11 de diciembre 2017 - 20:41

Perspectivas 2018: el desafío es dejar de acumular riesgos

Argentina tiene dos grandes desafíos: cómo terminar con el “péndulo” que marcó el deterioro social, y comenzar a trabajar en una mirada de mediano y largo plazo.

Marco Lavagna.
Marco Lavagna.
Con un crecimiento algo por debajo del 3%, este año la Argentina redondeará seis años (2012-2017) de virtual estancamiento en su nivel de actividad económica, acumulando una reducción del PBI per cápita de 4%. En paralelo, en el mismo período el IPC se habrá multiplicado por 5.

Para 2018, el PBI se expandirá, pero a una tasa no tan lejana al crecimiento poblacional; la inflación será algo menor que este año, pero nuevamente lejos de la meta del BCRA; el déficit primario se reducirá en un punto del PBI por recortes de subsidios, pero la mejora en el rojo fiscal total será menor (0,6 puntos, y será todavía mayor que en 2015); y el déficit externo (cuenta corriente) será mayor que lo que se desprende del Presupuesto. En lo que respecta al mercado cambiario, es de esperar calma producto de una cuenta capital (por ingresos especulativos y endeudamiento) muy superavitaria.

Esta visión para el año que viene se fundamenta en: a) la tendencia que arroja el funcionamiento actual de la macroeconomía, y b) los factores específicos que pueden potenciar o alterar dicha tendencia.

Respecto de la tendencia actual, se continuará con un esquema de política económica que profundiza el sesgo financiero: la combinación entre una política antiinflacionaria aislada y basada sólo en la tasa de interés combinada con un fuerte endeudamiento fiscal genera un "entorno económico" donde la inversión financiera seguirá siendo más apetecible que la productiva, donde importar es más conveniente que producir y donde hay más incentivos a distribuir dividendos que a reinvertirlos.

Este "entorno económico" es el que sustenta la calma cambiaria (gracias a los dólares financieros y del endeudamiento), pero conduce a que no crezcan con fuerza dos variables absolutamente centrales como exportaciones y empleo de calidad (especialmente en las pyme), por lo que resulta lejano pensar en un crecimiento más acelerado del PBI y más lejano aún un "derrame" significativo sobre la situación social. Es decir, será otro buen año para el carry trade pero no para el empleo.

Respecto de la inflación, se mantendrán ajustadas las "clavijas monetarias" (alimentando el entorno económico mencionado) y el Gobierno intentará encauzar las paritarias hacia el rango del 10%-12%. Sin embargo, el alza de precios y las paritarias formales se ubicarán más cerca del 18% / 20%, dado que no se termina de romper el piso inflacionario estructural de la última década (1,5%-2% mensual), y sumado a ello las correcciones tarifarias previstas.

En este escenario, los ingresos reales crecerán más en los segmentos protegidos, con capacidad de ahorro y acceso a la renta financiera, y el consumo continuará siendo heterogéneo y con sesgo hacia bienes dolarizados (presionando sobre el déficit externo), conviviendo con una débil performance del consumo masivo. Es decir, continuará coexistiendo el boom de venta de autos y viajes al exterior con las ventas minoristas "chatas".

Entre los factores específicos se encuentran la inversión y el crédito. En el primer caso, la vemos creciendo por encima del producto, pero concentrada en sectores de alta rentabilidad (agro, energía) y en distintos "microclimas" (construcción, renovables y PPP), lo cual hace que difícilmente pueda torcer la magra creación de empleo que se deriva del "entorno económico".

En cuanto al crédito, continuará la paradoja de altas tasas con crecimiento de los préstamos, porque los motores de éstos seguirán siendo los segmentos no expuestos a las tasas, como los préstamos en dólares (empresas) y en UVA (familias).

En definitiva, prevemos la continuidad del escenario actual, de crecimiento moderado, heterogéneo, con una inflación aun muy elevada, con un ritmo a la desaceleración muy pausada y que no alcanza para derribar las barreras que existen en materia de exclusión social.

Pero más importante que el escenario en sí es que en 2018 la Argentina tiene por delante dos desafíos centrales: en primer lugar, y el más urgente, cómo hacer para dejar de profundizar los riesgos que en el futuro pueden obligar a las bruscas correcciones de rumbo (péndulo) que en el último lustro estuvieron detrás del marcado deterioro social. Y en segundo término, y con una mirada de mediano y largo plazo, cómo hacer para derribar los obstáculos que continúan impidiendo ingresar a la senda del desarrollo con inclusión social.

Comenzando por la visión de mediano y largo plazo, luego de un 2017 virtualmente perdido por la lógica electoral, estarán sobre la mesa reformas estructurales (tributaria, laboral, previsional) que apunten a remover obstáculos para el crecimiento. En este sentido, lo deseable es que en el planteo de dichas reformas no primen los intereses sectoriales o particulares, sino que el centro, y el piso de consenso básico, sea la generación de empleo de calidad: si dentro de los objetivos tenemos la reducción del empleo público y el empleo negro, y necesitamos 200.000 puestos anuales sólo para absorber el crecimiento poblacional, la cuestión del empleo no puede seguir esperando. Asimismo, la fortaleza del mercado laboral es el centro que permitirá no sólo dinamizar la movilidad social ascendente, sino también resolver de fondo las cuestiones del equilibrio fiscal y la sustentabilidad previsional.

Sin embargo, dada la profundidad de estas discusiones, resulta claro que en concreto no veremos ningún efecto, al menos de relevancia, de dichas reformas en 2018.

Por eso, el principal desafío del año que viene compete a dejar de profundizar los riesgos inherentes al modelo.

En primer lugar, porque el esquema económico se va "apoyando" cada vez más en desequilibrios: tenemos prácticamente el mismo nivel de actividad que 2011, pero con el triple de déficit fiscal y un rojo externo cuatro veces mayor, lo cual no sólo acentúa la dependencia de los flujos financieros (los cuales no son eternos), sino que hace al esquema mucho más volátil ante reversiones de éstos.

Y en segundo término, por la acumulación de riesgos de descalces de moneda, dado el incremento de la proporción de pasivos del sector público y empresas atados al dólar y la mayor exposición de las familias a la inflación (UVA). El riesgo de descalce es un elemento no menor, ya que constituye un elemento que puede amplificar los ciclos negativos, en caso de una reversión.

La principal oportunidad que tiene la Argentina hacia adelante es que aún hay margen para corregir el rumbo e ingresar en una senda del desarrollo con inclusión social. Y para ello, necesitaremos profundizar el camino del dialogo efectivo (y no "para la tribuna") y del consenso, ya que las políticas que nacen sin consenso son por definición miopes, no se sustentan en el tiempo y están en el "corazón" del péndulo del último lustro. Tenemos que definitivamente basarnos en lo que nos une y no sobre lo que nos divide, para poder trabajar por encima de las diferencias y así recuperar la visión ambiciosa de lo que podemos ser.

Sobre esta base, y no sobre la imposición, la Argentina podrá aprovechar esta oportunidad. Porque, como sabemos, a la suerte hay que ayudarla.

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