“Póstumos”: reino de la nostalgia

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«Póstumos» de J.M. Muscari. Dir.: J.M. MusInt.: L. Albinoni, R. Bauleo, T. Mendoza, M. Berliner, N. Prince, G. Rojo, H. Bernard, E. Walner, E. Díaz, P. Rinaldi (Teatro Alvear). 

«Póstumos» es nostalgia, emoción y un homenaje a los actores, una profesión que es eterna pero tiene un gran enemigo, el olvido. José María Muscari rescata a intérpretes que conocieron el esplendor hace algunas décadas. El director parece que quiere saldar alguna deuda con el pasado; en 2009 ya había convocado a actores veteranos para hacer «Escoria».

La obra moviliza desde la primera frase, «Hola mami», dicha por Luisa Albinoni, la primera en llegar al paraíso. A partir de allí hay recuerdos fugaces desde Narciso Ibañez Menta con «El Pulpo negro», a Gerardo Sofovich y Alejandro Romay.

Muscari los reúne a todos en el cielo, después de muertos. En ese lugar cumplirán lo que les quedó pendiente. Van a cantar, a bailar y a presentar sus mejores recuerdos. En un escenario de luces suaves, todos están con un vestuario colorido.

Las actuaciones no son parejas pero la emoción perdona todo. Tito Mendoza acierta de a ratos, pero en un punto muestra su lado más bizarro cuando en un monólogo cuenta un viejo chiste de mal gusto sobre un gay. Luisa Albinoni se luce cantando; su voz sigue siendo caudalosa y llega a alturas impensadas sin esfuerzo. Pero cuando llega su momento el recuerdo elegido parece pequeño. Que hable de su amor con Jorge Porcel y cuente que bajó 46 kilos a su lado, o que cuando iba a su casa con su hermano tenía que cocinar cuatro paquetes de fideos, es una anécdota pobre.

Max Berliner está más allá. Baila y canta una canción judía vestido con un saco brillante y pantalones de color rosa viejo. Lo aplauden. A sus 93 años, es la posibilidad de vivir a pleno hasta el último día. «Quiero amar aunque sea sin sexo», dice. No se olvida que está allí por los saltitos que daba en la publicidad de un antirreumático. Nelly Prince se luce con un tango a capela pero de entre sus recuerdos no extrajo lo mejor. Se esperaban más historias de esos primeros años de la televisión argentina; esa que le hacía leer hasta noventa y siete avisos en un día.

Hilda Bernard brilla a lo largo de toda la obra. Cada intervención suya destraba algún diálogo que viene extraviado. A los 92 años tiene una lucidez asombrosa. El oficio que consiguió en esa carrera tan extensa, lo aplica. Es natural y profunda. Pero también falla a la hora de recordar y lo sabe, porque en un momento le cuenta al público que le hubiera gustado hablar del Buenos Aires de los 40, pero relata una anécdota sobre su perro schnauser mini a la que su empleada le tiñe la cola de celeste. No se olvida de sus grandes amigas Lydia Lamaison y María Rosa Gallo. Confiesa que sueña con reencontrarse con los dos hombres que más amó.

Ricardo Bauleo, se ridiculiza a sí mismo, mostrándose como un galán en decadencia. Tiene menos participación que los demás pero deja la mejor anécdota cuando cuenta que, Armando Bo, caminando con él y con su hijo Víctor por la Avenida Corrientes, cuando vio la enorme marquesina que presentaba la película de los «Superagentes», le dijo: «tomale una foto porque todo es efímero en la vida de los actores». Bauleo confiesa que está arrepentido porque, dice «no tomé esa foto».

Gogó Rojo es la que más emociona. La obra está dedicada a su hermana y dice cuanto la extraña. Cuenta con detalles hasta las caricias de Ethel y algunos diálogos que transmiten los vacíos que deja la muerte. Erika Walner canta a su manera el «Ave María». Su relato es una historia de amor y de dolor; muestra su soledad después de la muerte de Carlos Estrada y el desamparo que la dejó indefensa en los primeros años de su viudez.

Edda Díaz sigue siendo la mujer del café concert. Está suelta, feliz en su monólogo que tiene frases inteligentes, irónicas y graciosas sobre la vida, la muerte y los actores. Por supuesto está presente la eternidad. Pablo Rinaldi es el presentador. Sobrio, camina con elegancia el escenario y no es poco. Es como el contrabajo de una banda, sin esos graves toda la banda sonaría distinta.

El vestuario de Renata Schussheim es el indicado. Colores brillantes para celebrar la muerte. La iluminación de Eli Sirlin da el clima para que la nostalgia no se convierta en tristeza.

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