En poco tiempo más Mauricio Macri deberá enfrentarse al momento más complicado e importante de toda su gestión. Y a una situación en la que ningún jefe de Estado quiere estar. Mucho menos ante el período que inaugura un proceso electoral que terminará en octubre del próximo año. En semanas el Presidente deberá decidir sobre qué sectores de la economía real y financiera recaerá el inevitable ajuste por unos $200.000 millones que se deberá aplicar para cumplir con el único requisito imprescindible comprometido ante el Fondo Monetario Internacional: bajar el déficit fiscal primario del 2,7% al 1,3%. En otras palabras, Macri deberá decidir quién perderá poco, quién bastante y quién mucho. Pero, si está bien informado, sabrá que todos perderán y que su trabajo será lograr que esas pérdidas sean lo menos dolorosas posible y que dejen la menor cantidad de daños para el mediano y largo plazo. Y pensar y repensar la estructura económica del país real que ayudará a impulsar lo más rápido posible la recuperación del tejido productivo. Más allá del panorama festivo que generó el feriado del 20 de Junio con las dos mejores noticias que el Gobierno estuvo buscando desde hace tiempo (la confirmación del acuerdo con el FMI y el ascenso argentino a país emergente), la realidad es que el escenario que queda en el terreno de la realidad económica de la mayor parte de la población es tenebroso. Sólo entendiendo este panorama y buscando rápidamente su solución se puede comprender que el Gobierno haya procurado el acuerdo con el FMI para estabilizar la economía financiero. Nadie saldrá a festejar ni el tratado con el organismo, ni la salida de la humillante calificación de "frontera", ni los cambios en el gabinete. Mucho menos si la presentación oficial se da con frases irritantes del tipo que la crisis haya sido lo mejor que le pasó al país. Una devaluación del 50% merece más sensibilidad.
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La llegada de los 7.500 millones de dólares provenientes de la liberación del dinero del FMI, y su correcta utilización que se distribuirá en 100 millones diarios vía subastas, permitirá que, por primera vez desde abril, el Gobierno tenga cierto tiempo para poder trabajar con estabilidad cambiaria. En un país con la cultura dolarizada de la Argentina, resulta un factor imprescindible para poder pensar en una estrategia de mediano plazo. Como mínimo, permitirá que gran parte de la clase media y alta argentina (la que consume y puede mover la economía) deje de pensar diariamente en el precio de la divisa como único factor de mejora o caída de la situación económica del país. Pero una vez lograda la estabilidad, llegará el momento de encontrarse con una realidad dolorosa. El flamante ministro de la Producción, Dante Sica, tendrá como primera, y muy difícil, misión lograr que el país no caiga en recesión entre el segundo y el tercer trimestre del año. Luego trabajar para que algunos sectores que se puedan beneficiar con la devaluación traccionen cierta mejora en la actividad que le permita a Mauricio Macri "salvar el año" y lograr que en 2018 haya un crecimiento de la economía que le permita al país salir de la maldición de los años pares.
Pero en paralelo, Mauricio Macri deberá aplicar un tan severo como inevitable ajuste en la economía, que afectará a muchos sectores de la economía, algunos de los cuales aliados de siempre de Cambiemos. Será tarea del Presidente reconocerlo, explicarlo ante la sociedad y asumir la responsabilidad política. Para tener idea de la dimensión de lo que se viene, hace pocos días el politólogo Sergio Berensztein lo graficó de manera cruda y simple: el ajuste comprometido ante el FMI es el doble que el fallido plan que en su momento Ricardo López Murphy elaboró en su fugaz paso por el Ministerio de Economía en 2001, durante el Gobierno de Fernando de la Rúa. Y como reconoció hace horas el ahora ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, la hora actual indica aplicar el acuerdo con el FMI, o el peligro de una crisis mayor.
El inicio del proceso no es auspicioso. El solo deslizamiento de las primeras medidas que, se sabe, el Gobierno mantiene en estudio generó la aceleración de críticas y posiciones de guardia de los potenciales afectados. El primero en reaccionar fue el campo. Los dirigentes agropecuarios tomaron contacto con versiones (ciertas) sobre la posibilidad de suspender el cronograma oficial de reducción de retenciones, y amenazaron con reorganizar con el mismo ímpetu que en 2008 la Mesa de Enlace. Luego, con la confirmación de la idea por parte de Dujovne ("todo está en análisis", dijo), hubo una minicrisis interna en el gabinete (antes de los cambios) que provocó que el propio Macri aclarara que el proyecto quedó suspendido. Por ahora. El avance de la idea también provocó la alerta del sector minero, que comenzó a organizarse. Luego fueron los trascendidos sobre los recortes presentes y futuros en la obra pública. Fue allí cuando la Cámara de la Construcción alertó sobre los inevitables recortes en los puestos de trabajo y la consecuencia en la caída de la actividad cruzados con una situación difícil de la obra privada en el país fruto de la crisis inflacionaria. Por ahora, tampoco hay definiciones en este caso. Se debate también la venta de las acciones que el Estado mantiene dentro del FGS con administración de la Anses, otra reforma previsional y hasta un nuevo blanqueo. Y, como siempre, incrementos en los impuestos de recaudación fácil. Y otro pacto fiscal con las provincias, con el objetivo de comprometer a los gobernadores en una reducción radical de sus gastos corrientes. Lo cierto es que ante el FMI el Gobierno se comprometió a un ajuste distribuido en un 0,6% vía obra pública, 0,4% de reducción en los subsidios a las tarifas al transporte y servicios públicos, 0,3% vía transferencia a las provincias y entre 0,1 y 0,2% de contracción en el gasto público. En esos porcentajes aproximados se deberán distribuir los 200.000 millones de pesos de contracción del déficit. El momento de conocer los datos exactos deberá ser hacia septiembre, cuando el Gobierno envíe al Congreso el nuevo proyecto de Presupuesto para 2019, donde todas las especificaciones del ajuste comprometido ante el FMI deben estar explicadas y detalladas. Y al alcance del análisis de los representantes legislativos de la oposición que tendrán que tratar y aprobar (o rechazar) el proyecto. Sólo un acuerdo político serio y de envergadura podrá hacer que el compromiso pactado con el FMI se apruebe en el Congreso. Pero si no se lograra esa negociación política, el Gobierno tiene como Plan B aplicar las normas del actual Presupuesto vigente, que contiene términos de ajuste similares a los que se plantearán en el próximo proyecto de ley. Esto incluye, fundamentalmente, ajuste en las tarifas de servicios públicos, reducción de envíos de fondos a las provincias y sostenimientos de las obras públicas vigentes sin la inclusión de nuevas propuestas.
Es una posibilidad. Sin embargo, lo más serio sería iniciar un proceso negociador responsable con la oposición. Será el momento de analizar cuáles son los dirigentes y aliados que fuera de Cambiemos, especialmente en el justicialismo, aspiran seriamente a suceder a Mauricio Macri. La sociedad tendrá en esas circunstancias una única oportunidad para saber si el peronismo maduró como oposición o si, aunque sin generalizar, sigue siendo un movimiento republicanamente peligroso cuando huele sangre de cercanía del poder.
Más allá de esto, el Gobierno deberá mostrar, además, una austeridad total y absoluta. Casi religiosa. La sociedad no tolerará dirigentes que exhiban bienestar injustificable en medio de un ajuste, siempre injusto para el simple ciudadano. Deberá además evitar al máximo las frases dibujadamente optimistas y cercanas al "humo carusolombardista" en términos futbolísticos. A Mauricio Macri y sus ministros sólo les quedará hablar con la verdad. Cruda y directa. La que se evitó al comienzo de la gestión. La actitud que sí tuvo María Eugenia Vidal al momento de su asunción como gobernadora de Buenos Aires cuando declaró, sin vueltas, que la provincia que había recibido estaba quebrada. Una valentía a la que el Presidente de la Nación no se animó a reconocer. Pronto llegará el momento de hacerlo.
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