12 de mayo 2010 - 00:00

Reeditan atrapantes historias de filósofos

Reeditan atrapantes historias de filósofos
Pablo da Silveira «Historias de filósofos» (Montevideo, Punto de lectura, 2010, 227 págs.)

«Busqué combatir la idea de que los filósofos son personas horriblemente aburridas», explica el académico uruguayo Pablo da Silveira, y logra ampliamente su objetivo contando la vida, o un momento central de la vida de «hombres y mujeres que vivieron, amaron, odiaron, disfrutaron, sufrieron y, además, hicieron filosofía». Y si bien Da Silveira sostiene que éste «no es un libro de filosofía», termina siéndolo, porque además de instruir de forma entretenida, de divertir o sorprender por momentos (porque «no es imprescindible ser aburrido para ser serio»), lleva a pensar, que ésa es la intención esencial de toda filosofía.

Por qué la democracia griega se decidió a matar al tradicionalista Sócrates casi a su pedido. La filosófica telenovela de Eloísa y Abelardo en el siglo XII. La «placidez bovina» del obeso Tomás de Aquino que terminó «sepultado bajo un inmensa cantidad de libros que lo atacan furiosamente o lo exaltan con pasión». Las maldiciones con que expulsaron a Spinoza del mundo judío y le hizo ver el Dios que aman los ateos. Cómo David Hume, un escocés cordial y extrovertido, buen comedor y bebedor, solterón eternamente codiciado, entre fiesta y fiesta se hizo tiempo para revolucionar la filosofía occidental. Cómo el quasimodesco Soren Kierkegaard volvió polémica una ciudad apacible. Las muchas vidas que eligió tener en su vida Wittgenstein.

Podrían ser meras biografías de almanaque, pero lo interesante es cuando la historia conocida, por caso, Sócrates sentenciado a tomar la cicuta por «corromper a los jóvenes», se abre a los detalles. Entonces el filósofo griego, maestro de jóvenes ricos, que les hizo despreciar los valores tradicionales, era a la vez un ciudadano que profesaba un estilo de vida unido al pasado. Viviendo entre dos concepciones de la moral y la política, y en su contradicción personal forzó su condena a muerte. «Fue ejecutado porque, aunque era el profeta de un mundo nuevo, seguía siendo un ciudadano del mundo antiguo» que no se olvida en el último suspiro de pagar sus deudas.

«Mandar a alguien al diablo es un acto que no supone mayor mérito, pero arruinarle la vida a una persona sin utilizar más que palabras es una tarea que exige verdadero genio, es una forma oral del asesinato». Ese es el lugar de donde parte Da Silveira para relatar los padecimientos sufridos por Baruch Spinoza, que por sus creencias fue excluido del mundo judío con un maldición que hacía que nadie lo mirara, le hablara y ni caminara a su lado, y como ante esto huye y se dedica a labrar vidrios. Las maldiciones se reiteran y lo acosan. Hay quienes ven en él un especie de Galileo dedicado a la filosofía. Borges en un bello soneto escribe: «Las traslucidas manos del judío/ labran en la penumbra los cristales» y agrega «que está soñando un claro laberinto». Lejos estuvo Spinoza de tal encierro, fue un transgresor, y más que un laberinto soñó un orden donde Dios y la Naturaleza son expresiones intercambiables, y para unos es un apóstata, para otros quien legitima la religión ante el tribunal de la razón y para otros el más radical de los ateos.

Merecida reedición en libro de bolsillo de un conjunto ameno de conferencias que enriquecen cualquier viaje, y llevan de viaje por el pasado siempre presente.

M.S.

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