Raoul Walsh, maestro del llamado cine clásico de la época de oro, dirigió 139 películas, casi todas de acción y aventuras, contribuyó a moldear grandes estrellas, como John Wayne, Rock Hudson y Sidney Poitier, consagró a otras, como Errol Flynn, Humphrey Bogart y James Cagney, fundó con sus colegas la famosa Academia de Hollywood, dejó decenas de títulos memorables y nunca fue siquiera candidato a un Oscar. Sala Lugones ofrece desde este miércoles la posibilidad de ver en pantalla grande ocho de sus mejores títulos. Primero, “El ladrón de Bagdad”, fantasía silente de gran despliegue y mucho encanto, con Douglas Fairbanks a la cabeza y William Cameron Menzies como “art director”, entre otras atracciones.
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Para ver los clásicos como se debe, en pantalla grande
Luego, siete westerns: “La gran jornada”, megaproducción donde debutó John Wayne, entonces un flaquito de 23 años (jueves 16), “Comando negro”, también con Wayne (sábado 18), “Los bolsillos del diablo”, con Dennis Morgan, film que inspiró la serie “Maverick” (domingo 19), “Juntos hasta la muerte”, con Joel McCrea y Virginia Mayo, variante western del policial “Altas sierras”, también de Walsh (martes 21), “La ley del más fuerte”, con Rock Hudson y Lee Van Cleef (miércoles 22), “El rey y cuatro reinas”, comedia con Clark Gable, Eleanor Parker y otras rubias (jueves 23) y “Su única salida”, con Robert Mitchum y Teresa Wright (viernes 24).
Sería interesante ver también otros ciclos de Walsh sucesivamente dedicados al policial, las comedias, los melodramas, las aventuras marinas o el cine bélico (“Los desnudos y los muertos”, sobre novela de Norman Mailer). El de ahora se aplica al western y se vende como “8 maneras de subirse a un caballo”, a modo de soporte de un estreno nacional con el que compartirá sala y horarios, curiosamente llamado “No existen 36 maneras de mostrar cómo un hombre se sube a un caballo”.
Se trata de un ensayo de Nicolás Zukerfeld dividido en dos partes: 37 minutos de gente montando, desmontando, cargando y descargando señoritas, enfrentando arrestos, atentados y tormentas, o abriendo puertas, y 26 minutos de pantalla casi siempre en negro y una voz en off que nos guía en una porfiada investigación: ¿dijo Walsh la frase del título, o acaso fue mal recordado, o mal traducido? La respuesta quizá pueda guiarnos hacia el llamado plano promedio del cine clásico y otras certezas narrativas que por alguna sabia razón todavía siguen vigentes.


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