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“Robledo Puch quería ser visto como un héroe”
• DIÁLOGO CON RODOLFO PALACIOS, COGUIONISTA Y ASESOR DE "EL ÁNGEL"
El autor del libro en el que se basó el film lo frecuentó en su cárcel. Una vez le dijo que soñaba con que lo interpretaran Leo Di Caprio o Matt Damon.
En la cárcel. Rodolfo Palacios con Robledo Puch en su celda de Sierra Chica. “No reconoce la autoría de los crímenes, cuanto mucho un solo asesinato, sobre el que hizo una declaración asombrosamente detallada”.
R. P.: Empezó como ladrón solitario, escruchante (el que se mete en las casas). Luego trabó amistad con Jorge Ibáñez y sus padres, familia de ladrones. El padre, a quien se supone director técnico de la banda, le enseñó a tirar, y ahí comenzó su época de niño criminal, autos caros, boliches de moda y hoteles baratos donde refugiarse. Sus crímenes eran como rituales, quizá los veía como hechos artísticos. Sergio Olguin, coguionista de "El ángel", dice que "era una Marta Minujin del delito visto como una de las Bellas Artes". Después pasó ese accidente del auto donde murió su amigo, un hecho confuso, nunca investigado. ¿Se quisieron matar los dos juntos? Al otro socio, Héctor Somoza, lo terminó matando.
P.: En "El ángel" no figura como Somoza, sino como supuesto hijo del Loco Prieto.
R. P.: El Loco Prieto no tuvo hijos. La película de Luis Ortega está "libremente inspirada en los hechos", tal como se anuncia desde los títulos. Pero casi todo es bastante cierto, lo de las novias, la fuga durante tres días, y hubo cosas peores, que no puso para no caer en el morbo.
P.: ¿Hubo de veras una relación homosexual?
R. P.: Podemos pensar que él mataba para impresionar a su amigo, y que se sintió desplazado ante la aparición de un tercero. Quien hizo las pericias, Osvaldo Raffo, lo considera técnicamente asexuado pero con un gran complejo de abandono. Como entonces se creía que la gente con esa inclinación podía tender más fácilmente al crimen, y él tenía una figura tan particular, lo pusieron en el pabellón de los homosexuales. El tenía una novia, pensaban casarse y tener hijos, pero cuando conoció a los Ibáñez empezó una vida paralela, de vértigo. Sé cómo se llamaba esa chica, y creo que nunca fue a verlo en la cárcel.
P.: ¿Cómo vive ahora en Sierra Chica?
R. P.: A la celda nunca llega la luz del sol. Apenas hay espacio para el excusado y el camastro. Si pensaran cómo es esa vida, muchos no delinquirían. No creo que él haya tenido tiempo de pensarlo. Su raid duró menos de un año. Cuando lo conocí ya llevaba 38 preso, era solo la cáscara de lo que fue. La misma impresión me dio Arquímedes Puccio, al que conocí ya en libertad, en una pieza de pensión que era la mitad del calabozo donde encerraba a sus víctimas. A Barreda, en cambio, lo saludaban todos, también las mujeres del barrio.
P.: ¿Y los boqueteros del Banco Rio, de Acasusso?
R. P.: ¡Ah, eso es distinto, lindo, todo luminoso, original, hecho con armas de juguete, coronado con ese cartel de "sin armas ni rencores, es solo plata y no amores"! Lástima que enseguida los agarraron, por la denuncia de una mujer despechada.
P.: Como dice Cadícamo: "Las mujeres siempre son las que matan la ilusión". ¿Qué libro viene ahora?
R. P.: Por el momento ya no me quedan más figuritas para el álbum. Ya cubrí los grandes asesinatos, y los mejores ladrones están retirados, no van a dar nuevos golpes. Y hoy se les haría más difícil. La tecnología atenta contra los ladrones.


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