Cristina de Kirchner estuvo ayer en un acto homenaje a Envar «Cacho» El Kadri, que participó de la fundación de las JP y también de las FAP.
Francisco «Barba» Gutiérrez, alcalde de Quilmes, se agregó ayer al pelotón de caciques peronistas que agitan la teoría de una reforma constitucional. Antes -más explícitos o veladamente- lo hicieron tres jerarcas poderosos del PJ del conurbano: Raúl Othacehé, Alberto Descalzo y Fernando Espinoza.
El primero fue el heredero de Alberto Balestrini en La Matanza. Con Daniel Scioli a su lado, a Espinoza se le fue la lengua o se tentó con alardear de una falsedad: contó que Julio De Vido, en persona, le pidió que plantee expresamente la reelección de Cristina de Kirchner. Cumplió.
Es el «modus operandi». Se atribuye al ministro canjear promesas de obras por clamor pro reelección. Es, casi, una gentileza mutua: algunos intendentes quieren que, en una ecuación inversa, los autoricen a decir en público lo que callan en privado.
El expediente re-reelección adquirió un volumen que anula, prácticamente, el resto de la agenda política del sistema. Sin embargo, aparece una multiplicidad de lecturas, interpretaciones y posturas. Veamos:
La primera agitación visible sobre la reforma de la Constitución se registró en abril pasado. La patrocinaron Ricardo Forster de Carta Abierta, Luis DElía del grupo Miles, Eduardo Sigal del Frente Grande y el abogado Eduardo Barcesat. Faltó, por un accidente doméstico, Eugenio Zaffaroni. Aquel primer debate se centralizó sobre la necesidad de una reforma y presentó una coincidencia: no mencionar el capítulo de la re-ree. DElía fue el más explícito: «No traemos bajo el poncho -dijo- el cuchillo de la re-reelección». Habían recibido días antes el OK de Carlos Zannini, casi con el pedido exclusivo de no agitar la cuestión reeleccionista a la que, además, Forster adhería por considerar que ese planteo generaría un rechazo generalizado de la oposición que frustraría «lo importante: hacer una mejor Constitución».
En el paso siguiente, el Encuentro por una Constitución Emancipadora que motorizó la CTA de Hugo Yasky, ese planteo volvió a repetirse, aunque con reservas: se debatió si había que excluir explícitamente o no la cuestión de la re-reelección. Se acordó que, en principio sí, y con ese libreto se lanzó la campaña reformista desde el teatro Margarita Xirgu. El cambio se produjo, explican en Casa Rosada, tras la crisis con Daniel Scioli, que precipitó la discusión sobre la sucesión de 2015. Ante eso, el kirchnerismo modificó la táctica y salió a agitar la teoría de la tercera Cristina como una necesidad de bloquear el deterioro de la figura presidencial prematuramente. Y apareció De Vido con su pedido a intendentes.
En paralelo, lo que en principio era solamente un asunto del kirchnerismo no PJ, se expandió a otros territorios: el gobernador de Mendoza, Francisco «Paco» Pérez, lanzó la idea de una reforma en su provincia; Espinoza se postuló con la «primera piedra» para sostener la re-ree de Cristina; Othacehé y Descalzo hablaron de una reforma provincial, y ayer Gutiérrez fue más lejos: planteó la necesidad de ganar, en 2013, por mucha diferencia, «en lo posible el 50%», para tener suficiente Poder Legislativo para poner en marcha el engranaje de una reforma.
El universo legislativo K se mueve en zigzag. Aníbal Fernández dijo hablar en nombre del Gobierno al decir que «no se analiza ninguna reforma»; Agustín Rossi dijo que él «no tiene ningún proyecto», pero consideró «válida» la discusión, y ayer Carlos Kunkel se metió con el nervio de la cuestión: dijo que aun sin una re-reelección de Cristina, el kirchnerismo seguiría vigente más allá de 2015. Ése es el punto central de la discusión y sobre el que, en sigilo, también trabaja el presidente de la Cámara, Julián Domínguez.
Zannini aparece como el ideólogo de una reforma de la Constitución que, más que permitir la reelección indefinida de Cristina, le dé «marco constitucional» al modelo K. «El Chino mira más lejos que Julio», simplificó un peronista que transita entre ambos. Es lo que, en su momento, sostuvo Forster, para quien lo esencial era «institucionalizar» el modelo kirchnerista sin que sea necesario eternizar a Cristina. Eso cambió por imposición de la coyuntura. Decir hoy que la discusión es sólo sobre la reforma, excluyendo el capítulo reelección, puede ser catalogado como traición suprema por la Casa Rosada.
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