12 de junio 2009 - 00:00

Populismo en el nombre de Dios

Populismo en el nombre de Dios
Teherán - El presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, quien va por la reelección, genera fuerte recelo en Occidente por su provocativa defensa del plan nuclear, su negación del Holocausto judío y su amenaza de destruir Israel.

Nacido en 1956 en la ciudad de Garmsar, hijo de un herrero apellidado Saborjhian, la familia del actual mandatario cambió de nombre por el de Ahmadineyad («el que busca la virtud») cuando se trasladó a Teherán en pos de una mejor posición económica.

Licenciado en Ingeniería de Transportes y Planificación, Ahmadineyad inició su carrera política en la década del 80 en las provincias del oeste de Irán, y en especial en Ardabil, de la que llegó a ser gobernador. Destituido en 1997 por el entonces presidente reformista Mohamed Jatamí, regresó a Teherán donde inició una escalada en la municipalidad que lo llevó a ser elegido alcalde de la capital.

Cuando en 2005 decidió hacer frente al ex presidente Ali Akbar Rafsanayani como candidato moderado, muy pocos habían predicho que pudiera lograr la victoria, pero fue elegido en segunda vuelta después que algunos de sus contrincantes, como Mehdi Karrubi, denunciaron irregularidades en el recuento de los votos.

En la actualidad cuenta con el respaldo de los medios de comunicación estatales, el Ejército y el numeroso grupo de voluntarios islámicos Basij, milicia muy disciplinada y con una gran capacidad de movilización.

Además, es respaldado por el clero más duro y encuentra su electorado en las clases bajas. Según sus oponentes, durante sus cuatro años de mandato aumentó el desempleo, se disparó la inflación y el país se colocó al borde del abismo.

De cara al exterior, se ganó el rechazo de casi toda la comunidad internacional ya sea por su irritante modo de defender el polémico programa nuclear, como por su postura negacionista ante el Holocausto judío y su intención de «borrar a Israel del mapa».

Retroceso

Primer civil presidente de Irán en los últimos 25 años, su mandato supuso un empeoramiento de las relaciones con Occidente y un retroceso de las libertades en el país. Contrario a la negociación con la comunidad internacional, declaró que el diálogo sobre las ambiciones atómicas del país es «un capítulo cerrado».

Según observadores, Irán podría producir una bomba nuclear en un plazo de entre uno y tres años.

Agencias EFE y AFP

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