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Se vienen decisiones vitales (pero nadie puede generar riqueza)
Quienes hemos sostenido que una recaída era inevitable no lo hacíamos por gusto. Si los desequilibrios estructurales que condujeron al primer sacudón con epicentro en 2008 no habían sido resueltos y, por el contrario, se habían magnificado, ¿por qué debíamos asumir que «todo se había superado»?
La incomprensión de esos desequilibrios estructurales deriva en reacciones y cosmovisiones gravemente erradas. Es falaz presentar a las crisis recesivas como momentos en que se está condenado a perder fortunas. Con la lectura y el mapa adecuados, en las crisis se puede ganar mucho más que en períodos de bonanza, y con estrategias menos riesgosas.
Quien ve como «lógico» el que los valores suban medio punto porcentual todos los días no solamente es incapaz de comprender el porqué de las bajas; en realidad, tampoco entiende por qué se produjeron semejantes subas.
Es una visión basada en el voluntarismo, en la ignorancia de los procesos económicos y en la convicción de que, si uno invierte en un activo, éste tiene que crecer sin detenerse hasta el cielo, como si fuera la semilla de una sequoia. Sin importar si los valores alcanzados son inconsistentes con otros activos o con la tasa de crecimiento real de la economía o si la moneda con que se mide la suba no ha sido envilecida.
Claro que, a los voluntaristas del crecimiento permanente y forzoso (algunos son hombres de mercado, otros son periodistas, analistas, funcionarios, gobernantes), las advertencias sobre las distorsiones económicas y de los mercados les entran por un oído y les salen por el otro. Una vez iniciados los problemas que se negaron a oír y entender, su voluntarismo los lleva a ver una recuperación definitiva en cada rebote transitorio, con lo que siguen enterrando su fortuna y las de otros, con sus consejos. Y cuando las pérdidas ya son mayores, salen a buscar culpables por algo que «no debía haber ocurrido» (pese a que su propio comportamiento alentó y fabricó las distorsiones que condujeron al «crash»).
Es interesante ver cómo el bando voluntarista reacciona a las advertencias de los que predicamos que las cosas iban mal y que, si no se tomaba el toro por las astas, nos iba a pasar por encima. En la etapa previa a la crisis, prefirieron simplemente ignorarnos; de esa forma, la fiesta seguiría y el público no se preocuparía por eventuales tormentas que nadie avizoraba. Y si alguien les pedía opinión sobre nuestras advertencias, el juicio era simplemente «es un pesimista». En lo que a mí respecta, veo al pesimismo como una visión tan voluntarista y prejuiciosa como lo es el optimismo. Sólo valoro los juicios fundados en hechos y datos concretos.
Cuando la tormenta se desató, los voluntaristas siguieron negándola («ya para», «mañana corrige»). Cuando el temporal es innegable, aparece su necesidad de buscar culpables. Les resultan indispensables, para no tener que reconocer lo errado de sus juicios y que la responsabilidad del porrazo no caiga sobre ellos, sino más bien sobre banqueros codiciosos u omnipresentes conspiradores con ventas en descubierto.
Los voluntaristas del crecimiento sin pausa no entienden que las crisis son algo natural a la vida de la economía. Que incluso son necesarias porque devuelven consistencia y equilibrio a economías descompensadas y mercados distorsionados. El desenlace de las crisis nos devuelve a un crecimiento más sólido y sostenido. En ese sentido, no sólo son necesarias; son beneficiosas.
En los «crash» de mercado, todo cae, pero eso es sólo en apariencia. Por definición, las cosas caen con respecto a algo. Por lo tanto, si se está posicionado en ese «algo», se gana. Pero como en los «crash» las caídas son bruscas, si uno cuenta con el mapa correcto, las ganancias son enormes.
Veamos, por ejemplo, las acciones. Se desplomaron. ¿Contra qué? Contra la unidad de medida: el dólar. Esto quiere decir que el que estaba posicionado en dólares ganó una fortuna. Sin importar la desvalorización del dólar contra otras monedas. Ganó seguro, en términos de acciones: el viernes 19 de agosto, por ejemplo, podía comprar un 15% más acciones del Dow que el 21 de julio.
Claro que si, además de haberse desprendido de las acciones, hubiera tomado posiciones en oro o en francos suizos, la ganancia habría trepado al 33,7% en el primer caso o a «apenas» al 19,4% en el segundo. ¿Cuán frecuentes son esos niveles de rendimiento mensual en un entorno de bonanza?
Nótese que tamañas ganancias se podían obtener sin necesidad de recurrir a estrategias más agresivas, que incluyesen futuros, opciones o jugando con índices que potencian subas y otros que potencian caídas. Con sólo liquidar las acciones y quedarse líquidos -que en el peor de los casos podía representar sólo un costo de oportunidad- se pudo obtener un 15%. En un mundo en que los activos se caen y «todo» vale menos, aumentar la capacidad de compra es ganar.
Es cierto que en las crisis muchos pierden fortunas, pero también es cierto que otros hacen fortunas enormes.
Queda claro que -habida cuenta de la volatilidad inherente a estos períodos de ruptura- se requiere un monitoreo permanente. En un mundo deflacionario, la selección de las monedas es el punto clave. En las próximas semanas y meses vamos a ser testigos de decisiones importantes por parte de gobiernos, bancos centrales y reguladores. Ninguno de ellos tiene capacidad per se de generar riqueza, de alterar en lo inmediato la economía real, pero las acciones que tomen e incluso los meros anuncios que formulen -por ejemplo, un nuevo «QE»- tendrán fuerte incidencia en la evolución de los mercados financieros y habrá que decodificar con cuidado el impacto final de esas medidas, sea para aprovecharse de ellas o para protegerse.


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