25 de agosto 2009 - 00:00

Otro desafío económico: la longevidad

Alberto Edgardo Barbieri (*)
Alberto Edgardo Barbieri (*)
Hace ya diez años, Peter Drucker predijo los efectos del envejecimiento, una realidad que ya podía vislumbrarse ante el aumento de las expectativas de vida en el mundo desarrollado en los siglos XVIII y XIX. Tales expectativas ni siquiera crecieron mucho más rápidamente en los últimos cincuenta años que en los cien anteriores. Enfrentar el problema será difícil, doloroso, turbulento y antipopular. Pero en los próximos veinte años, la edad jubilatoria de todos los países desarrollados tendrá que subir hasta aproximadamente los 79 años, que es la edad que en términos de expectativas de vida y salud corresponde a los 65 de 1936, cuando Estados Unidos fue el último país occidental en adoptar un plan de jubilaciones.

La ciencia y la tecnología han sido ejes sustanciales de los grandes logros en el control del envejecimiento, y en el hallazgo de herramientas terapéuticas para revertir el deterioro causado por la edad y prevenir las patologías más importantes. Pero todo ello ha tenido rasgos fundamentalmente biologicistas, y a lo sumo se ha producido una convergencia entre investigaciones de salud, bienestar social y calidad de vida colectiva e individual. Pero no se ha logrado hasta el presente convertir los resultados de esa convergencia en un proyecto social.

En los últimos 50 años se han producido tres revoluciones: la terapéutica (descubrimiento de sulfamidas y antibióticos), la biológica (descubrimiento y manipulación del código genético) y la tecnológica (informática y modernas tecnologías que dieron lugar a asombrosos avances en diversos campos de la ciencia).

Toda cultura, para no quedar sumida en un arcaísmo inerte, al margen del progreso de la humanidad, debe pactar con los grandes saltos científico-técnicos, previendo y previniendo sus posibles ventajas y desventajas.

Tendencia probable

En cuanto a la jubilación, puede significar dos cosas diferentes. Es muy probable que la tendencia hacia la «jubilación anticipada» continúe. Pero ya no significará que una persona deje de trabajar. Querrá decir que dejará de hacerlo en horario completo o en relación de dependencia en una organización durante todo el año. También es probable que las relaciones laborales, que tradicionalmente se cuentan ente las relaciones más rígidas y uniformes, sean cada vez más heterogéneas y flexibles, al menos para la gente mayor. Esto se incentivará a medida que el centro de gravedad de la población mayor se traslade hacia los trabajadores del conocimiento.

En los Estados Unidos este cambio comenzará alrededor de 2010, cuando los nacidos en el baby boom de 1948 lleguen a la edad tradicional de jubilación, ya que esa generación fue la primera en incorporarse al trabajo del conocimiento.

Ese grupo es el primero en la historia de la humanidad que al cabo de treinta o cuarenta años de trabajo no padece el agotamiento físico de las labores manuales, y se encuentra en su gran mayoría en condiciones de seguir siendo productivo física e intelectualmente.

La conclusión emergente de estas reflexiones para cualquier país es que será imperioso incrementar la productividad de los trabajadores del saber tanto como sea posible. Y las nuevas relaciones laborales con personas mayores representarán una enorme ventaja competitiva para las organizaciones que logren atraerlas por encima de la edad jubilatoria tradicional y aprovechar sus capacidades para hacerlas totalmente productivas.

A partir de ésta o de otra estrategia, cualquier compromiso de recursos actuales para el cumplimiento de expectativas futuras (que es lo que estrictamente significa «estrategia») deberá partir de los datos de la transición demográfica. Entre todas las tendencias posibles, la demográfica es la única que no tiene ningún precedente en la historia de la humanidad.

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