Primera Bienal de Montevideo beneficia al arte uruguayo

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Montevideo - Las bienales del mundo suelen irradiar su energía positiva, generan un clima propicio para la producción y comprensión del arte contemporáneo, favorecen la labor de los museos y galerías, y alientan el coleccionismo. Desde la semana pasada Uruguay tiene la suya.

Con el título «El gran Sur», la Bienal de Montevideo inauguró su primera edición bajo la inmensa cúpula de la casa central del Banco República del Uruguay. La muestra madre ocupa la sólida arquitectura bancaria y se extiende hasta pocos pasos de allí, los videos e instalaciones llegan hasta el Anexo Zabala, el antiguo edificio Atarazana y la Iglesia San Francisco de Asís.

Con el alemán Alfons Hug como curador general, la chilena Paz Guevara y la uruguaya Patricia Betancurt en las co-curadurías, más de medio centenar de artistas desplegaron sus obras en un espacio representativo de la seguridad, la solvencia y el poder que otorga el dinero, cualidades que se convirtieron en tema de varias obras. La instalación del estadounidense Mark Dion, un imponente archivo que permite recorrer visualmente la historia del banco, se divisa en los nichos del enorme hall interior de doble altura, flanqueado por majestuosas columnas de mármol y granito. Allí, en medio de esa arquitectura que potencia una obra pregnante, están las balanzas y las máquinas de escribir, los libros gigantescos, los muebles, las vitrinas con medallas y hasta las bicicletas usadas por antiguos empleados.

El curador llama la atención sobre los fenómenos de escala: la gran obra de Dion contrasta con los árboles diminutos del chino Yang Xinguang, con la fragilidad de un bosque otoñal realizado con unas breves ramitas traídas desde Pekín.

Las diversas vertientes del arte contemporáneo marcan otras diferencias estilísticas. Para comenzar, está el humor y el glamour del video del uruguayo Martín Sastre, que evoca la estética de los films de James Bond, interpreta a un ejecutivo que se despoja de todo, y cuando ya no queda nada, recurre al perfume. Frente al abanico de recursos que utiliza Sastre, se contrapone la ascética y angustiosa imagen del británico Darren Almond, o el convincente video del chino Chen Chien Jen que muestra un grupo de hombres que simplemente empujan una puerta, o la decadente y triste performance de Dani Umpi.

Por su parte, con la estrategia del rigor conceptual Jorge Satorre realiza una serie de collages a partir de la galería de retratos de los presidentes del banco. Su obra es el resultado de sus investigaciones en el campo de la psicología, la semiología y los detalles visuales.

La apertura hacia las distintas producciones artísticas no resulta extraña si se toman en cuenta los antecedentes del curador. Alfons Hug nació en 1950 en una aldea del sur de Alemania, se formó en idiomas antiguos y modernos, lingüística y literatura comparativa y, estaba a cargo del Instituto Cultural Alemán en Nigeria, cuando en los años 80 comenzó a realizar exhibiciones de arte. Hoy es un modelo de curador internacional. Después de vivir en Colombia, Venezuela y Brasil, dirigió la Casa de las Culturas del Mundo en Berlín; desde allí saltó a Moscú y, luego, de vuelta a San Pablo y al Instituto Goethe de Rio de Janeiro. Con la experiencia curatorial de las ediciones 25 y 26 de la Bienal de San Pablo, y las bienales del Mercosur, Ushuaia y la de Latinoamérica en Venecia, Hug sabe sacar partido de su visión panorámica del arte del planeta y, además, de una agenda nutrida por artistas dispuestos a dar la vuelta al mundo para acompañarlo.

Al ingresar al hall del banco se divisan las obras en proceso de construcción, como el caricaturesco carnaval del chileno Bernardo Oyarzún con sus figuras en tamaño natural de papel maché que remontan la raíz africana de estos festejos. A su lado está el «Jardín de flores», un manto tejido por El Anatsui, artista de Ghana que trabaja con los metales de las botellas de licor que ingresaban a su país, primero desde Europa cuando se canjeaban por esclavos, luego, también utiliza las de fabricación local.

Por los barrotes de bronce de las cajas donde hasta hace unos meses se intercambiaba el dinero, crecen las hiedras plantadas por el italiano Luca Vitone, como símbolos de fuerza y la vez de libertad. Los billetes que circulan por esas cajas, reproducen imágenes que hablan de la evolución social de América y frases referidas a la libertad de pensamiento. Frente a estas cajas, el grupo de artistas uruguayos llamados Transpuesto de un Estudio para un Retrato Común, revive en clave contemporánea las expediciones de los pintores viajeros del siglo XIX. Cuentan ellos que llegaron a un pueblo cercano a Tacuarembó y allí retrataron a los pobladores y exhibieron los resultados.

La argentina Marina de Caro recurre a la alquimia para torcer la realidad que reproducen los medios de comunicación. Durante una performance donde se cruza el ruido de dos licuadoras con el de un violonchelo, prepara su mágica fórmula de colores. También argentino, Eduardo Basualdo trabaja sobre el límite de las cosas, en este caso, una bombita de luz encendida que por medio de un mecanismo oscila y golpea (suavemente) un cristal, sin llegar a estrellarse. El desastre, sin embargo, es la situación que enfrenta el espectador; la otra, es la inminencia de un desenlace que no se produce.

Acaso por las referencias reiteradas a los viajes o a algo tan inasible y poético como el perfume, en la Bienal se percibe el renacer de un romanticismo utópico. Este deseo primordial está expresado en el texto de presentación y en los perfumes de Reyner Leiva Novo, que llegaron de Cuba con nombres de poetas, como José Martí; habita también la ciudad imaginaria de Kitty Kraus, hecha con puros reflejos; las fotografías que tomó en Tahiti el sudafricano Guy Tillim, donde hay una casa como la de Paul Gauguin, y navega en la canoa de Yamandú Canosa por los mapas que, como aclaró Borges al hablar de las «Disciplinas Geográficas», nunca coincidirán con el territorio.

Durante la comida que siguió a la inauguración, para explicar el impulso que llevó adelante la creación de la Fundación Bienal de Montevideo y la propia Bienal, sus organizadores, Laetitia dArenberg, Graciela Rompari y Jorge Srur, se refirieron a los componentes utópicos que inspiran el proyecto. Desde luego, el mapa-manifiesto de Joaquín Torres García fue citado en su propia tierra. Su obra «Nuestro norte es el Sur», cuestiona el concepto Norte-Sur, arriba-abajo de la cartografía convencional. La tierra es redonda y el universo es infinito, entonces, nadie debería quedar abajo.

En el escenario atemporal de la ciudad vieja, en un edificio monumental que evoca el esplendor de principios de siglo, los artistas buscan con la ansiedad de los tiempos actuales algo que se asemeja al camino de vuelta al Paraíso.

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