31 de diciembre 2012 - 00:00

Oscar Barney Finn: la inextinguible llama de Williams

Barney Finn: «No busco una reconstrucción arqueológica ni la reproducción de parecidos físicos, sino reflejar los sentimientos de estos dos grandes artistas».
Barney Finn: «No busco una reconstrucción arqueológica ni la reproducción de parecidos físicos, sino reflejar los sentimientos de estos dos grandes artistas».
La amistad entre el dramaturgo Tennessee Williams y la gran intérprete italiana Anna Magnani se extendió por veinticinco años; hasta la muerte de la actriz, ocurrida en 1973, a raíz de un fulminante cáncer de páncreas. Parecían animales de distinta especie: él era norteamericano y homosexual y ella, una italiana fogosa con una tremenda debilidad por los galanes jóvenes. Pero la mutua admiración los llevó a trabajar juntos (Williams escribió para ella «La rosa tatuada») y entre charlas y paseos pronto quedó en evidencia su condición de almas gemelas.

Las idas y vueltas de esta curiosa relación junto a las obsesiones de sus protagonistas son el núcleo central de «Noches romanas», pieza del ítalo-americano Franco DAlessandro, que se estrenará el 8 de febrero en el Centro Cultural Cooperación. Actúan en ella Osmar Núñez y Virginia Innocenti dirigidos por Oscar Barney Finn. Dialogamos con el director.

Periodista: Volvió a Williams, uno de sus autores favoritos.

Oscar Barney Finn: Sí y además es un personaje muy querible. Lo último que dirigí de él fue «La gata sobre el tejado de zinc caliente» y me fue muy bien, acá y en Chile, donde sigo trabajando desde hace cinco años. «Noches romanas» me recordó a un espectáculo anterior, que ideé en 1983, «Querido Tennesee», inspirado en sus memorias y con fragmentos de obras y poemas. Lo hice en teatro y en televisión con un elenco maravilloso, imposible de reunir hoy.

P.: ¿También es admirador de Anna Magnani?

O.B.F.: Por supuesto, y lamento no haber tenido la oportunidad, en mi juventud, de verla actuar en vivo cuando ella regresó al teatro con «La loba» de Giovanni Verga, dirigida por Franco Zeffirelli.

P.: «Noches romanas» le permitió unir sus dos pasiones: cine y teatro.

O.B.F.: Le aclaro que no estoy buscando una reconstrucción arqueológica, ni la reproducción de parecidos físicos; intento reflejar los sentimientos de estos dos grandes artistas que estuvieron unidos por el afecto y por la soledad. Cuando su estrellato fue perdiendo brillo y el requerimiento del medio ya no fue tan importante, ambos quedaron relegados. Fíjese que después de «La noche de la iguana», no pasó nada con las obras más recientes de Tennessee. Después su obra fue reflotada.

P.: ¿Aquí se lo ve en su decadencia?

OB.F.: Se lo ve en distintos momentos. Por ejemplo, cuando llega a Roma en el esplendor de su carrera, luego del éxito de «Un tranvía llamado deseo» y Luchino Visconti lo convoca junto a Paul Bowles para el guión de «Senso». La amistad con Magnani se inició entre e 1949 y 1950. A partir de ese momento, ella lo recibe como una reina, siempre con algún plan armado. Salían todas las noches, iban a comer y después, con las sobras del restaurante, terminaban en Via Veneto alimentando a los gatos de Roma. La ciudad es un personaje más que sobrevuela en toda la obra.

P.: ¿De qué habla esta Magnani?

O.B.F.: De la conflictiva relación que tenía con su madre a la que nunca quiso ver porque de chica la dejó al cuidado de su abuela para volver casarse. Magnani tuvo una media hermana y de adolescente visitó a su madre en Alejandría, pero cuando ésta volvió a Roma, ya no la quiso ver. Eso la marcó mucho, como el haber tenido un hijo con Massimo Serato, un galán espléndido de los años 40. Fue una relación muy tormentosa y ella terminó sola con su hijo enfermo de poliomelitis. Era una mujer muy pasional y solía enamorarse de hombres más jóvenes y muy atractivos como Tony Franciosa o Marlon Brando con quien protagonizó el film «Piel de serpiente», basado en la pieza de Williams «Orfeo desciende». Pero el gran amor de su vida fue Roberto Rossellini, con quien filmó «Roma, ciudad abierta».

P.: Y él luego la abandonó por Ingrid Bergman.

O.B.F.: Sí, fue un gran escándalo. No se hablaron durante años, pero ese amor siguió pesando mucho en su vida. Un día se cruzaron en un negocio y ella sin decir nada, lo abrazó. Cuando ya estaba muy enferma, él la fue a ver al hospital y cuando murió depositó sus restos en la bóveda de la familia Rosellini.

P.: ¿Qué nivel intelectual tenía Magnani?

O.B.F.: No era una bruta, amaba el arte y el teatro. Era una mujer poco convencional, algo salvaje y estridente, pero tenía algo oscuro y fascinante que caló muy hondo en el público. Siempre hacía lo que quería, por eso no se llevó bien con Pasolini (en «Mamma Roma») y sí con Visconti que tuvo la habilidad de conducirla y a la vez dejarla hacer. El final de «Bellisima», por ejemplo, fue casi todo improvisado. Con los años, le empezaron a ofrecer cosas que no le gustaban, tampoco quería trabajar en televisión. Todo eso la fue dejando a un costado. Si hasta se negó a hacer de madre de Sofía Loren en «La Ciociara» («Dos mujeres») y ¿qué hizo el productor? Puso a la Loren de madre y se buscó una actriz más jovencita para el papel de hija.

P.: ¿Y qué es lo más destacable de Tennessee Wi

O.B.F.: La relación con su madre, una mujer muy castradora, y la culpa por su hermana Rose a la que diagnosticaron esquizofrenia y terminó incapacitada debido a una lobotomía.

P.: Esto contribuyó a que el escritor se entregara a las drogas y al alcohol.

O.B.F.: Su descenso se agravó tras la muerte de su ex pareja, Frank Merlo, que lo acompañó durante 16 años. Tennessee siempre fue muy autodestructivo y bastante hipocondríaco. Magnani, en cambio, era fuerte. Le gustaba tomar vino, era adicta al café y al cigarrillo y le tenía mucho miedo a la muerte. La obra no tiene un conflicto a desarrollar: son ellos y la vida. Se ríen, se pelean, hablan de sus amores y de cómo incidieron en ellos las enfermedades y la vida familiar. Es un material muy interesante y además tiene humor.

Entrevista de Patricia Espinosa

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