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Pereira se autorretrata para representar a la humanidad
Los autorretratos de Sandro Pereira comparten con los versos de Alfonsina Storni la rara cualidad de describir la tragedia de un modo desdramatizado y hasta piadoso.
La sala de exhibición está íntegramente pintada de color lapislázuli, un azul intenso muy utilizado por los renacentistas, y el espectador se zambulle literalmente en el océano de la muestra. El montaje de las obras es muy especial: nada está donde naturalmente debería estar. «Hombre al agua» se llama la escultura que se encuentra en inestable equilibrio, parada sobre la moldura del cielorraso, y desde esa posición de altura se dispone a saltar al vacío.
El resto de la muestra transcurre abajo, en el fondo del mar, y habla de nuestra condición humana: frágil, transitoria y mortal. Alfonsina imagina su muerte en estos versos, pero a la vez juega con sus visiones de una mágica existencia submarina en una «casa de cristal». Las obras de Pereira comparten con el poema la rara cualidad de describir la tragedia de un modo desdramatizado y hasta piadoso, que permite sobrellevar la mayor de las desventuras: el deseo de morir.
Alfonsina escribe: «En el fondo del mar/ hay una casa de cristal. / A una avenida de madréporas/ da./ Un gran pez de oro,/ a las cinco,/ me viene a saludar./ Me trae un rojo ramo/ de flores de coral./ Duermo en una cama/ un poco más azul/ que el mar». Pereira hace emerger del submundo azul ese pez de oro y también a un eximio nadador, que es el propio artista autorretratado, al igual que el hombre de traje oscuro que cruza la sala en caída libre hacia el fondo del mar, y muestra un inmenso rostro que contiene la respiración con los ojos cerrados. La obra establece de inmediato una fluida corriente de simpatía con el espectador.
Hay un personaje que lleva el ramo de flores de coral y, otro, con un atuendo fúnebre y oscuro, que tiene esas mismas flores sobre sus hombros. Pero a pesar del espíritu luctuoso del relato, las figuras de Pereira eluden el drama con la misma agilidad que las sirenas de Alfonsina, que la rodean y cantan y danzan.
Los autorretratos del artista tucumano tienen una virtud: trascienden la problemática del sujeto para expresar cuestiones pertinentes a toda la humanidad. Su estrategia como artista pareciera sostenerse en una actitud humilde, en la grandeza de burlarse de sí mismo y en la sabia comprensión de las debilidades humanas. Lo cierto es que Pereira logra trascender la dimensión «yo» y fundirse literalmente en el otro.
Si bien las obras son deudoras del Pop de los años 60, muestran un universo que resulta mucho más cercano que el de los productos del supermercado o las lejanas estrellas del cine, exhiben una dimensión realmente íntima del individuo. Incluso, las técnicas utilizadas para realización de las obras, involucran al artista con manualidades laboriosas. La cabeza y un torso están ejecutados con el collage fotográfico, con los círculos recortados de miles de fotos de autorretratos del artista, que pegadas sobre las formas de su cuerpo como las brillantes escamas de un pez, se desdoblan en otros autorretratos. Por su parte, las pinturas que están colgadas casi en el piso de la sala, fueron ejecutadas sobre una superficie que tiene un leve bajorrelieve de burbujas y acentúan así la sensación de estar flotando, en el fondo del mar.
Pereira reconoce la influencia del catedrático británico Kevin Power, quien le dedicó un texto donde dice, que «el artista sabe que una vez que tiene su tema (él mismo) puede entregarse a otras cuestiones: la exploración de nuevos materiales y medios, procesos de hibridación u otros experimentos formales». Power subraya de este modo que Pereira siempre le brinda al espectador «la comodidad de reconocer la cara del autor», y destaca que sus personajes quedan «atrapados en la intoxicante sensación de soñar despiertos, dejan al descubierto la intimidad, se tornan vulnerables, quedan expuestos a cualquier cosa que les pudiera suceder».
La imagen de Pereira, sumergida en el agua, reaparece en esta última muestra desde un lugar distante e inexpugnable. Como si creyera en la capacidad transformadora de arte, desde su silencioso aislamiento, el artista impone una pausa obligada en ruido ensordecedor de la sociedad actual.


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