La semana arranca con un cúmulo de noticias y sensaciones que no parecen de lo mejor. Por un lado, el enfrentamiento creciente en la comunidad europea respecto a la deuda griega, lo que puesto en blanco sobre negro es la discusión de cómo manejar e instrumentar su default selectivo. Por otro, la pelea en el seno del Gobierno norteamericano sobre el permiso para que el Tesoro siga emitiendo deuda, que parece cada momento más empantanado y debe estar resuelto en los primeros días de agosto. Lamentablemente esto ha desembocado en una serie de amenazas, oprobios y exageraciones de todo tipo, proferidas desde la presidencia para abajo (el martes pasado Obama amenazó a los jubilados con la idea que si los republicanos no cedían, podrían dejar de cobrar sus pensiones). En la medida que nadie cometa un gran error y las cosas se mantengan encuadradas, ninguno de estos asuntos es irresoluble. De hecho si miramos lo que ocurrió con el mercado la última semana, casi podríamos decir que hay una apuesta a que no habremos de enfrentar ninguna catástrofe. Es cierto que el 1,4% que perdió el Dow en las últimas cinco ruedas no es una manifestación de euforia, pero si tenemos en cuenta que el viernes ganó un 0,34% al trepar a 12.479,73 puntos
-con lo cual avanza un 0,53% en el mes- es claro que al menos en el frente corporativo las cosas parecen estar normales (si es que existe una normalidad en el mercado). Incluso podríamos decir que hay cierto sesgo a favor del crecimiento al considerar el 1,08% que aumentó el precio del petróleo desde el lunes pasado (1,91% en el mes). Esto no significa que todo esté bien, de hecho el 3,15% que aumentó el precio del oro en la semana (5,82% en el mes) y la baja de la tasa de 10 años al 2,91% (arrancó julio en 3,2% y el año en 3,34%) demuestran que se estuvo buscando cierta cobertura ante el riesgo. Pero pánico no hay.
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