18 de mayo 2010 - 00:00

Rubén Grau a través del espejo en el Centro C. Borges

La muestra «Todo es espejo», que Rubén Grau inauguró en el Borges, se vincula con sus series en las que plantea relaciones entre imagen y palabra.
La muestra «Todo es espejo», que Rubén Grau inauguró en el Borges, se vincula con sus series en las que plantea relaciones entre imagen y palabra.
El amplio simbolismo del espejo es el eje de la muestra «Todo es espejo» que expone en el Centro Cultural Borges Rubén Grau, artista nacido en Buenos Aires en 1959. El espejo es duplicación, reflejo de la realidad y, a la vez, liberación. Al atravesar el espejo se accede a otra realidad. El espíritu, sin interferencias del individualismo (narcisismo) y la racionalidad occidental, es para el budismo, visión iluminada. Se trata de mantener la mente «libre del polvo del mundo, del orgullo y el apego» y emprender el sendero que lleva al estado «donde sólo queda la perfecta danza».

La propuesta se vincula con sus series en las que plantea las relaciones entre imagen y palabra. Entre otras, se destacan Entrelíneas, realizada con hojas de libros, madera y clavijas de guitarra al accionarse, modificaban el texto. Collar para construir poemas, hojas de libros, sauce, roble, avellano, hilo de plata y ébano; también las tapas de libro con espejos de Paisaje-Pasaje; o la instalación con 27 hojas de libros, Poesía apofática.

El libro nació como un arte. La invención del pergamino, a comienzos del siglo II a. C., llevó al códice, generalizado en Europa más de quinientos años después: estos volúmenes de hojas sueltas unidas por uno de sus bordes y encerradas entre dos tapas, anunciaban al libro que llegó con la imprenta y el papel, a partir de mediados del XV, hasta adquirir sus características definitivas a lo largo del XVII.

Durante doce siglos, el códice fue una forma de la creación estética. Creación colectiva, pues era el resultado del trabajo intenso y fecundo de verdaderos artistas, dueños de un oficio aquilatado y una invención prodigiosa: los copistas, que se ocupaban de transcribir el texto, con lapiceras de pluma de ave; los diseñadores de las iniciales de capítulos y parágrafos, y los ilustradores, a cuyo cargo quedaban las iluminaciones pequeñas obras de arte.

El libro perdió su investidura de obra de arte al aparecer la industria editorial, en la segunda mitad del XIX. De ahí, el movimiento encabezado en Gran Bretaña, en 1891, por William Morris, para devolver al libro su perdida condición estética. Poeta y artista, Morris desarrollaba sus ediciones en una prensa manual y se ocupaba de la encuadernación, además de diseñar sus propias tipografías.

No sorprende, entonces, que desde hace varias décadas los artistas hayan vuelto al libro como un nuevo espacio creativo, con total libertad en el empleo de materiales, elección de formas y vías expresivas, acudiendo tanto a las antiguas manualidades como a las modernas tecnologías: imágenes pintadas o digitales, fotos, recortes periodísticos, objetos domésticos o inventados, piezas de metal o madera, y aun ediciones tradicionales rescatadas del olvido.

Otros trabajos de Grau en torno a la recuperación de la palabra, son Casa del olvido, utilizando gomas de borrar, Casa del Leteo, jabón blanco, Casa del poeta, realizadas con cera, ramas y espejo.

«El espacio captado por la imaginación ya no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a las mediciones del agrimensor. Es espacio vivo, concentra ser en el interior de sus límites», escribió Gaston Bachelard en «La poética del espacio». Este es el concepto que Grau plantea en Las moradas. En esta serie de las casas reelaboró el uso de materiales que ya estaba presente en ¿Dónde?, instalación que presentó en el Festival Internacional de Arte de Medellín, cuyo tema era Arte y ciudad, bajo el lema «La esencia del arte es la libertad».

Su collage con hojas de libro, Las raíces de la poesía, en la que remitía a las diferencia entre información, conocimiento y sabiduría, pertenece a su serie vinculada con la obra de Jorge Luis Borges sobre las bibliotecas infinitas.

Grau materializó la pregunta por la palabra-sabiduría degradada en información. En el espacio de un aula colgó delantales junto a la cita de T.S. Eliot, escrita sobre el pizarrón: «¿dónde está la sabiduría que perdimos en conocimiento? ¿dónde está el conocimiento que perdimos en información?».

En aquella instalación el delantal neutralizaba las diferencias sociales. El objetivo era anularlas, a través de la educación: al saber de la riqueza se oponía la riqueza del saber: pero la mayor riqueza era la libertad. El color blanco en los delantales patentizaba, no sólo la infancia, sino el comienzo de la gran aventura de conocer. Grau expuso sobre una pizarra negra, seis delantales. Sumó a la simbología de la igualdad y la iniciación del aprendizaje, lo que atañe al número seis, concretamente, el hexámeron bíblico, el número de la creación, el número mediador entre el principio y la manifestación. El mundo fue creado en seis días, y, según Clemente de Alejandría, en las seis direcciones del espacio, las cuatro cardinales, el cenit y el nadir. Pero el artista aludía a toda manera de creación, y desde una de ellas -el arte-, a la que el ser humano hace de sí mismo a través del saber, el sentir y el pensar.

Nuevas simbologías estallan entre los materiales empleados: el agua, el fuego, la tierra, el aire, los cuatro elementos repartidos y/o aludidos en la cera, las ramas, los jabones, las tizas, las telas, el plomo, más la proyección de un cielo estrellado.

En sus últimas propuestas Grau continúa preguntándose si la información, diosa de nuestro tiempo electrónico, da forma o de-forma el conocimiento. La polaridad educar informar es uno de los dilemas de la época presente. Pero una y otra son objeto de manipulación con fines de todo orden, políticos, económicos, comunicacionales.

Entre sus últimas muestras se destacan dos en Roma: en el Centro Cultural Laboratorio Contumaciale presentó «Observatorio de la prosa», con trabajos conceptuales de poesía visual integrados por páginas de poesía intervenidas por el artista; y «Poética del silencio», en el Palacio Santa Croce IILA (Instituto Ítaloamericano de Cultura).

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