15 de agosto 2016 - 00:00

Radiografía de Wall St.: dinero vuelve a los activos riesgosos

La campaña política no se cuela en la Bolsa de NY. Balances de las empresas, con mejores resultados. Bonos basura y mercados emergentes, beneficiados.

la fiesta inolvidable. Operadores del NYSE no se cansan de festejar este año. La política y la economía no generan temor alguno en inversores.
la fiesta inolvidable. Operadores del NYSE no se cansan de festejar este año. La política y la economía no generan temor alguno en inversores.
No ocurría desde el 31 de diciembre de 1999. El Dow Jones Industrial, el S&P500 y el Nasdaq, los tres en simultáneo, clavaron el jueves cierres récord. La gran trifecta demuestra que la saga continúa. Paso a paso. La Bolsa cobra altura como quien no quiere la cosa. De las últimas 21 ruedas, 19 anotaron variaciones que no llegaron al 0,5% (para arriba o para abajo). Van 25 jornadas sin una suba o baja que supere el 1%. Y 41 sin una sucesión de tres ruedas en retroceso. No se detecta volatilidad. Reina la calma. No hay euforia ni urgencias. Y, vale anotar, tampoco volumen significativo. Se diría que la Bolsa se eleva por la mera ausencia de oposición. A falta de algo mejor que hacer. Pero sería injusto olvidarse que llevó más de un año largo (y la penuria de dos filosas correcciones) volver a hacer cumbre en alturas nunca antes alcanzadas.

No fue fácil ganar la pulseada con los bears. No es poca hazaña abrirse paso en ascenso cuando los balances empresariales no logran todavía revertir la merma de ganancias. Empero, las expectativas, y la paciencia, mandan. Si se computan las ganancias de las compañías del S&P500 -conforme al registro de los últimos cuatro trimestres- la Bolsa cotiza a 19,7 veces las utilidades anuales. Bajo esa óptica las acciones son caras. Para hallar un múltiplo similar hay que remontarse a 2010, cuando la recuperación tenía un vigor que hace tiempo se extinguió.

A fines del año pasado, el ratio de precio a ganancias de arras-

tre era de "sólo" 17,9. Desde entonces, la rentabilidad cayó el 1,9% y los precios se empinaron el 6,9%. ¿Efervescencia? La Bolsa no lo ve así. No mira hacia atrás sino adelante. Son las ganancias futuras esperadas las que definen. Y esa métrica -sin dudas, incierta y susceptible a error- arroja un múltiplo de 17,1 que no se aleja del nivel que el propio mercado, todos estos años, respeta como umbral razonable.

La estación de los balances -ya informaron más de 450 empresas de las 500 que componen el índice S&P- toca a su fin. Deja una impresión favorable aunque los números fríos no digan gran cosa. La expectativa es que los ingresos por ventas comiencen a crecer el próximo trimestre y que las ganancias por acción lo hagan recién en el cuarto (con una demora adicional de tres meses a lo que se pensaba cuando Alcoa estrenó la temporada). Por supuesto, todo ello es condicional y será objeto de sucesivas revisiones. Tras dar vuelta la página de los estados contables, el principal soporte del rally pasará a ser la evolución de la economía (y su puntal hoy más sólido, la generación de empleo). Contrario sensu, la política -la contienda presidencial que no se decidirá hasta el 8 de noviembre- surge como la amenaza más inquietante. Lo curioso, esta semana, es que ambas fuerzas se enfriaron (y compensaron mutuamente). Y la Bolsa facturó igual.

Se cree que la economía pisará fuerte en el trimestre en curso, pero la data reciente decepcionó. Las ventas minoristas en declive (ex autos, con fuerza) sugieren que el consumo -el único bastión de robustez del segundo trimestre- quizás se tome un descanso. La productividad laboral también cayó. Y ello relativiza el impacto de la creación de empleo sobre la marcha del PBI. Por último, los precios mayoristas se hundieron el 0,4%, difícilmente una señal de vigor. La Bolsa, a decir verdad, no se inmutó. No hay mal que por bien no venga. Si la Fed quería meter ruido con la reunión de septiembre, la información la deja en offside.

La campaña política, por su parte, no consigue penetrar la agenda de Wall Street más allá de la intención manifiesta -gane quien gane- de gastar más en infraestructura. Trump podría hacer daño, pero no levanta cabeza, y Hillary se lee como más de lo mismo. Si la economía y la política dan un paso al costado, la dinámica de los flujos de fondos dictará la melodía. Y su partitura actual encarna una creciente movilidad desde los mercados monetarios y hacia los activos de riesgo. No sólo las acciones, también los bonos basura y los emergentes son los beneficiarios de esta bonanza tardía. No será un ventarrón de cola, pero sí una brisa sostenida que alcanza y sobra para hiperventilar las cotizaciones.

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