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Páez Vilaró: adiós a un artista y un hombre de paz
• El artista uruguayo murió ayer a los 90 años en su Casapueblo, símbolo de una forma de entender la existencia
Páez Vilaró: de él dijo Borges que “Pedro Figari descubrió las posibilidades pictóricas de los negros. Otros artistas han seguido su ejemplo,pero nadie ha logrado y merecido la fama de Carlos Páez Vilaró”.
El artista murió de un infarto en Casapueblo, su casa-museo-taller modelada con sus propias manos sobre los acantilados en Punta Ballena. "Anoche estaba bárbaro, parecía que iba a vivir cinco años más", dijo emocionada su hija Beba Páez. El artista "es más que un referente para la ciudad y para el país. Se nos va alguien que dejó un legado que será difícil de empardar", dijo el alcalde de Punta del Este, Martín Laventure.
Apasionado por el candombe y la cultura afrouruguaya, temas predominantes en una prolífica obra que abarcó la pintura, la escultura, la cerámica, el cine, la música y las letras, Páez Vilaró participó hace pocos días tocando el tambor -como desde hace casi 50 años- en el tradicional desfile de Llamadas de Montevideo. "El último desfile lo realizó con nosotros, con todo el esfuerzo", recordó el director de la comparsa Cuareim 1080, Waldemar "Cachila" Silva. Sus soles y personajes con su trazo inconfundible pueden encontrarse en lienzos y murales en edificios públicos y viviendas privadas de todo el país. También le dieron color a los aviones de la desaparecida aerolínea uruguaya Pluna o a una línea nacional de vajilla.
Nacido en Montevideo el 1 de noviembre de 1923 en una familia acomodada, este autodidacta partió en su juventud a Buenos Aires, donde se vinculó a las artes gráficas. A su regreso, en la década de 1940, se apasionó por el mundo de la cultura afrouruguaya: para conocerlo de cerca se instaló en el conventillo Mediomundo, un caserón habitado por familias negras, hoy demolido, donde pintaba ropa para las comparsas, decorando sus caras y tambores o componiendo candombes, pero pronto pasó a pintar escenas sobre las lavanderas, los velorios o los casamientos de la comunidad.
Su fascinación por ese tema lo llevó luego a Brasil y a recorrer Africa. Sobre su experiencia en ese continente realizó el documental "Batouk" (1967), junto al francés Jean-Jacques Manigot. Pintó centenares de obras y realizó múltiples exposiciones, pero sobre todo dejó su sello en monumentales murales en Argentina, Australia, Brasil, Camerún, Chile, Congo, Estados Unidos, Gabón, Panamá y Polinesia, muchos en hospitales, en el marco de su cruzada "Color para el dolor".
"Si la pintura de caballete nace confinada a actuar dentro de un escenario elitista, reservado para el goce íntimo de quien puede adquirirla, el arte mural en cuestión es un mensaje despojado de egoísmo, abierto a todos", afirmó.
En 1972, su nombre ganó una notoriedad mundial extra-artística. Su hijo Carlos viajaba en el avión que transportaba a rugbistas uruguayos a Chile y que cayó y desapareció en la Cordillera de los Andes. Páez Vilaró colaboró con la búsqueda, que continuó tenazmente cuando terminó el operativo oficial, reclutando voluntarios, consultando a videntes e internándose en la montaña.
Finalmente su hijo estuvo entre los 16 sobrevivientes de la tragedia y Páez plasmó esa búsqueda en su libro "Entre mi hijo y yo, la Luna" (1982).
A medio camino de la crónica y la biografía, entre otros títulos publicó además "Así te veo... Montevideo" (1985), "Cuando se pone el sol" (1993) y "Arte y parte" (1995). Tras ser homenajeado en el Parlamento en agosto de 2013, el artista se definió como un "hacedor" de cosas. "He sido un intento: intenté la cerámica sin ser alfarero, intenté la construcción sin ser arquitecto, intenté la pintura sin maestros, intenté la música haciendo candombe pero sin ser compositor. Soy un hacedor", dijo entonces.Sus restos serán inhumados hoy en el panteón de la gremial de autores uruguayos, tras ser velados en el salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo.


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