apagar del todo.
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