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¿Qué hay detrás de la resurrección del oro?
José Siaba Serrate
Conviene ensayar, primero, una adecuada perspectiva. Si el oro es un crucifijo para empuñar contra los males diversos, nada provoca más perplejidad que su mutis por el foro cuando la crisis internacional recrudeció a sus anchas. En esencia, el metal se reveló indiferente. Escaló en la gestación de la crisis pero ya lo venía haciendo a pie firme desde que se abandonó la recesión de 2001 (mientras duró, se montó a caballo del crecimiento de la economía global). Sus cotizaciones máximas absolutas son contemporáneas del rescate a Bear Stearns (marzo 2008). Lo que aconteció después, no lo afectó. Bajó y subió. Sin penetrar la franja de los mil dólares ni desmoronarse en demasía. Como si el mundo en llamas no fuera suceso relevante. Los registros de inflación y deflación tampoco importaron. No hay crítica aquí ni, mucho menos, lamento. Como territorio neutral en la debacle, proveyó buen refugio.
Dados los antecedentes, intriga que el oro pugne por quebrar, otra vez, la zona de mil dólares. La inflación, como siempre, es el sospechoso natural número uno aunque no hay rastros de su presencia. Ni signos de pronta aparición. De hecho, el avance se produjo a contramano del dócil comportamiento de otras alertas de riesgo. Las materias primas no acompañaron. Un mejor marcador temprano de la actividad económica y de las presiones sobre los costos de producción -el petróleo crudo- se desplomó un 5,5% la semana que pasó. Más aún, las tasas de interés de largo plazo -medidas a través de activos, como los bonos del Tesoro, que carecen de toda protección ante la erosión inflacionaria- navegan en persistente retroceso desde agosto. Días atrás, cuando la Bolsa amagaba despeñarse, la tasa de diez años se hundió tan bajo como el 3,30%. Una actitud propia del vuelo a la calidad y no del más mínimo resquemor a la inflación. Aquí yace una pista firme. Así, el alivio del viernes, el fuerte repunte de Wall Street, amainó la marcha tanto de las tasas largas como del oro.
Fantasmas
La sensibilidad ante un posible tropiezo es una lucha contra los fantasmas que el viento agita. No reconoce certezas: pudieran ser las Bolsas, los contratos de materias primas, los bancos (el martes último, el murmullo hizo blanco en Wells Fargo). Las Bolsas amenazan corregir el ascenso que, casi sin interrupción, protagonizan desde marzo. Y nunca se sabe si lo que comienza como una fisura no termina en grieta importante. Que todas las semanas, sin excepción, caiga un puñado de bancos regionales en los EE.UU. no pasa inadvertido para nadie. La saga hipotecaria continúa aunque ahora las pérdidas están mejor guardadas en los balances y ya no fluyan a cielo abierto. En ese sentido, China no sólo zamarrea sus mercados accionarios. Los rumores desde Pekín, que tampoco terminan de concretarse, hablan de incumplimientos en contratos de provisión de materias primas (otra tradicional especialidad de la casa) y de su impacto en «hedge funds». No es, por cierto, el único dolor de cabeza que roza a los commodities. También se recela de la injerencia de la CFTC de los EE.UU., la comisión que gobierna la negociación de derivados sobre materias primas. La aplicación de límites en las posiciones de los contratos de energía para los jugadores «no comerciales» es asunto en plena discusión. La sombra de un cambio de regulaciones flamea ominosa (en especial, sobre los fondos ETF de commodities). Si el nuevo mantra es el control preventivo de burbujas, la energía es el gran candidato al bautismo de fuego. Y si se restringe el tamaño de las posiciones especulativas, el precio del crudo debería sufrir un brusco sacudón. Los analistas de Dresdner/Commerzbank, por ejemplo, creen que así sucederá. Por eso, un par de semanas atrás, rebajaron su objetivo de cotización (para fin de año) de un rango de 70/75 dólares a 50 por barril. La ventaja del oro, y un argumento para quebrar lanzas con la suerte de otras materias primas, es la posibilidad, si lo afectase la regulación, de levantar rápido sus petates y montar los negocios en otra parte. Casualidad o no, la ultraliberal Hong Kong se ofrece ya como un centro internacional alternativo para la transacción y el atesoramiento del metal precioso. Y comunicó esta semana que su autoridad monetaria repatriará, antes de fin de año, todas sus tenencias de oro físico desde Londres a un depósito de alta seguridad, a estrenar, construido cerca del aeropuerto de Chep Lap Kok. El desarrollo de productos derivados será el paso próximo. De hecho, Value Partners ya anunció un ETF que usará a Hong Kong como depositario del metal que lo respalde. La relocalización de las tenencias físicas, oficiales y privadas, en desmedro de Londres y Suiza, es, pues, otro fantasma que merodea.
Son amenazas, como se ve, que lindan más con el riesgo de un accidente financiero que con que se desate la inflación. De ahí que, en esta singular coyuntura, el oro y los bonos circulen por la misma mano.


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