Remake de “Fama” con poco que la justifique

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«Fama» («Fame», EE.UU., 2009, habl. en inglés) Dir.: K. Tancharoen. Int.: K. Panabaker, W. Perez, N. Naughton, A. Book. 

«Fama» de Alan Parker (1980) tuvo tal repercusión que se hicieron secuelas en TV (5 temporadas) y nuevas tramas sobre bailarines y cantantes que sueñan con llegar al estrellato: «Flashdance» (1983), «Footloose» (1984), «A Chorus Line» (1985) y hasta «Dirty dancing» (1987). Treinta años después, no hay demasiado que justifique este remake.

La antigua «Fama» también resultaba original al mostrar el backstage de las audiciones, castings y esfuerzos de jóvenes aspirantes a formar parte de los musicales de Broadway (imágenes que hoy, a través de reality shows o concursos cazatalentos, es moneda corriente encontrar en la TV). Claro que en la película además intercalan la historias de amor, los conflictos con los padres, se recita sobre la disciplina del artista, se desdeña a aquellos que sólo buscan la fama de TV y se repite que el estudio no sofoca el talento, sino que lo libera. Pero el elenco baila y canta mejor de lo que actúa, pues ninguno es capaz de transmitir emoción genuina.

Para esta versión se reemplazó la estética ochentosa por la actual, con el fin de que resultara un producto a la medida del nuevo milenio. Por esa misma razón afloran los raperos, los productores de música electrónica y la danza afro, con un menor protagonismo de la danza o música clásica, que ya en los 80 había dejado su lugar al pop y a los ritmos contemporáneos.

Así, «Fama» modelo 2010 no presenta nada original, excepto para el que sólo busque coreografías interpretadas dignamente y con buenas tomas a cargo del director Kevin Tancharoen, quien nació dos años después de estrenarse la versión original de «Fama» y había dirigido clips de Britney Spears o Pussycat Dolls. Y mientras «Fama» había ganado el Premio Oscar a la mejor música y a la mejor canción por «Fama», ahora ese tema suena en versión remixada, al final de la película, para amenizar los créditos.

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