17 de agosto 2010 - 00:00

Rosario revisa su historia con dos importantes muestras

«La chola desnuda» de Alfredo Guido (1924), la imagen más llamativa de la muestra del Museo Castagnino (la otra es en el Julio Marc), que registra el nacimiento de las entidades que a partir de 1910 estimularon el poderoso desarrollo cultural rosarino.
«La chola desnuda» de Alfredo Guido (1924), la imagen más llamativa de la muestra del Museo Castagnino (la otra es en el Julio Marc), que registra el nacimiento de las entidades que a partir de 1910 estimularon el poderoso desarrollo cultural rosarino.
Rosario - Con dos exposiciones, «Entre Centenarios. Las instituciones y la nacionalización temática. 1910-1925», que exhibe el Museo Castagnino, y «El programa euríndico», que alberga el Museo Histórico Julio Marc, Rosario vuelve en estos días la mirada hacia atrás para revisar su historia. Las muestras registran el nacimiento de las entidades que a partir de 1910 supieron contener y estimular el poderoso desarrollo cultural rosarino; instituciones que, a la vez, propiciaron el coleccionismo y las inspiradas ideas de Alfredo y Ángel Guido, intelectuales y artistas que desplegaron un sorprendente mestizaje estilístico.

«¿No es evidente que la clave para comprender un objeto del pasado se encuentra en el pasado mismo [.]?», cuestiona el teórico francés Georges Didi Huberman, señalando su particular rumbo interpretativo para la comprensión del arte. Así, de acuerdo a este postulado, el trabajo del curador e historiador Pablo Montini consistió en remontarse hacia atrás para indagar los orígenes, y el resultado trasciende la valoración estética, va un poco más allá al invitar al espectador a interpretar el pasado con los conceptos y categorías del pasado. En este caso, Montini relata la historia de unos personajes (los hermanos Guido) que, obligados a suspender sus giras a Europa durante la Primera Guerra Mundial, descubren el Norte y muestran sin reparos su deslumbramiento.

De este modo, el pensamiento «euríndico» que surgió en Rosario, marcó los desplazamientos entre Europa y la América indígena, sentó las bases de un movimiento estético ecléctico y sofisticado, exclusivo de una sociedad próspera y creativa. De los principios del siglo XX provienen las pinturas, esculturas, muebles y murales; la arquitectura y un prodigioso mix de objetos decorativos que cuentan con el aval teórico de sus creadores. Las imágenes participan de las tendencias dominantes que surcaban el Atlántico, pero sirvieron para forjar una estética y un pensamiento propio, un «programa» que bien se puede llamar «rosarino».

Acaso la más llamativa de las imágenes es «La chola desnuda», un bellísimo desnudo que se destaca por la intensidad de su desprejuiciada mirada. Pintada en 1924 por Alfredo Guido, la «Chola» aparece envuelta en un vaho de tonalidades azules y ostenta sin pudor sus rasgos europeos en medio de una escenografía indígena. El origen de la fascinación por el estilo colonial es preciso rastrearlo en las ideas de Ricardo Rojas, pero Rosario es una ciudad especial, al punto que su Bicentenario tiene una fecha incierta que -se supone-, festejará por partida doble. En 1925, cuando el modelo agroexportador rendía sus mejores frutos, Rosario celebró una imaginaria fundación de la ciudad.

Las dos exposiciones dejan a la vista una notable independencia estilística nutrida por un amplio abanico de conocimientos. Montini describe el período de consolidación de la escena artística local, y dice que «comenzó con la creación de un grupo de instituciones de gran trascendencia: la Asociación Cultural El Círculo, el Salón de Otoño, la Comisión Municipal de Bellas Artes y el Museo Municipal de Bellas Artes».

La muestra del Castagnino se inicia con la secuencia de ocho pinturas de Fernando Fader «La vida de un día», que reitera en un mismo paisaje, un rancho de paredes blancas, los juegos de la luz matutina, las cumbres doradas del atardecer y un melancólico nocturno. Se trata, junto a «Las parvas» de Juan Domingo Vena, de las versiones criollas de Monet.

Si bien la colección del Museo Juan B. Castagnino es rica en el arte de las vanguardias locales, la exposición pone el acento en el campo argentino, generador de riqueza por excelencia cuya imagen pobló los primeros Salones. Y allí están, las expresiones más puras y genuinas, ajenas al estereotipo nacionalista y dueñas de cierta inocencia. Hay unas transparencias atmosféricas que Berni pintó en Capilla del Monte en 1924, cuando apenas tenía 17 años; está la magia de un paisaje nocturno de Malharro y los animales del campo de Fader y Cordiviola y hay también un árbol con las ramas enruladas de Gregorio López Naguil y los cielos extraordinarios de Octavio Pinto e Italo Botti, que remiten de inmediato a la contemporaneidad.

Entre los bronces de Yrurtia y Fioravanti, está la tensa expresividad lograda en el desnudo masculino de Erminio Blotta, y entre los retratos, el de Juan B. Castagnino, el mecenas de la institución, ejecutado por Alfredo Guido.

El tiempo de las obras de arte es más dilatado que el del hombre. Este es el punto de vista de las exposiciones que muestran que el pasado de Rosario está vivo y repercute más que nunca en el presente.

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