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Radicales debaten cómo resistir la seducción oficial
Las evidencias de esa situación no aparecen ya en análisis políticos sino en la propia boca de la conducción. Ayer, el propio Angel Rozas, presidente interino del partido por la licencia de Sanz, tuvo que salir a aclarar lo que nunca debería haber explicado si el partido no estuviera sumido en una crisis.
«A nivel nacional el radicalismo no hará alianzas con el kirchnerismo», explicó Rozas, «el Comité Nacional será el encargado de hacer cumplir en todas las jurisdicciones del país la política de alianzas que fija la honorable convención partidaria, sin excepciones».
Insistió: «Bajo ninguna circunstancia tolerará acuerdos o alineamientos con el Gobierno nacional y su representación política, que tiene como marco el Frente para la Victoria en el plano nacional».
El mensaje, en forma de comunicado oficial del Comité Nacional, estaba dirigido al caso Río Negro, donde el radicalismo kirchnerista se impuso en la interna partidaria. Esa afrenta a la UCR llegó al límite que muchos radicales piensan que en esa provincia la interna fue directamente digitada por Cristina de Kirchner, de la que el Gobierno de Miguel Saiz no se divorciará, a pesar de que el vice rionegrino Bautista Mendioroz, perdidoso en la pasada interna, intentara convencer al Comité Nacional de que la provincia jugaría con la candidatura presidencial de la UCR.
Pero no es el único caso que está destruyendo la moral interna del partido. ¿Cómo explicarle al electorado radical medio de la provincia de Buenos Aires o la Capital el acuerdo de Neuquén? Allí Martín Farizano, radical intendente de la ciudad de Neuquén, cerró un acuerdo para ir por la gobernación acompañado por la hiperkirchnerista Nancy Parrilli como vice. No parece un ejemplo para reforzar la resistencia al Gobierno que Sanz y Alfonsín proponen desde la campaña nacional.
Se entiende, también, que en Chubut al radicalismo local no le debe haber sido fácil sobrevivir durante el Gobierno de Mario Das Neves, hegemónico como cualquier otro caudillo provincial. Pero otra muestra de la crisis en la UCR fue que ayer Mario Cimadevilla, senador chubutense, denunciara en línea con el Gobierno un «fraude electoral para violentar la decisión provincial». «Yo honestamente no sé quién ganó, y no tenemos la certeza de que Buzzi haya ganado», dijo.
En ese tren la presión arterial de la mesa de conducción del Comité Nacional se volvió impredecible. Alfonsín parece haber comenzado a notar que las realidades provinciales están fuera de control y en muchos casos en peligro de quedar como trofeo del kirchnerismo.
Desmentida
Quizá por eso dio la primera señal de aflojar la presión de esa interna previa que Julio Cobos sigue mirando desde afuera: «Por elecciones o por consenso, el candidato a presidente de la UCR deberá definirse el 30 de abril», dijo. Fue la primera vez que alguien de su sector habló de la posibilidad de frenar las urnas de abril. Rozas lo desmintió enseguida alegando que esa elección no se frenaría.
No se entiende, en ese tren, la violencia de algunas definiciones de esa interna, lejanas al gusto medio de los radicales. Ya son un clásico las descalificaciones de Sanz que hace casi diariamente Juan Pedro Tunessi, diputado por Buenos Aires. «La irresponsabilidad de Sanz es proporcional a su falta de chances. Todos saben que no tiene ninguna posibilidad en esta interna, lo que lo lleva a utilizar argumentos descalificadores para intentar mejorar en sus chances», dijo. Alguien debería decirle que por esa vía no le está haciendo ningún favor a Alfonsín.
Hay otro peligro que reside en las segundas líneas; esa lista de dirigentes que conforman el sistema permanente que negocia, provee candidaturas y ocupa los cargos en listas y que arrancó poco después del 83. Ese armado tiene el mismo directorio a cargo y parece hoy más empeñado en garantizar su subsistencia más allá de octubre ante un eventual triunfo del kirchnerismo que en pelear por la campaña de alguno de los candidatos radicales.
Esa estrategia, que se confirma también en algunos discursos de candidatos, tiene además un condimento casi reidero: cada uno de los tres candidatos presidenciales de la UCR tiene trabajando en su comité de campaña a uno de estos históricos del radicalismo, algo que obviamente no es casual.
Ese ejercicio, además, siempre encuentra algún justificativo. No son pocos los dirigentes radicales que están de acuerdo con muchas medidas que tomó el Gobierno de Kirchner. Lo sabe el jujeño Gerardo Morales, que debió enfrentar en el Senado la seducción que ejercieron en muchos radicales la estatización de las AFJP o la de Aerolíneas Argentinas. Esos razonamientos, que no reparan en las formas, volvieron a ser comidilla entre quienes buscan convencerse, en un ejercicio de autojustificación, de que no son tantas las diferencias que los separan del Gobierno.


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