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Producir más, pero con menor impacto
Los feedlots generan riesgo de contaminación de cuerpos y vías de agua superficial y subterránea a causa de la sobrecarga de nutrientes provocada por las deyecciones del ganado.
La lupa está puesta en la huella de carbono o la huella de agua, es decir saber, por ejemplo, cuál es el porcentaje de carbono que genera la producción de una tonelada de carne o cuántos litros de agua consumida representa la producción de una tonelada de soja.
Éstos son los nuevos parámetros que los países desarrollados comenzarán a considerar en el momento de decidir la importación de carnes, granos o sus derivados, una tendencia que si bien es incipiente, en el mediano plazo se convertirá en una verdaderas barrera, obligando a los países productores a optimizar los controles para evitar el pago de mayores aranceles.
Éste fue uno de los temas centrales analizado en el reciente Congreso Tecnológico de CREA que se realizó en la provincia de Córdoba y allí se puso el énfasis en que las empresas agropecuarias argentinas comiencen a efectuar mediciones de huella de carbono y huella de agua.
El ingeniero Ernesto Viglizzo, investigador del INTA Anguil (La Pampa) y el Conicet, demostró en su presentación que varios indicadores ambientales valorados a escala nacional durante los últimos 50 años se encuentran aún a una distancia considerable de sus umbrales críticos en relación con otros países de referencia.
«Aunque existe una notoria incertidumbre sobre el impacto que ha tenido nuestra producción agropecuaria sobre el hábitat y la biodiversidad, otros indicadores, tales como los stocks de carbono, nitrógeno y fósforo en biomasa y suelo, están todavía lejos de la frontera de insustentabilidad», indicó Viglizzo.
Emisión de gases
Existen dos enfoques complementarios para medir la «huella del carbono». El primero de ellos es el organizacional, por medio del cual se pretende medir la cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a una determinada actividad desarrollada por una empresa, sector económico o ente gubernamental.
El Greenhouse Gas Protocol (GHG Protocol) es la metodología más empleada a nivel internacional para realizar inventarios organizacionales de GEI. Vale recordar que los seis GEI previstos en el Protocolo de Kioto son dióxido de carbono (CO2), metano (CH4), óxido nitroso (N2O), hidrofluorocarbonos (HFC), perfluorocarbonos (PFC) y hexafluoruro de azufre (SF6). La unidad de cuenta establecida para calcular las emisiones es la tonelada de dióxido de carbono equivalente (teq CO2). Por ejemplo: el metano (CH4) se contabiliza con una equivalencia 21 a 1. Es decir: una tonelada de metano se contabiliza como 21 toneladas de CO2 equivalente.
El otro enfoque es el que trabaja sobre el ciclo de vida de un producto: abarca la originación de la materia prima, procesamiento, distribución, uso y disposición final. Es un cálculo bastante complejo, porque debe considerar, además del producto en sí mismo, el envase y la disposición final de ese material.
El cálculo de la huella de carbono de un producto puede ser útil para analizar el consumo energético presente en el ciclo de vida del mismo y evaluar si eventualmente es posible aplicar medidas de reducción o eficientización energética. También podría representar una herramienta comercial para posicionar un determinado producto entre consumidores de altos ingresos de algunas naciones europeas. «Nosotros quizás no somos tan eficientes en producción medida por unidad de tierra, pero sí lo somos en producción por unidad de energía empleada», comentó Viglizzo.
¿Cuánto cuesta en términos de huella de carbono hacer cruzar un producto por el océano para que llegue a Europa? Ésta es una cuestión emergente que puede llegar a representar una barrera paraarancelaria para los productos agropecuarios. Otro de los indicadores clave es la eficiencia en el uso de agua para producir una tonelada de un producto. «Existen países que son deficitarios en agua y otros son superavitarios; es decir, algunos países pueden emplear sus excedentes de agua para producir alimentos y exportarlos, con lo cual están exportando agua», señaló Viglizzo.
«De esta manera, si se estima que para producir una tonelada de soja se requieren alrededor de 900 litros de agua y eso puede ser certificado, entonces eso podría ser una ventaja para nuestros productos en aquellos mercados que deban emplear sus recursos de agua para uso humano al no disponer de ese elemento en abundancia», añadió.
Los indicadores que describen el riesgo de erosión del suelo y de contaminación de plaguicidas parecen haberse distanciado de sus umbrales críticos en el último medio siglo. Sin embargo, la situación de esos indicadores cambia cuando son evaluados a escalas menores, asegura el trabajo de Viglizzo.

