¿Qué esperar ahora de Europa?

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Habrá novedades de Europa. Este jueves España mostrará sus cartas. La oferta de «buzones» informativos, en rigor, ya comenzó con la noticia de que el MEDE -el flamante fondo regional de rescate que entrará en vigor el próximo 8 de octubre- estudia apalancar su capital original por cuatro y aumentar su poder de fuego hasta los 2 billones de euros. Der Spiegel, cuándo no, vertió la primicia (el mejor indicio de que Berlín aprueba la moción). La Comunidad Europea la confirmó ayer al asegurar que se busca equiparar al MEDE con su antecesor, el FEEF, dotándolo de los mismos instrumentos financieros: la coinversión y la cobertura parcial de riesgos. Se dice que con esta nueva plataforma de apalancamiento el MEDE podrá abocarse al salvataje de las economías grandes de Europa, como España e Italia, pero no se dice que el FEEF, que ya contaba con esa facilidad, jamás pudo estrenarla. El capital privado -o el público internacional- prefirió mirar los acontecimientos a distancia. No faltaron promesas de aportes -según Klaus Regling, quien maneja el FEEF y tomará a su cargo el MEDE, hay compromisos por 60 mil millones de euros-, pero no se registra a la fecha ni una sola operación. ¿Es la noticia de los 2 billones de euros una señal de que se alista el rescate de España? ¿Definirá Mariano Rajoy, este jueves, su pedido formal? ¿Se pondrá así en marcha la estrategia que pergeñó Mario Draghi al frente del BCE? ¿Quedará abonado el terreno para que comiencen las «transacciones monetarias directas»; o sea, las compras de deuda soberana? ¿Arribarán antes que los inversores pierdan la paciencia y decidan, de manera unilateral, romper la tregua de los mercados? Nada que ver. La idea es la de levantar más bien una oportuna cortina de humo para ocultar las evasivas de los Gobiernos. No es sólo España la que pretende congelar la situación actual. Alemania, lejos de presionar por el rescate, no manifiesta ninguna prisa. ¿Durará un equilibrio así basado en la promesa condicional de intervención del BCE cuando, precisamente, no se desea cumplir la condición básica de solicitar el rescate? Para apuntalar esta flaqueza, ¿por qué otra razón si no?, es que se da a la luz pública la iniciativa de apalancamiento del MEDE cuando se sabe que está verde de toda posibilidad de ejecución. Se profundiza así la utilización del recurso disuasivo de la palabra.

¿Cuál es el mandato de la hora? No hacer olas. Y no se limita a Europa, es una prioridad transatlántica. No es por pensar mal, pero la mano invisible de Barack Obama, por cierto, no debe resultar ajena al giro balsámico. Es la única que no ha dejado sus huellas dactilares y, sin embargo, el presidente demócrata es el gran beneficiario inmediato de la audaz cruzada de política económica del G-7 (las movidas de Draghi y Bernanke en la Fed, así como el rol pacificador que asumió Frau Merkel en todo el Mediterráneo). Lo más cercano a una evidencia que lo corrobore, de momento, son declaraciones «off the record» atribuidas a funcionarios de Washington y Berlín. EE.UU., según estas versiones, movió sus influencias para desterrar cualquier sorpresa que arruine los comicios del 6 de noviembre. Y, cooperación internacional mediante, tendría asegurada una conveniente «pax electoral».

España prometió dar un paso adelante este jueves. El ministro de Economía, Luis de Guindos, atará las reformas a plazos precisos y muy estrictos. El de Hacienda, Cristóbal Montoro, anunciaría nuevas medidas para garantizar que el ajuste que demanda Bruselas se cumplirá sin desvíos. ¿Y el rescate? ¿Qué rescate? Wolfgang SchTMuble, el ministro alemán de Hacienda, y el perro de presa del ajuste europeo, contestó el viernes: no es necesario. «España no necesita ningún programa, porque está haciendo lo correcto y tendrá éxito», afirmó. «Lo que España necesita es la confianza de los mercados financieros y ahí es donde España tiene verdaderos problemas». Berlín no presiona y Rajoy, por supuesto, no se atará a un rescate convencional si no es bajo presión extrema. Amén de que lo que SchTMuble sugiere remediar -el déficit de confianza- es el sayo que le cabe a la intervención del BCE.

Si no lo hace Alemania, deberán apretar los mercados. Pero no embestirán a fondo tampoco si piensan que el banco central saldrá al ruedo con las compras de deuda. Después de la maniobra de Draghi, lo que se advierte es que a los Gobiernos de Europa ya no los corre la urgencia. Es patente que no quieren involucrar más recursos públicos (no sólo porque es impopular, hay que tener presente el límite de exposición crediticia de 190 mil millones de euros que el Bundestag le autorizó al Gobierno de Merkel). De ahí, el aire de bluff de los dos billones de euros del MEDE. Pero sería una desprolijidad imperdonable no terminar de atar los cabos sueltos de la estrategia. Es difícil pensar que el BCE no exigirá su cumplimiento. ¿Qué cabe esperar a la postre? Que España se acoja a un programa preventivo de crédito. O sea, que adhiera a una línea precautoria de asistencia (del FEEF/MEDE), pero sin activación de los desembolsos y con escasa condicionalidad adicional. La formalidad del rescate quedará así satisfecha. Y, de ahí en más, habrá vía libre para las compras de deuda del BCE. Sería una solución poco cruenta, pero, aun así, Rajoy no querrá pagar el costo político del estigma. Deberá ser Berlín el que lo convenza. Quizás se ocupe cuando concluya la feria electoral.

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