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Sabrosa receta de Muriel Barbery

«La elegancia del erizo», la segunda novela de la profesora de filosofía Muriel Barbery se convirtió en un sostenido suceso editorial hace 4 años en Francia, para luego repetirse en otros países. Cuenta del encuentro, en una casa de departamentos de un barrio de clase alta de París, de Renée, una portera sorprendentemente culta, y Paloma, una chica de 12 años, extraordinariamente inteligente. Ese encuentro permite a la autora una crética irónica, mordaz, de la burguesía francesa, de la banalidad del poder, y una exaltación de la belleza de las pequeñas cosas y «la magia de los placeres efímeros».
Si bien han resultado atractivos para muchos lectores, los momentos filosóficos de la novela, por lo pronto la teoría de Schopenhauer sobre que somos como erizos que, «cuanto más cercana es la relación entre dos seres, más probable será que se puedan hacer daño el uno al otro», y de ahí según Barbery la elegancia de la distancia y la soledad. Muchos críticos, que exaltaron la calidad de esta bella fábula, les resultó muy poco creíble una encargada de edificio experta en gramática, adicta a Tolstoi, a Mozart y a los ritos japoneses, que comparte feliz discos de Eminem con una chiquita descaradamente inteligente. No tuvieron en cuenta que lo que hizo Barbery es inspirarse para esos personajes en otros extraordinarios, y no debidamente recordados. Por caso, la niñita superdotada es pariente de la «Matilda» de Roald Dahl y de la «Zazie» de Raymond Queneau, y la casa que permite los cruces está inspirada en algún pasaje de «La vida modo de empleo» de Georges Perec. Pero la fábula con su sentencioso canto a la vida desde seres que hacen un culto de las distancias personales y los encuentros ideales ha resultado indudablemente estimulante para muchos lectores.
El éxito de «La elegancia del erizo» ha hecho que aparezca en castellano la primera novela de Barbery, que se ha traducido como «Rapsodia Gourmet», cuando acaso debería ser «Un postre», «Una golosina» o «Una gourmandise». Trata de un habitante de la casa donde Renée es encargada, un destacado crítico de gastronomía que a punto de morir busca descubrir y recuperar un sabor que en la infancia lo hizo feliz. Como se ve, esta vez Barbery echó mano a un poco de Proust, un poco de «El ciudadano» de Orson Wells y un poco de new age. Y lo que encuentra el crítico culinario moribundo en un tránsito por saberes y sabores es una golosina de supermercado, con el que sentía que tocaba a Dios. «Dios, es decir el placer bruto, sin concesiones, el que surge de lo más hondo de nosotros mismos, que sólo tiene que ver con nuestro propio goce y a éste regresa; Dios, es decir esa región misteriosa de nuestra intimidad en la que nos pertenecemos por completo a nosotros mismos en el apoteosis de un deseo auténtico y de un placer puro». La receta perfecta para un menú moderno, sabroso, que sienta bien, energiza y no empalaga.
M.S.


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