28 de agosto 2013 - 00:00

Placentero menú de provocaciones

Placentero menú de provocaciones
*Paolo Rossi, "Comer" (México, Texontle Fondo de Cultura, 2013, 153 págs.).

"A menudo escuchamos decir que antes se comían cosas 'naturales', que para nuestros abuelos y bisabuelos la comida era 'genuina' y 'apetitosa'. Los lugares comunes deberían derrumbarse ante los datos de las investigaciones serias. Pero resisten impasibles. A fuerza se repetirse se vuelven verdad".
Esto señala el filósofo e historiador de la ciencia Paolo Rossi en "Comer. Necesidad, deseo, obsesión". Y buceando en el terreno de la historia de las ideas va desmontando lugares comunes engañadores. Esas mentiras que los medios repiten instalando una falsa verdad que la gente tiende a creer porque fue dicha con sonora superioridad.

Pero no fue tan suculento ese pasado. Los antiguos romanos afirmaban -recuerda el académico italiano- que "la gula mata más gente que la espada", y que abuelos y bisabuelos supieron de "hambrunas donde era natural que los que pudieran comiesen de todo, incluso lo que no era precisamente comestible". De aquellos tiempos de alimentos "sin control" y fraudulentos se ha pasado a "países en los cuales existe, para la mayoría de las personas, una sobreabundante disponibilidad de comida que incita a la bulimia" o por contrapartida propagado entre adolescentes "esqueletos vivientes" y entre raquíticas modelos, "el culto de Ana", es decir de la anorexia como un rito de la "nueva era", a la vez "metafísico", "anticonsumista" y patológico.

Los humanos, comenta Rossi, somos omnívoros, comemos de todo, y cosas increíbles según donde se viva. En Camboya cucarachas y murciélagos, por ejemplo. Pero, eso sí, "cuando estamos comiendo, la palabra 'matar' nos parece por completo fuera de lugar, inoportuna y básicamente 'incorrecta', como si nunca tuviera nada que ver con lo que estamos haciendo". A la vez podemos seguir la historia de caníbales que van de las antiguas leyendas griegas a lo que anotó Colón de sus viajes a América, desde los literarios narrados por Italo Calvino u Oswald de Andrade, de los del cine con Hanibal Lecter a los 52 reales crímenes del antropófago ruso Andrei Chikatilo.

Sorprenden los cambios que van de la ferocidad criminal de los Nosferatus del pasado al romanticismo de los frágiles vampiros de las exitosas sagas narrativas recientes que sólo se alimentan con una cucharadita de sangre o con lo que haya dejado un donante. Las imagen es que "ser un vampiro es ser la prueba de que se han transgredido los tabúes, de que se ha salido de la masa, de una libertad de conducta emancipada de inhibiciones, de reglas y de conciencia. La sangre es una suerte de tóxicodependencia".

Al comer satisfacemos deseos primarios y emociones profundas. Por eso hay cosas que se comen con los ojos, y gente a la que no se puede tragar. Frente a otros textos insípidos éste es, para gente de buen paladar, para quienes tienen hambre de conocimientos, una obrita que se devora con placer. Basta repasar la cantidad de metáforas alimentarias que usamos a diario para ver el valor simbólico, antropológico, cultural y, obviamente, substancioso del comer. Algo evidente en este libro ameno, curioso, y seriamente provocador.

M.S.

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