29 de junio 2015 - 00:00

Pesadilla diaria de azotes, represión y decapitaciones

Los combatientes del Estado Islámico al entrar en Mosul, su mayor conquista en el norte de Irak. La vida cotidiana en sus dominios asfixia a la población.
Los combatientes del Estado Islámico al entrar en Mosul, su mayor conquista en el norte de Irak. La vida cotidiana en sus dominios asfixia a la población.
 Beirut - "Podría hablar durante un mes seguido, pero sería insuficiente para describir lo que está haciendo aquí el Estado Islámico", se lamenta Mohamed al Jalif, un sirio que vive en el califato autoproclamado hace un año por los yihadistas.

Matrimonios con mujeres forzadas, entrenamiento militar de menores, confiscación de bienes, castigos brutales... La lista de maldades perpetradas por esta organización terrorista en la provincia siria de Deir al Zur, donde habita Al Jalif, es interminable.

Desde la proclamación del califato, el grupo se dedicó a construir un "Estado" a su medida en los territorios que domina en Siria y en Irak, donde reinan la arbitrariedad y el terror, y exprime económicamente a los civiles en su propio interés.

"Exigen impuestos por todo: por la limpieza y vigilancia de las calles, a los comerciantes, por el agua, la electricidad y el teléfono. En mi familia pagamos unos 50 dólares por mes, más de lo que le pagábamos al régimen", explica por internet Al Jalif, que emplea un nombre falso y antes de activista era ingeniero civil.

El aumento de las tasas con el EI no se ha traducido en una mejoría de los servicios porque, apunta, en Deir al Zur hay zonas en las que la electricidad se corta dos horas, cinco e incluso el día entero.

A esos impuestos se añade el "zakat" o limosna obligatoria, y en el caso de los campesinos la donación de una parte de su cosecha a los radicales, lo que, teniendo en cuenta que Deir al Zur es una provincia agraria, supone grandes cantidades. Todo ello por y para el enriquecimiento del propio grupo.

La situación es similar en la provincia de Al Raqa, bastión principal de los extremistas, donde el EI gobierna con absoluta arbitrariedad.

Fruto de la sinrazón, es que "hoy por hoy Al Raqa (capital provincial) es la ciudad más limpia de Siria", dice irónico por internet el activista de Zeid al Zabet, del grupo Sonido y Fotografía, que denuncia los abusos del EI.

Según Al Zabet, la urbe fue administrada sucesivamente por varios gobernadores del EI que la dirigieron a su antojo.

"Algunos descuidaban la ciudad hasta convertirla en un estercolero -rememora-, otros estaban obsesionados por las mujeres y las hostigaban sin interesarse por otra cosa".

Hubo gobernadores que, obcecados con la limpieza, aprobaron leyes que obligaban tanto a los civiles como a los combatientes a limpiar.

"De ahí que todos los castigos estén relacionados con la limpieza. Por ejemplo, a un fumador lo condenan a tres días de cárcel y a barrer las calles durante otros tres", detalla.

Pero si hay algo que transformó en una pesadilla las vidas de los habitantes del califato son las innumerables restricciones y el hecho de vivir atemorizados continuamente por los castigos, que van desde multas hasta latigazos, disparos o decapitaciones.

Las mujeres no pueden salir a la calle sin un "mehrem" o tutor, que tiene que ser un varón de la familia, y vestidas con "niqab", velo que tapa todo el cuerpo menos los ojos.

En los hospitales, no pueden ser atendidas por médicos hombres, y viceversa, lo que, señala Al Jalif, creó problemas porque en Deir al Zur hay muchas especialidades en las que no se encuentran facultativas.

La educación es otro sector que el EI ha modelado a su medida.

A este respecto, Al Zabet destaca que "no hay escuela en Al Raqa en que no se haya abierto una mezquita y se enseñe el Corán y teología".

Los yihadistas impusieron su propio programa en los colegios y la educación obligatoria para los menores de 7 a 18 años, y "las familias que no llevan a sus hijos a la escuela son castigadas con multas", subraya Al Jalif.

El EI no sólo procura asegurarse las adhesiones de los más pequeños, sino también las de adultos, a los que ofrece oportunidades de trabajo y títulos universitarios con la condición de que el interesado se una a la organización, remarca Al Zabet.

Por el contrario, quienes contravienen sus reglas lo terminan pagando con la muerte.

Abu Hashem escapó de milagro de su casa en Al Raqa, cuando los yihadistas fueron a buscarlo al descubrir que trabajaba como activista.

Su madre los entretuvo mientras él escapaba por la terraza, y huyó a Turquía, recuerda Abu Hashem, que emplea un nombre falso porque tiene familiares en Siria.

Las perspectivas que se abren ahora ante él son desesperanzadoras. "Dudo de que el EI sea derrotado algún día; son inhumanos", se queja.

Agencia EFE

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