17 de enero 2013 - 00:00

Para engatusar al intérprete

Miguel Angel Solá, brillante, en el «El veneno del teatro», junto a Daniel Freire.
Miguel Angel Solá, brillante, en el «El veneno del teatro», junto a Daniel Freire.
«El veneno del teatro» de R. Sirera. Versión de J. M. Rodríguez. Dir.: M. Gas. Int.: M. A. Solá y D. Freire. Esc.: P. Azorín. Vest.: A. Belart.Ilum.: J. Cornejo. (Teatro Maipo).

Así como las apariencias engañan, la imaginación puede arrastrar a trampas insospechadas. En este caso la víctima es un actor de prestigio de los años 40, un divo de la escena a quien un magnate invita a representar (sólo para él) una obra de su autoría basada en la muerte de Sócrates.

La vanidad del intérprete, sus gestos aristocráticos y el desdén con se dirige al mayordomo del lugar (a quien supone ignorante y de baja condición) se irán desarmando paso por paso. Primero, por la lógica irrefutable del sirviente, capaz de cuestionar con muy buenos argumentos sus teorías de actuación y otros conceptos sobre ficción y realidad. Más tarde, el propio dueño de casa hará que el actor pierda su orgullo.

Influido por el desconcierto y la fascinación, éste se moverá con torpeza, como una mariposa que va hacia la luz sin percibir que puede quemarse. Cada vez más acorralado por las exigencias de su nuevo amo (quien despotrica contra la razón y pide que actor y personaje se fundan en uno) el atribulado intérprete se entrega al miedo y la desesperación.

La polémica sobre el arte de actuar incluye citas de Diderot y de otros pensadores de la Ilustración. A un habitué del teatro puede resultarle extraño que no se mencionen las teorías de Bertolt Brecht, pero hay que considerar que esta obra de Rodolf Sirera transcurre originalmente en los años previos a la Revolución Francesa. Con el cambio de época, el director Mario Gas abrió la escena a otras asociaciones. La más inmediata tiene que ver con el nazismo y sus siniestros experimentos con seres humanos.

Así como la primera parte brilla con sus dobleces, malentendidos y cambio de identidades, la segunda resulta algo esquemática. Cuando la teoría queda de lado y el juego se pone en práctica, ambos personajes quedan estancados en la relación víctima-victimario y esto hace que el conflicto pierda ambigüedad y sugestión.

Pese a los desniveles de la pieza, ésta es una gran oportunidad para el público argentino de reencontrarse con un actor de inigualable talento como Miguel Angel Solá. Su actuación es magistral y atraviesa las más diversas emociones y estados. Puede ser irónico, humilde, diabólico (tiene algo del Conde Drácula en su manera de observar a la víctima con paciencia milenaria). También arranca risas con su tono burlón y consigue que los parlamentos más literarios -o de pura teoría- resulten amenos.

Su compañero, Daniel Freire (radicado en España desde 1999) tiene a su cargo un papel muy difícil, el de ligar el dolor a la «no-representación». El objetivo no se cumple del todo, pero su interpretación es inquietante y acorde al horror de la situación.

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