Quien mucho abarca deja de interesar

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David Leavitt «El contable hindú» (Barcelona, Anagrama, 2010, 621 págs.)

En 1936, en la Sala de Conferencias de Harvard, Godfrey Harold Hardy, destacado matemático y carismático profesor de Cambridge cuenta cómo descubrió «una de las figuras más románticas de las matemáticas», el indio Srinivasa Aiyangar Ramanujan. De pronto comienza a recordar, en paralelo, cómo 23 años antes, en 1913 le llegó de Madrás una carta de un empleado contable que era «aficionado a las matemáticas, en gran medida autodidacta». Ramanujan había enviado la misma carta con 120 fórmulas y teoremas, a tres matemáticos, pero sólo Hardy se puso a descifrar la carta con un colega, y a poco andar se dieron cuenta de que estaban ante la obra de un genio.

Ese hecho real, que estuvo rodeado de ilustres personalidades de las ciencias, las artes y la filosofía, es el punto de partida que utiliza el novelista norteamericano David Leavitt, que ha decidido pasarse parte de su años en el departamento que se compró en Recoleta, enamorado de Buenos Aires.

A Leavitt no le interesa tanto la sorprendente historia de ese genio que con muy poca educación formal supo descifrar enigmas mátemáticos que desvelaban a científicos desde hacia siglos, y que supo sostener que muchos de esas ideas matemáticas se las dictó la diosa Namagiri en sueños, gracias a ser profesante Brahmin. Tampoco le importa demasiado que un humilde empleado que reside en la periferia, en la India, en una de las muchas colonias británicas, luego de ser invitado a acercarse a la elitista Universidad de Cambridge, se convierta en una de las más notables y misteriosas figuras de la ciencia del siglo XX. Y a los 32 años, afectado de tuberculosis, regresa a su pueblo para morir, cumpliendo con aquella tradición alegórica que insiste en que los genios mueren jóvenes. Leavitt deja esa extraordinaria aventura personal de Ramanujan, donde no falta la mujer de un matemático inglés que trata de seducirlo al muchacho indio tan inteligente, a alguna futura película de Bollywood o de Hollywood.

Si bien hay inevitables fórmulas matemáticas que un lector, no experimentado en los entretenimientos que apasionaban al griego Euclides, puede saltearse olímpicamente y seguir por la novela histórica que con prolijidad narrativa busca contar David Leavitt, y que tiene que ver con el mundo intelectual del profesor G.H. Hardy, sus colegas y amigos, que corresponden a algo que dio fama al autor de «Baile de familia», su modo franco y natural de contar el amor homosexual. Y quienes suelen destacarlo en ese género literario, parecieran olvidar los memorables aportes realizados por E.M.Forester (esta novela es deudora de su «Maurice» tanto como de «Pasaje a la India»), André Gide, Christopher Isherwood, James Baldwin, Gore Vidal, William Burroughs, entre muchos otros.

Si existe un libro que signó en la novela histórica una nueva etapa es «El nombre de la rosa» de Umberto Eco, que se convirtió en modelo de referencia. Muchos de sus elementos aparecen en «El contable hindú»: las claves de un personaje enigmático y su misteriosos saber, un conjunto de genios recluidos en una universidad o un college que tiene mucho de monasterio, una secta: la de los Apóstoles de Cambridge, élite intelectual británica, heredera del Círculo de Bloomsbury, varios de sus componentes -E.M.Forster, Lytton Strachey, J.M.Keynes, L.Wittgenstein, entre otros- eran homosexuales. Y otros de fama bisexual, como D.H. Lawrence, o de desesperados mujeriegos, como Bertrand Russell. Acaso le quepa a Levitt la vieja sentencia de quien mucho abarca puede dejar de interesar, porque si bien cuenta atractivamente sobre la ciencia a comienzos del siglo XX, sobre el colonialismo y la decadencia de su imperio, sobre la diversidad sexual como tradición intelectual británica, sobre el lugar creciente de la mujer, deja perdido al extraordinario persoque era punto de partida de su novela.

M.S.

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