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“Para mí, el trabajo de la escritura es un trabajo poético”
Rabanal : “El libro comienza con una anotación de 1997 y sigue una de 1974, porque la manera de encontrar el ritmo de la escritura era hacer funcionar esos apuntes sueltos, que resonaran entre sí”.
Periodista: ¿Qué lo movió a encontrar "La vida escrita" en las libretas de apuntes que llevó durante 20 años?
Rodolfo Rabanal: Este es uno de los pocos libros míos que se hizo solo. ¿Por qué digo que se hizo solo? Un día encontré esas libretas y me puse a releerlas para ver qué había. Buscaba algo, ya no sé qué era. El fenómeno de serendipity, uno busca algo y encuentra otra cosa. De pronto encontré pasajes que me gustaban mucho. En cada libreta, son de esas de almacenero de tapas negras, se podía salvar un diez por ciento. El resto era ilegible. A ese diez por ciento le fui dedicando tiempo a ver qué trataba. Y se fue hilando una relación episódica no cronológica, porque si bien los escritos van de 1972 a 1988, aproximadamente, el libro no es sucesivo. Comienza con una anotación de 1997 y sigue una de 1974, porque la manera de encontrar el ritmo de la escritura era hacer funcionar esos apuntes sueltos, que resonaran entre sí. Ese fue el trabajo de composición que realicé sobre lo ya escrito.
P.: El lector se va encontrando con diversos aspectos de su labor, por ejemplo el teórico que tiene que ver con la formación de escritor.
R.R.: El aspecto teórico era para mí en ese momento simplemente escribir, pero ¿cómo? ¿desde dónde? ¿desde qué lugar? ¿desde qué posición? De modo categórico, desde un conocimiento literario cada vez mayor, basado simplemente en la lectura intensa y diversa. Yo soy, sigo siendo y fui, un lector muy ecléctico. Todo lo que leía me instaba a la escritura. Leer me daba envidia escritural. Por eso copiaba enteros buenos textos.
P.: En ese sentido, "La vida escrita" se puede leer como una antología de fragmentos de un tipo de escritura, donde están los del momento junto a los de grandes clásicos.
R.R.: Wittgenstein, Joyce, Beckett, que están entre los transcriptos, son para mí básicos y a la vez de una estupenda magnitud conspirativa de la literatura. Si tuviera que ser llevado a confesar de modo perentorio ¿por qué escribiste? y ¿por qué escribís? Diría porque escribió Wittgenstein, porque existió Beckett. Ellos me llevaron más que Jack London. Encontré en ellos una pasión por la palabra. Por la palabra protagónica. Por la palabra más crispada. No por la palabra meramente explicativa. Escribir es para mí escribir desde la poesía aunque escriba prosa. Es lo que busco. Una cosa es buscar, y otra lograr. Para mí el trabajo de la escritura es un trabajo poético. Tiene que haber algo en la palabra que me seduzca de una manera irremediable para que yo siga escribiendo, si no no puedo.
P.: Los textos de los años que usted reúne son los de su etapa formativa.
R.R.: Yo tenía 31 años en el momento de esas notas, y no más en algunos cuentos que me había publicado Juan Gelman en "La Opinión" y en "Crisis". El verdadero debut literario es la novela "El apartado". Es la época del encuentro de los miembros de una generación literaria porteña. Estaban Leónidas Lamborghini, Ricardo Piglia, Luis Gusmán, Germán García, Miguel Briante, Jorge Asís, y muchos otros; era un conjunto de lo más heterogéneo. No éramos una barra, no actuábamos en grupo para nada. Yo era para ellos el apartado, pero éramos amigotes. Sobre todo a través del periodismo, que era el tejido conjuntivo. Ahí nos veíamos muchos, "Dipi" Jorge Di Paola Levin, Héctor Libertella, inteligente, brillante. Con Osvaldo Soriano trabajamos juntos en "¨Panorama" y en "Primera Plana". Ahí nos abrimos un camino. Creo que es lo que se llamó la Generación del 70 por una cuestión de época, no porque tuviéramos nada en común. Cada uno tenía su propia ilusión literaria. Algunos lo lograron, otros no, pero fue una generación muy productiva. Esa fue la gente que encuentro cuando salgo al mundo a escribir. Di Paola hace muy buenas crónicas de mis dos primeros libros, "El apartado" y "Un día perfecto".
P.: En sus textos reiteradamente habla del Borges mediático, el que aparecía en los diarios, en las revistas, por la radio, en televisión.
R.R.: Era el hombre que teóricamente nunca de exhibía y, sin embargo, manejaba muy bien sus estrategias mediáticas. De su casa de la calle Maipú a la radio con Antonio Carrizo, de la radio a la revista "Gente". Se había vuelto un personaje. En parte debido a una estrategia de posicionamiento. Él era muy astuto, hay que reconocerlo. Por otra parte acaso eso se debía a la ceguera y a la soledad. Pero esas cosas, por su enorme talento, funcionaron positivamente.
P.: Su libro tendría que tener un índice de nombres para ir a sus comentarios de gente que hoy está entre los escritores muy conocidos y los que indica para que los conozcan.
R.R.: Quizá en una segunda edición se le ponga un índice. Es cierto que hay nombres y referencias que llevan al encuentro de autores olvidados y que para mí fueron de enorme importancia. Gente de los años 50, los escritores de "Poesía Buenos Aires", entre otras revistas, en donde estaban Hugo Gola, Edgar Bailey, Francisco Madariaga. Yo los llamaba porque era un lector de poesía muy ávido, y los seguía a ellos. Nos encontrábamos en algún congreso literario, y me invitaban a hablar con ellos como poeta y yo no había publicado nada como poeta, en el sentido ortodoxo de poesía, pero había todo un juego de relaciones donde la palabra se vuelve una forma de la música, la expresión del gusto del arte. Ahí estaba Hugo Gola, para mí francamente uno de los grandes poetas nuestros. Con poemas extraordinarios, constitutivos. Junto a Madariaga, que injustamente parece haber pasado sin pena ni gloria siendo un gran poeta, reconocido en Europa. Cuando murió tuvo notas importantes en Inglaterra y en Francia. Acá no se enteraron; cosas injustas que ocurren. Por eso me gustó hablar de ellos. Es el mecanismo que usó Cortázar de datos de obras que que hay que ir a mirar, que vale la pena conocer. Esos poetas fueron para mí maestros. Yo iba a esas reuniones donde se discutía de poesía y se la leía en voz alta. Si llevara a que alguien buscara poemas de esos autores, si los rescatara del olvido, me encantaría que sirviera para eso este libro mío.
P.: Las nuevas generaciones pareciera que ya tienen otros modos de comunicación, no es ya la reunión o el café, sino a través de Internet.
R.R.: Estoy en Facebook, en Twitter, tengo un blog donde escribo algunas notas, pero no tengo la fe puesta en eso. Sigo siendo un hombre de papel, no hay caso. Creo que el periodismo argentino está muy caído hoy en su expresión narrativa. Cosas literarias encasillarlas en los suplementos cuando debería fluir la calidad escritural en toda la circulación de la información. Fue algo que aprendí en "Primera Plana", donde se buscaba un estilo. Escribir era un desafío, aparte de investigar e informar, eso no lo veo hoy. Allí estaban imponiendo eso Tomás Eloy Martínez, Ernesto Schóó, y Jacobo Timmerman que auspiciaba fervorosamente la buena escritura. El periodismo era una escuela, hoy hay escuelas de periodismo. García Márquez deploraba esas universidades donde se dice que se enseña periodismo, y sólo se enseña ciencias de la comunicación, que no tiene nada que ver con el periodismo. El periodismo se aprende en las redacciones, Nosotros fuimos autodidactas, pero la formación literaria se forja en las lecturas, no en el saber la mera técnica.
P.: ¿Qué siente que es "La vida escrita
R.R.: La recuperación de un andar, aparte de la vida propia, íntima, privada. Y esa vida propia no podría haberse dado fuera de un contexto histórico. Fuimos lo que tuvimos que vivir en una época violenta que las nuevas generaciones no conocen, por lo menos de aquel modo, porque ya tienen 30 años de democracia. Podría decir que tengo hasta ahora tres vidas, en tres libros, "La vida brillante", con alguien que escribe sobre la propia vida, "La vida privada", con alguien que se mira a sí mismo, y ahora "La vida escrita", que soy yo hablando como puedo.
P.: ¿Ahora qué está escribiendo?
R.R.: Sigo con mis libretas. Todas mis novelas han salido de notas que están ahí. Ando con la idea de una historia que se descubre escrita en el margen de un libro. No se sabe si el que escribe es alguien real o una referencia tomada del texto central. A su vez el texto central se enriquece con las observaciones marginales.
Entrevista de Máximo Soto


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