6 de enero 2010 - 00:00

“Quitar solemnidad a la literatura no implica caer en lo mediático”

Oliverio Coelho explica que, aunque traten de hombres maltratados por mujeres, los cuentos de «Parte doméstico» expresan «una misoginia invertida, dirigida a los vicios masculinos, postulados por el tango».
Oliverio Coelho explica que, aunque traten de hombres maltratados por mujeres, los cuentos de «Parte doméstico» expresan «una misoginia invertida, dirigida a los vicios masculinos, postulados por el tango».
«En la cruzada por quitarle solemnidad a la literatura muchos jóvenes escritores caen en la banalidad», señala Oliverio Coelho, una de las voces más destacadas de los nuevos narradores de la Argentina. Dialogamos con él sobre su más reciente libro, «Parte doméstico», el conjunto de su obra y la situación de la joven literatura argentina.

Periodista: Su libro de cuentos «Parte doméstico», donde cuenta de hombres abandonados, maltratados, olvidados, lastimados por mujeres, ¿se puede calificar de misógino?

Oliverio Coelho: Quizás todo lo contrario. Es una misoginia invertida, dirigida hacia los vicios masculinos, cultivados en la soledad, postulados por el tango. El destino de los personajes de «Parte doméstico» es un destino urbano que ya está insinuado en muchísimos tangos de la década del treinta. Por caso, aquellos donde el hombre abandonado acumula rencor e intenta redimirse. El asunto de los cuentos de ese libro es justamente la redención frente a lo femenino.

P.: ¿Por qué eligió dividir los nueve cuentos de su libro en tres secciones: «Servidumbre», «Mujeres indelebles» y «Las fechas del don»?

O.C.: Los separé así porque creo que entre cada conjunto de cuentos hay diferencias en el tratamiento y en épocas de escritura. Este libro surgió casualmente cuando en 2008 me propusieron editar un libro de cuentos y empecé a revisar manuscritos, y me di cuenta que podía encontrar una cronología y una biografía de intereses literarios en ciertos cuentos, y elegí esos que me permitían intentar una unidad.

P.: Que fue la del padecimiento masculino ante sus problemas con las mujeres...

O.C.: La unidad está en los padecimientos de los hombres ante el dolor sentimental. Esa unidad a la vez no era total, por eso decidí dividir el libro en secciones. En la primera, «Servidumbre», los tres cuentos tienden hacia lo fantástico, algo que en la segunda sección, «Mujeres indelebles», no está, por eso tenía que haber un corte entre ellos. En «Mujeres indelebles» se trata de la imposibilidad de retener a la mujer, para el hombre que se eterniza a través de una mujer. Paradójicamente, lo que se eterniza de la mujer es el recuerdo. Los tres cuentos de «La fechas del don» si bien están ambientados en lugares exóticos, mantienen un vínculo con los de la sección anterior. No es ya el acecho de la mujer sino el recuerdo de la mujer lo que paraliza a los personajes.

P.: ¿El hacer que algunos de sus cuentos ocurran en lugares exóticos, tiene que ver con haber hecho residencias de escritor en Centroamérica y en Corea?

O.C.: Hay cuentos anteriores a mis residencias en México y en Corea del Sur, pero los últimos tres de «Parte doméstico» son productos de esas residencias, del estado de extranjeridad. Era una época en que había terminado la novela «Ida» y me costaba mucho volver a escribir. Esa imposibilidad en el extranjero me pareció una forma de enfermedad. Entonces tomé eso como desafío, metaforicé esa posible enfermedad, usé todas mis tribulaciones de extranjero, en el cuento «El don», donde hay un artista exiliado que busca curarse o redimirse. Redimirse sería renunciar y curarse sería reconquistar su potencia. Lo que hice en esa residencia fue tomar borradores de esos relatos. Cuando volví me di cuenta que estaba curado, y pude escribir esos tres cuentos, que sumé al libro porque me parecían importantes en relación al reencuentro con la escritura, a la vez, sin darme cuenta, había cerrado el libro de cuentos «Parte doméstico».

P.: ¿Cómo surgió ese título?

O.C.: Era al principio el nombre de la primera sección, porque está más relacionado con cuentos claustrofóbicos como «El umbral», «Vigilia» y «Los demonios», donde el ámbito doméstico es el escenario privilegiado del narrador. En «Los demonios» está también el tema del dominio o de las relaciones de poder en ámbitos cerrados, en hogares, en matrimonios clausurados, en mujeres aisladas o en un exiliado que busca encontrar en el presente la mirada que era, en el pasado, la de su madre. La palabra «Parte» tiene algo de informe, así el «Parte doméstico», que habla de algo partido, tiene el sello de lo fantástico. Cuando nos decidimos con el editor por este título, tuve que cambiar el de la primera sección del libro, que fue algo más sencillo.

P.: ¿Cuántos libros lleva escritos?

O.C.: Más de los que publiqué, por suerte. Hasta ahora han salido cinco novelas y este libro de cuentos. Creo que en las novelas y en los cuentos hay preocupaciones que tienen el mismo origen y que fueron mutando, y que giran de algún modo alrededor de la imposibilidad de comunicación, de relación, de vínculo entre miembros de la especie. Esa imposibilidad no es sólo genérica, de hombre a mujer, o de mujer a hombre, como en mi novela «Promesas naturales», sino entre las personas en general. En algunas novelas, como «Los invertebrables», la comunicación entre humanos es posible en tanto el lenguaje deshumanice a los personajes, y de hecho se comportan como animales. Esa animalización está presente también en «Promesas naturales» y en «Ida», donde tiene que ver con un ensimismamiento frente a la ciudad.

P.: Usted, a los 32 años, ha logrado conquistar un lugar destacado dentro de la literatura joven argentina.

O.C.: Bueno, también lo lugares conquistados se pueden perder [Se ríe]. Cuantos casos de destacados en su momento, hoy ocupan la tierra del olvido. Es muy relativa la importancia que puede tener un escritor en el contexto de su época, y en general son casualidades. También está que mi generación no se caracteriza por la apuesta literaria. Un escritor joven con una apuesta literaria, no necesariamente exitosa, porque aún una frustrada, es diferente en esta época. La mayoría de los escritores jóvenes tienen una escritura vinculada con los lenguajes mediáticos. Hay una desliteraturación. En la cruzada por quitarle solemnidad a la literatura, descontracturar la escritura, se caen en la banalidad. Sin dudas hay que quitarle solemnidad a la literatura, al peso de Borges, al lenguaje literario en sí, pero eso no implica que el escritor deba renunciar a un lenguaje y a un universo personal, y se tenga que reducir a una mimesis de la realidad, y adecuarse al lenguaje mediático. Una cosa es el lenguaje de los blogs y del periodismo diario, y otra la implementación de un lenguaje privado y de un universo personal, que está destinado a un grupo de lectores que es mínimo. Creo que la literatura no es masiva. En el mejor de los casos puede ocurrir de libros que a nadie interesa durante años, que rebotan de editorial en editorial, y un día se vuelven best sellers, y empezaron como literatura de culto, como es el caso, para dar un ejemplo reciente, de Stieg Larsson y su trilogía «Millennium». A veces la necesidad de anticiparse obtura el futuro del narrador. Hay escritores jóvenes que sin pensar en ocupar un lugar masivo, sin tener interés en lo inmediato y en el cálculo de marketing sobre las posibilidades de una obra, consigue cosas que con el tiempo se imponen, como es el caso de Juan Becerra, Martín Kohan, Gustavo Ferreira, y hay muchos otros. Hay escritores de mi generación que están produciendo cosas interesantes, pero no tienen ninguna visibilidad, o muy poca como Federico Levin o Ricardo Romero, que de algún modo fueron tapados por etiquetas que colocan en un escenario a un pequeño grupo. Hay muchos escritores jóvenes de calidad que no participaron en la antología «La joven guardia» de la literatura argentina, que es como si no existieran y tienen proyectos interesantes. Hay otros que no estuvieron en esa selección y, sin embargo, se están haciendo un merecido lugar.

P.: ¿Surgió algo de su viaje a Corea del Sur?

O.C.: Estoy trabajando con un Instituto Coreano de Literatura, ellos me invitaron a Corea, y ahora estoy estudiando el idioma para perfeccionar las traducciones que hacen al castellanos. Ese viaje tuvo mucho de casual. Ellos buscan escritores jóvenes para que hagan residencias, y justo le tocaba a uno de la Argentina, y me eligieron. Ese tiempo allá me hizo pensar en estudiar el idioma, la literatura oriental y una literatura como la coreana que se ha desarrollado en una realidad totalmente distinta a la nuestra, y a la del resto del mundo, porque es un país que nunca estuvo en paz, hasta hace poco, cuando empezó a desarrollarse exponencialmente. Antes pasó por todos los dramas imaginables: colonización, guerras, dictaduras.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

O.C.: Estoy corrigiendo una novela que excava en mis temas de siempre. Trata de un hombre que en abandonado por una mujer que se lleva a su hijo, que es muy chico, y mi personaje emprende, junto a un investigador, una búsqueda de su mujer por la Argentina. Esto me permite desplegar el paisaje de las provincias, y hacer crecer la trama. Por lo general, mis novelas son más lineales, con una mayor participación del lenguaje que de la aventura. Trabajar con el lenguaje fatiga mucho, hay que tener mucho aire, y ahora prefiero entregar más tiempo a la trama. Acaso cambiaron mis intereses, y mi forma de entender la literatura, la obra lo dirá. Creo que no debo renunciar a ninguna perspectiva.

Entrevista de Máximo Soto

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