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París: la amistad de Picasso, Lam y Césaire en una muestra
Además de congregar artistas y estilos que influyeron en Picasso, la muestra del Grand Palais de Paris reúne por primera vez grabados en color, de gran formato, del cubano Wifredo Lam, uno de sus grandes amigos.
Casi 70 años de su larga existencia vivió Picasso en Francia: desde 1904 hasta su muerte, el 8 de abril de 1973. Pero ni uno solo de ellos dejó de vivirlos como español.
En la formación de su personalidad incidió la España visceral de Quevedo y de Goya, del barroco Gaudí, del anarquismo catalán. Una España ardiente, subversiva, violenta, trágica, apasionada, suntuosa. Ninguno de los muchos artistas extranjeros radicados en la Francia del siglo XX conservó, como Picasso, la savia natal, quizá porque él era una totalizadora expresión de España. Pero ninguno alcanzó, como Picasso -o hasta el punto en que él la alcanzó-, una tan neta universalidad de artista, uno de los más grandes de la época.
Oriundo de Málaga, hijo de un profesor vasco de dibujo y una madre mallorquina de ancestros genoveses, Pablo Ruiz Picasso empezó a pintar a los diez años y expuso por primera vez a los dieciséis (1897), en Barcelona. Poco después, en 1900, viaja a París y cae allí seducido por las obras de van Gogh y Toulouse-Lautrec. Entre 1901 y 1904, bajo la influencia de Toulouse-Lautrec, aunque también desde una originalidad propia que se afianza, Picasso cubre su llamado período azul; el tema de estas creaciones: los desheredados, los enfermos, los miserables. Luego, de 1905 a 1906, sucede el período rosa: arlequines, escenas circenses, saltimbanquis. Por fin, el descubrimiento de la escultura ibérica antigua y, sobre todo, de las tallas y máscaras de África y Oceanía, más la revelación de la pintura última de Cézanne, harán tomar un nuevo rumbo a Picasso.
Así, en la primavera de 1907, exhibe a sus amigos una tela revolucionaria: «Las muchachas de Aviñón» (calle de Barcelona donde funciona un prostíbulo). Es el antecedente del cubismo, una de las dos grandes rupturas de la mitad inicial del siglo (la otra es la abstracción), que Picasso funda con Georges Braque y ambos desarrollan entre 1908 y 1916, seguidos principalmente por Juan Gris y Fernand Léger.
Así, viendo agotado el ciclo cubista y sin abandonar algunas de sus modalidades, Picasso inicia un período neoclásico, de fuertes reminiscencias grecolatinas, hacia 1917. Más tarde, entre 1926 y 1935, se acerca al surrealismo; Picasso se libra a las descargas de su inocencia y produce esas figuras fantásticas, esquemáticas, absurdas, gozosas, tan ajenas al dogma surrealista.
La Segunda Guerra Mundial y la de Corea suscitan en Picasso -afiliado, en 1944, al Partido Comunista francés- nuevas alegorías expresionistas, entre ellas, «El osario» (1945), y «Matanza en Corea» (1951), así como las dos enormes pinturas «Guerra y Paz» (ambas, de 1952). Con posterioridad (1955-61), ejecuta varias series de óleos extraordinariamente inventivos, en los cuales toma por modelos obras de artistas del pasado: Poussin, Velázquez, Delacroix, Monet.
Aimé Césaire (n. 1913) y Picasso se reunieron por primera vez en el Congreso de la Paz en Wroclaw en 1948. Césaire fue un poeta esencial de la experiencia surrealista que lideró en Francia. Uno de sus principales libros, es ni más ni menos que «Las armas milagrosas», en el cual emerge una extraordinaria combinación de escritura automática y subyugante paisaje tropical de onírica fosforescencia, y en cual también anida una mitología fantástica de alucinantes congregaciones vegetales, de especies animales, de variedades marinas y otras señales terrestres. Césaire en 1931 y gracias a una beca, inició sus estudios superiores en París, que tan solo tres años más tarde fundaría la revista «LÈtudiant noir» junto a otros intelectuales negros.
La poesía de Césaire, influida por la libertad verbal del surrealismo, es metafórica y rica en imágenes de gran plasticidad y fuerza evocativa, sin embargo, a diferencia de los surrealistas, la magia de su creación se sustenta en la riqueza de la cultura caribeña y africana, por lo que sus imágenes y metáforas cumplen un objetivo ajeno al puro experimentalismo.
En 1939, cuando regresa a la Martinica, huyendo del fascismo que se había apoderado de Europa, Aimé se reencuentra con el Caribe y «su matiz africana». Entonces visita Haití que lo deja «golpeado, transformado e iluminado» y queda «prendado y comprometido» con ese país y su realidad». Durante los cuatro meses que vivió allí se encuentra con el francés André Bretón y el cubano Wifredo Lam.
Es así como surge esta relación entre Césaire y Lam, que en más de una oportunidad han logrado trabajar juntos, la poesía de uno ilustraba la pintura del otro, y a la inversa.
Cuando Lam decide abandonar España en 1938, a consecuencia de un profundo dolor que sobrellevaba desde hacía varios años, cuando su primera esposa, Eva, había sucumbido a la tuberculosis y a su hijo Wifredo, se traslada a París donde fue recibido en su propio estudio por Pablo Picasso, en la Rue des Grands Augustins. Fue un encuentro fructífero.
Picasso presentó a su nuevo «primo» a sus amigos Braque, Matisse, Leger , Leiris, Tzara, Miró, Breton, Eluard, Zervos, Kahnweiler, Pierre Loeb.
El Grand Palais congrega una serie de estilos que han influenciado al gran maestro, y reúne por primera vez una decena de grabados en color de gran formato, creados por Lam hacia 1969 y editados en 1982, un año después de que ya muy debilitado y sin poder pintar pidiese a su amigo Césaire que escribiese un poema para cada uno de ellos, revelando la fructífera relación conservada por el poeta martiniqués, y el gran pintor cubano.
En efecto, tal como lo indica el título de la exposición, los tres se reencontraron, pero lo que más nos importa que, tanto la poesía de Aimé, la obra eternamente mestiza de Wifredo y la obra negra del maestro español Pablo Picasso, se entrelazan en este encuentro casi monumental, que no solamente es un encuentro de arte, sino también abarca cada una de sus propias culturas.


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