21 de junio 2010 - 00:00

Quijote popular del Ballet Imperial

María Sokolnikova y Nariman Bekzhanov realizaron una buena labor en los difíciles roles protagónicos de la entretenida y variada versión de «Don Quijote» del Ballet Imperial de Rusia.
María Sokolnikova y Nariman Bekzhanov realizaron una buena labor en los difíciles roles protagónicos de la entretenida y variada versión de «Don Quijote» del Ballet Imperial de Rusia.
«Don Quijote», ballet en un prólogo y tres actos. Mús.: L. Minkus. Coreog: M. Petipa, A. Gorsky y G. Taranda. Ballet Imperial de Rusia (Teatro Coliseo, 18 de junio).

Desde poco tiempo después de la aparición de su primera parte, en 1605, la novela «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha» de Miguel de Cervantes Saavedra había comenzado a ser objeto de reelaboraciones de todo tipo. El primer Quijote bailado fue estrenado en 1614 en Francia, y su título («Ballet de Don Quijote, los gatos y los ratones») da una idea de lo alejado que podía estar del espíritu trágico que sobrevuela todo el libro, y lo mismo cabe para la mayoría de las adaptaciones posteriores. Además, una obra cuya protagonista es la literatura misma y cuyo encanto reside más en la forma en que Cervantes relata los episodios que en los episodios en sí, resulta muy difícil de sostener sin ese discurso escrito magistralmente elaborado.

El Ballet Imperial de Rusia, compañía independiente fundada en 1994 por Gediminas Taranda, eligió para su primera visita a la Argentina una de las adaptaciones más conocidas de esta novela y uno de los ballets más célebres: el creado por Marius Petipa en 1869 (revisado por Gorsky en 1902) sobre música de Ludwig Minkus. «Don Quijote» toma los capítulos dedicados a las bodas de Camacho, hombre rico que falla en su intento de casarse con la hermosa Kitri (Quiteria), burlado por ella y por Basilio, su joven enamorado. Petipa agregó ingredientes típicos del ballet del siglo XIX, logrando una obra variada y entretenida y al mismo tiempo muy compleja.

La versión de Taranda presentó algunas innovaciones (entre otras la inclusión de dos nuevas danzas y la alteración del orden y cambio de locación de ciertas escenas), que sin llegar a desvirtuar la obra generaron desconcierto en los que conocían versiones anteriores. Sin embargo lo que jugó en contra de esta producción anunciada por todo lo alto, para usar una expresión típicamente española, fueron sobre todo una infraestructura y una estética visual que contradijeron el nombre aristocrático de la compañía y que no alcanzaron a dar un marco digno del buen nivel de baile que hubo en el escenario del Coliseo, en especial los telones pintados que hacían las veces de escenografía, sobrecargados en su decoración y endebles en su constitución.

La pareja protagónica (María Sokolnikova y Nariman Bekzhanov) realizó una muy buena labor en dos roles difíciles, si bien una mayor picardía en sus actuaciones no se hubiera lamentado. Sorprendió la Bailarina de la Calle de Elena Kolesnichenko por su fuerza y su sensualidad, y como Sancho Panza (personaje asignado por Taranda a una mujer) se destacó Ekaterina Tikanova. Mención aparte merece el Don Quijote de Alexander Lodochin, no tanto por una actuación convincente sino por una expresión de constante perplejidad que inspiraba ternura.

El público, numeroso, aplaudió de pie una versión esforzada de esta obra maestra. Pese a todas las dificultades el Ballet Imperial de Rusia llevó a cabo el enorme desafío de un Quijote independiente, y transmitió aquello que es el motor principal de la compañía: el amor por la danza y la alegría de bailar.

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