Previsible dogma romántico de Nia Vardalos

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«Al diablo con el amor» (I hate Valentines day, EE.UU., 2009, habl. en inglés). Dir.: N. Vardalos. Int.: N. Vardalos, J. Corbett, S. Guarino, Z. Kazan, A. Arison.

Los films que sucedieron al sorpresivo éxito de taquilla que fue «Mi gran casamiento griego», con guión y actuación de Nia Vardalos, hacen pensar que su promisorio debut fue más bien producto de la casualidad o la buena suerte. Con ese film, Vardalos había obtenido hasta una nominación al Oscar por mejor guión original, y dos a los Globos de Oro (mejor película y mejor actriz). Pero la frescura de aquella comedia romántica nunca se repitió en sus siguientes películas, ni como guionista, ni como actriz («Connie y Carla», «Mi vida en ruinas»), y mucho menos en ésta, que marca su debut como directora.

Nia Vardalos encara aquí a Genevieve, un personaje opuesto al de la chica «fea» e introvertida de «Mi gran...». Es una florista llena de optimismo, enamorada de la adrenalina de los romances y de San Valentín, pero que no confía en las relaciones duraderas y evita enamorarse. Pero también es quien aporta los destellos de alegría a un grupo de amigos grises que, como tales, viven sus vidas inmersos en espacios también grises.

En este film, todo es previsible con una historia que ya es forzada desde las teorías rígidas y las conductas del personaje: Genevieve sale con diferentes hombres, un máximo de cinco citas con cada uno, porque según su dogma, luego de ese tiempo, la pasión y el encanto se marchitan. Así, en la lógica del guión, esta mujer cree que todo fluye sólo si aplica este esquema rígido con todos los hombres que conoce.

El asunto se vuelve más obvio todavía cuando aparece el galán que le importará más allá de esas cinco citas (su coprotagonista en «Mi gran casamiento griego», John Corbett) y que precipita el happy end que se adivina desde el principio.

Los personajes secundarios no ayudan, sino todo lo contrario. Sus amigos gays son el colmo del estereotipo y sus compinches, adictos a la comida chatarra parecen puestos para contrastar con la frescura primaveral de la protagonista. Todo luce tan artificial como el sistema de citas que ella impone y que a su debido tiempo no podrá controlar.

Por si hiciera falta, el libro todo lo explicita, hasta los miedos y fantasmas, que revelan el gran trauma infantil de la protagonista cerca del final, puesto como la gran frutilla del postre. Claro que hasta eso no es más que otra cuestión imaginada desde el comienzo.

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