La «Ciudad Hidroespacial» de Gyula Kosice es sólo uno de los aspectos de las quimeras que expone la muestra. Otras son más realistas, pero no menos irrealizables.
«El futuro ya no es lo que era», título de la muestra que acaba de inaugurar la Fundación OSDE en las vísperas del Bicentenario, permite atisbar a través de un arte que delata con mayores y menores urgencias la historia de un siglo signado por la caída inexorable de la ilusión y la fe. Una foto nocturna de la Plaza de Mayo tomada durante los festejos de 1910, abre la exhibición. En ese escenario, la Casa Rosada parece una maqueta, casi un juguete, con su silueta dibujada con guirnaldas de luz y con unos rayos luminosos que surgen desde su cúpula imitando el sol.
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La luz es un elemento que se reitera en varias obras de la muestra, y se percibe como una metáfora que le permite al curador, Rodrigo Alonso, tratar cuestiones difíciles de trasladar al plano visual, como la capacidad argentina de soñar, imaginar y proyectar el porvenir; capacidad que comienza a desvanecerse a fines de la década del 60. Gyula Kosice utiliza la luz como recurso de indudable poder expresivo, con ella diseña los luminosos destellos azules de su espacio estelar, su utópica «Ciudad Hidroespacial» y el bellísimo «Hábitat Hidroespacial en la constelación Yael» de 1960. Ya en este siglo, también Sergio Avello utiliza una luz blanca y helada para levantar una inestable escultura de cables, lámparas y tubos de neón, materiales de descarte de la sociedad consumista de nuestro tiempo.
Los tres núcleos de la exposición, Utopía, Progreso y Revolución, «tres momentos en los que el futuro cobra una urgencia casi palpable» -como señala Alonso-, están subrayados por el artista Daniel Ontiveros, que presenta las tres palabras con tipografía Palmer, realizadas en espejo y astilladas en mil pedazos. El capítulo utópico se abre con una foto de 1934 del Graf Zeppelín surcando el cielo de Buenos Aires. La emotiva reseña del arribo, está escrita por un deslumbrado Amancio Williams, arquitecto y urbanista, autor de la «Sala para espectáculos» y otros diseños que figuran en la muestra, que en ese entonces era también aviador y escoltó la nave.
A la utopía de Kosice, quien hasta hoy sostiene que el hombre no ha de acabar sus días en esta tierra, se suman los jardines voladores que Tomás Sarraceno diseñó cuatro décadas más tarde, sin duda influido por el maestro; así, a la complejidad conceptual de las «papas» con energía eléctrica de Víctor Grippo y del «Hábitat para caracoles» de Luis Benedit, se agrega la fascinación tecnológica de Mariano Sardón y del grupo Proyecto Biopus.
Junto a la fantasía de Raquel Forner y sus «astroseres», están las utopías contemporáneas de Sebastián Gordín -que imagina un edificio del futuro- y de Fabiana Barreda y de Marcelo Pombo, artistas que reconocen la influencia de Xul Solar en sus obras. El sentido de una casa de Barreda, al igual que el de las pinturas de Pombo, «La manifestación flotante» y «Escombros» -cargadas de chirimbolos y estandartes-, adquiere mayor significación ante la imagen de «Vuel Villa» de Xul, que sólo figura en el excelente catálogo de la muestra. (Y no se explica por qué está ausente la pintura de Xul, perteneciente al Museo del artista, cuando la exhibición fue programada con el debido tiempo por una institución responsable).
El capítulo más extenso está dedicado al Progreso y se confunde en alguna medida con el anterior, ya que descubre la faceta más utópica del arte. Allí, la fotografía contemporánea ocupa un lugar especial. Esteban Pastorino retrata los monumentos (cementerios, mataderos, y edificios públicos) que erigió en la pampa bonaerense el arquitecto siciliano Salamone, los presenta en copias de goma bicromatada, material que salvaguarda el aspecto fantasmagórico de estas imponentes apariciones de piedra en medio de la llanura, y que tiene la textura de un dibujo a la carbonilla.
Las fotografías de la serie «Mecanismos» de Jorge Miño, muestran de manera objetiva las formas aerodinámicas de las maquinarias que en los años 50 ingresaban en la vida de la gente. La máquina de coser, de hacer café y de cortar fiambre, se vuelven objetos de deseo para la lente de Miño y para los trabajadores de la modernidad, atentos al mandato hegemónico de «lo nuevo». Como reflejo del presente están las engañosas fotos de los «Countries y barrios cerrados» de Mara Facchin, embellecidas de un modo mentiroso que tergiversa la realidad.
En el camino hacia el progreso hay un momento de esplendor: la creativa arquitectura cubista de la Feria de América de 1953, y el no menos asombroso texto que le dedica Tomás Maldonado (documentos escasamente conocidos). Como una clara señal del empobrecimiento argentino está el cartel publicitario de Jorge Macchi, realizado en el momento que se desataba la crisis de 2001, y también las torres con los obituarios fúnebres que recortó a modo de ventanas antes del 11 de setiembre.
Las «Lágrimas» pertenecientes a la serie Objetos Nostálgicos de Nicolás Bacal (un conjunto de martillos unidos a unos parlantes y sus cables que descansan sobre una mesa), delatan, con su ambigua presencia la confusión actual. Pero la muestra pone un énfasis especial en el progreso del peronismo, con imágenes que van desde el auto Justicialista y un idealizado Barrio Evita, hasta las pinturas contemporáneas de Daniel Santoro, que tratan sobre la historia y los dictados del movimiento político.
Santoro tiene la virtud de la comunicación directa de los afiches rusos, usa la tipografía, la geometría y la estética decó que descubrió Lenin cuando decidió que los artistas debían trabajar para el partido; luego, con un estilo que suele inflamar a los corazones peronistas (y, a veces, hasta los de antiperonistas acérrimos), equilibra el fanatismo con la ironía, el cinismo y un humor, que, en ocasiones resulta macabro, como el del cuadro «Utopía». Su par en la pintura es Aurelio Díaz, que con recursos similares tomados de la historia del arte, pero con el predominio de elementos ornamentales y decorativos, muestra a Eva Perón como un icono religioso.
El tema de la revolución tiene como figura central a Luis Felipe Noé, que le agrega a su gigantesca pasión por la pintura la que profesa por el pensamiento; ambas están bien representadas, la pintura, con cuadros elocuentes, y sus ideas, con los febriles e inagotables manuscritos de sus libros. En «Cuerpo en tensión», Pablo Guiot se autorretrata sobre un petardo y encarnar la incertidumbre y la sensación de riesgo permanente. Sensación que transmite, a pesar de la dulzura de la imagen, el video de Estanislao Florido, y que se acentúa con las evocaciones de Graciela Sacco de Mayo del 68, y de las manifestaciones de Leonel Luna y Mariano Molina.
Como representantes de la resistencia, hay un dibujo de Lux Lindner y otro de la historieta «El Eternauta», hay pruebas de la incesante actividad del Taller de Serigrafía y de los programas más creativos de asistencia social encarados por artistas.
El curador se sirve de videos, música, objetos utilitarios, producción gráfica y documentación histórica para completar el complejo panorama de la muestra, que termina con un programa de Tato Bores, donde presenta al científico Helmut Strasse que acaba de descubrir la Argentina en el año 2492, ignoto país del que apenas quedan restos después de una hecatombe, pero que finalmente -sostiene- «hemos recuperado».
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