27 de febrero 2012 - 10:52

Regresa Cristina: demora medida sobre la tragedia

• Estrategia, costos y grietas en el espacio K.
• El silencio como castigo

La tragedia de Once con sus ecos estarán hoy en el discurso de Cristina en Rosario. No se esperan anuncios.
La tragedia de Once con sus ecos estarán hoy en el discurso de Cristina en Rosario. No se esperan anuncios.
A 36 horas de que se cumpla una semana de la tragedia de Once, Cristina de Kirchner volverá a escena. Limitará su libreto sobre el accidente a un lamento tardío: este atardecer, en Rosario, no habrá novedades sobre cambios en el estatus de la concesionaria TBA.
A lo sumo pistas de lo que se olfatea inevitable: la quita al grupo Cirigliano de la explotación de, como mínimo, el ramal Sarmiento. El formato es, todavía, impreciso: la intervención es una opción de emergencia pero la última escala es la rescisión.
Todo el fin de semana, desde el viernes, el Gobierno recolectó elementos para sostener jurídicamente esa medida. Por caso: que de 2009 a 2011 se multó por más de 20 millones de pesos a la empresa y que la AGN basó sus informes en datos de la Secretaría de Transporte.
Es un atajo que probablemente explore la Presidente: en Casa Rosada y en Planificación lo citan como elemento para luego advertir que la AGN, aunque objetó seriamente, no recomendó ni solicitó la rescisión del contrato de concesión con los Cirigliano.
El modo de despegar del episodio, táctica que anticiparon Julio De Vido y Juan Pablo Schiavi al anunciar que el Estado será querellante en la causa por el accidente, es descargar todas las culpas en dos actores: la concesionaria TBA y, en simultáneo, el maquinista.
Pero la ausencia de Cristina en las horas y días posteriores a la tragedia es un costo -lo detectan encuestas en elaboración- que opera en una sintonía distinta al de la obligación del Estado como contralor. El silencio presidencial se debita en la cuenta del ánimo social.
No hay, todavía, sondeos válidos pero hay mecanismos que suplantan la estadística: la ola de sectores K y filo-K que reaccionaron con reproches a los controles oficiales y el desmanejo empresarial pueden leerse como indicios de ese clima adverso.
Un caso sintomático: Hebe de Bonafini trató de «pelotudo» a Schiavi el jueves durante su ronda en Plaza de Mayo. No pasó demasiado tiempo antes de que una voz oficial le objete ese gesto y le recuerde que una ristra de funcionarios, entre ellos Schiavi, la defendieron en medio del caso Schoklender.
Los memoriosos van más lejos: recuerdan que como ministro de Obras Públicas porteño, Schiavi asistió a la Fundación Madres con planes y recursos. «Bonafini no va a volver a hablar mal de Schiavi», avisó, terminante, una voz oficial.
Hay una traducción no formal: Bonafini, como Luis D'Elía, Martín Sabbatella, el Frente Grande o el Movimiento Evita expresaron un malestar que bullía en Casa Rosada. Simple: dijeron lo que no podían decir ministros y funcionarios sobre las impericias propias.
Así y todo, se trata de una actitud inquietante. La centralidad cristinista, extrema, que acota la interacción a un puñado ínfimo de asesores, no alcanzó, en este caso, para evitar fugas. La dimensión de la tragedia detonó un breve pero intenso período de diferenciación.
Quedó, con las horas, desarticulado -aunque ayer Carlos Raimundi, aliado de Sabbatella, volvió a la carga con el cuestionamiento a los controles-, pero es
una muestra de la volatilidad de ciertas empatías.
El PJ se manifestó de otro modo: como ante las denuncias por el caso Ciccone, o el Proyecto X, se refugió en el silencio. El único interlocutor K capaz de incendiar los teléfonos de los jerarcas peronistas para que respalden al Gobierno el sábado hubiese cumplido 62 años.
Secuencia
Es un karma que se repite. La última reunión del PJ en Río Gallegos, el Día del Militante del año pasado -a la que Hugo Moyano se negó a ir- obvió referirse al tema más agitado de ese momento: la quita de subsidios de los servicios públicos que implicaría una suba de tarifas.
Se volvió un gesto recíproco: el Gobierno apenas asistió a Daniel Peralta cuando estalló la crisis en Santa Cruz en la que La Cámpora dinamitó el ajuste del gobernador. Y fue tibio su respaldo a gobernadores amigos, José Luis Gioja y Lucía Corpacci, bombardeados por los conflictos mineros.
Sólo el planteo referido a Malvinas logró una postura unívoca, pero sobre ese punto la intriga es otra respecto hacia dónde conduce la estrategia oficial. Esa incógnita sigue abierta. También se alineó la galaxia política frente al episodio médico presidencial. Y no más.
Hay una explicación: desde que ganó las elecciones, el Gobierno sólo eslabonó capítulos delicados. Entre la quita de subsidios y la tragedia del último miércoles, irrumpieron el Proyecto X, el affaire Ciccone y, entre otras desventuras, un brumoso show reeleccionista en la costa.
El kirchnerismo fue, en estos meses, una usina de tensiones.
Esta tarde, en Rosario, donde compartirá escenario con Antonio Bonfatti, tratará de remontar una pendiente que no se agotó con el accidente sino que se magnificó con las primeras explicaciones de Schiavi y luego con el drama de Lucas Menghini Rey.
Este atardecer, con un «delay» de casi una semana.

Dejá tu comentario