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Recuerdos del futuro que se imaginó y que nunca fue
La «Ciudad Hidroespacial» de Gyula Kosice es sólo uno de los aspectos de las quimeras que expone la muestra. Otras son más realistas, pero no menos irrealizables.
Las fotografías de la serie «Mecanismos» de Jorge Miño, muestran de manera objetiva las formas aerodinámicas de las maquinarias que en los años 50 ingresaban en la vida de la gente. La máquina de coser, de hacer café y de cortar fiambre, se vuelven objetos de deseo para la lente de Miño y para los trabajadores de la modernidad, atentos al mandato hegemónico de «lo nuevo». Como reflejo del presente están las engañosas fotos de los «Countries y barrios cerrados» de Mara Facchin, embellecidas de un modo mentiroso que tergiversa la realidad.
En el camino hacia el progreso hay un momento de esplendor: la creativa arquitectura cubista de la Feria de América de 1953, y el no menos asombroso texto que le dedica Tomás Maldonado (documentos escasamente conocidos). Como una clara señal del empobrecimiento argentino está el cartel publicitario de Jorge Macchi, realizado en el momento que se desataba la crisis de 2001, y también las torres con los obituarios fúnebres que recortó a modo de ventanas antes del 11 de setiembre.
Las «Lágrimas» pertenecientes a la serie Objetos Nostálgicos de Nicolás Bacal (un conjunto de martillos unidos a unos parlantes y sus cables que descansan sobre una mesa), delatan, con su ambigua presencia la confusión actual. Pero la muestra pone un énfasis especial en el progreso del peronismo, con imágenes que van desde el auto Justicialista y un idealizado Barrio Evita, hasta las pinturas contemporáneas de Daniel Santoro, que tratan sobre la historia y los dictados del movimiento político.
Santoro tiene la virtud de la comunicación directa de los afiches rusos, usa la tipografía, la geometría y la estética decó que descubrió Lenin cuando decidió que los artistas debían trabajar para el partido; luego, con un estilo que suele inflamar a los corazones peronistas (y, a veces, hasta los de antiperonistas acérrimos), equilibra el fanatismo con la ironía, el cinismo y un humor, que, en ocasiones resulta macabro, como el del cuadro «Utopía». Su par en la pintura es Aurelio Díaz, que con recursos similares tomados de la historia del arte, pero con el predominio de elementos ornamentales y decorativos, muestra a Eva Perón como un icono religioso.
El tema de la revolución tiene como figura central a Luis Felipe Noé, que le agrega a su gigantesca pasión por la pintura la que profesa por el pensamiento; ambas están bien representadas, la pintura, con cuadros elocuentes, y sus ideas, con los febriles e inagotables manuscritos de sus libros. En «Cuerpo en tensión», Pablo Guiot se autorretrata sobre un petardo y encarnar la incertidumbre y la sensación de riesgo permanente. Sensación que transmite, a pesar de la dulzura de la imagen, el video de Estanislao Florido, y que se acentúa con las evocaciones de Graciela Sacco de Mayo del 68, y de las manifestaciones de Leonel Luna y Mariano Molina.
Como representantes de la resistencia, hay un dibujo de Lux Lindner y otro de la historieta «El Eternauta», hay pruebas de la incesante actividad del Taller de Serigrafía y de los programas más creativos de asistencia social encarados por artistas.
El curador se sirve de videos, música, objetos utilitarios, producción gráfica y documentación histórica para completar el complejo panorama de la muestra, que termina con un programa de Tato Bores, donde presenta al científico Helmut Strasse que acaba de descubrir la Argentina en el año 2492, ignoto país del que apenas quedan restos después de una hecatombe, pero que finalmente -sostiene- «hemos recuperado».

