- ámbito
- Edición Impresa
“Si yo me aburro, el lector se va a aburrir mucho más”
Jorge Edwards: «Cuando se tiene mi edad, estoy por cumplir apenas 80, hay que buscar maneras de escribir que se acomoden mucho a uno; no estar forzando mucho las cosas, porque si no, uno se aburre».
Periodista: ¿Por qué llama a su personaje el Señor de la Montaña en su novela «La muerte de Montaigne»?
Jorge Edwards: Los españoles, desde que publicó sus «Ensayos», llamaban a Michel Eyquem, más conocido como Montaigne, el Señor de la Montaña. Yo uso eso como una broma, como una variante del nombre. Siento bastante identificación con este personaje para mi fenomenal, que por lo pronto es muy libre, en el sentido verdadero de la expresión. Que tiene ese talento chispeante, ese amor a la variedad, a no aburrirse. Que cuando está cansando de escribir de un tema pasa a otro. Que sabe cortar cuando pierde interés en lo que escribe, porque supone que lo mismo le ocurrirá a sus lectores. Montaigne es, quizá, la espontaneidad llevada al extremo. Por eso los surrealistas lo han considerado un hombre que hacía escritura automática en el siglo XVI.
P.: ¿Del llamado «padre del ensayo» le interesa su libertad formal?
J.E.: No sólo tuvo libertad en su forma de escribir sino también en su visión del mundo y de las cosas. No propone ni da lecciones definitivas, ni grandes soluciones ideológicas universales. Dice: «escribo ensayos, no resultados». Encima no se toma con demasiada seriedad, sabe usar el humor y la ironía.
P.: ¿Lo impulsó a escribir «La muerte de Montaigne» ese curioso romance final que mantiene con su veinteañera admiradora Marie de Gournay?
J.E.: Yo lo leí durante mucho tiempo, y muchas veces trataba de mirar lo que pasaba en Chile, lo que pasaba en el mundo, con la mirada de Montaigne, y me decía: qué lástima que no haya hoy alguien así. Después conocí la historia de la carta que Marie le envió a Montaigne cuatro años antes de que él muera. Eso me hizo pensar que tenía que escribir algo sobre los años finales del filósofo. Por ese tiempo alguien me dijo: a ti te salen bien los relatos, novelas y cuentos sobre artistas, escritores, músicos, pintores, esa gente. Eso me decidió. Luego de la carta de Marie hay una serie de episodios que no se conocen. Por caso que Montaigne va a visitarla. Estuvo con ella, con la mamá. Y que lo invitaron a la casa de campo que tenían. Dijo que iba a ir por un fin de semana y se quedó seis meses. Ahí comienza el misterio, las conjeturas, la función de la imaginación, la ficcionalización del tema.
P.: «Ahí entro en mi juego, en lo que a mí me gusta», proclama usted en su novela biográfica.
J.E.: Es eso, exactamente. He escrito en los últimos años varias novelas con un narrador conjetural, que no lo sabe todo, que se imagina cosas, y que dialoga con el personaje. Me siento muy libre de ese modo. Y cuando se tiene mi edad, estoy por cumplir apenas 80, se tienen que buscar maneras de escribir que se acomoden mucho a uno; no estar forzando las cosas porque si no uno se aburre.
P.: ¿Cómo hace para pasar del pasado al presente para volver luego al pasado, para saltar de París o Burdeos a Santiago de Chille, de los enfrentamientos entre guelfos y gibelinos a ser espectador y comentarista del estreno de «Lady Macbeth de Mtsensk» de Dimitri Shostakovich?
J.E.: Me sale así, ni pienso cómo lo hago, porque uso un narrador muy libre, que soy yo y que puede decir: hace cuatro siglos me imagino que ocurrió esto, y lo cuento. Creo que si no se produce una identificación del autor con su personaje, con los personajes, la novela no funciona, pierde interés. Y en cuanto a los saltos temporales, están también en Montaigne, que puede remitirse a tiempos remotos sin dejar de priorizar el presente.
P.: ¿El ser embajador de Chile en Francia influyó para que escribiera esta obra?
J.E.: Para nada, la había comenzado mucho antes y me divertía escribiéndola, y eso para mí es muy importante, porque pienso que si yo me aburro, el lector se va a aburrir mucho más. Y por eso estoy convencido de que ahora va a haber lectores que se van a divertir.
P.: Por lo pronto con esa caja de sorpresas que usted le ha preparado. Uno espera saber de Montaigne y usted se pone a hablar de los pocos escritores que se le parecen en América latina: Borges, Machado de Assis, Alfonso Reyes.
J.E.: Es un libro reflexivo que relaciona cosas que parecen muy distantes pero que están relacionadas. Borges tiene la soltura de Montaigne al escribir, aunque lo perjudica, como a Azorín, una cierta coquetería en la hora de escribir, en la rebusca del epíteto. Reyes, en cambio, ofrece una prosa precisa, decantada, siempre inteligente, que no cae en solemnidades sino que le permite decir, por ejemplo, que «la Biblioteca de Alejandría era el gallinero de las musas».
P.: Y de ese momento ensayístico suyo salta a recordar aquel viejo libertino que se casó con una meretriz añosa y por la mañana, con el mayor fundamento, se saludaban: «buenos días, puta», «buenos días, cornudo», a entrar en uno de sus temas habituales, el erotismo.
J.E.: Es que el erotismo es un tema inagotable que, además, le gustaba a Montaigne, que tiene textos de una picaresca, de un erotismo agudo, o donde recuerda, por ejemplo, que las matronas romanas salían en procesión con un collar que tenía un dije en forma de pene; llevaban un pene colgado de su cuello.
P.: ¿Cuánto tiempo le llevó escribir «La muerte de Montaigne»?
J.E.: Lo redacté en seis meses, ahora escribo muy rápido. Por lo general lo hago por la mañana, entre las siete y las nueve. En lo que me demoro es en revisar lo que he escrito.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
J.E.: He terminado el borrador del primer tomo de mis memorias, que abarcan desde la condición fetal a los veinte años. Cuento cosas muy íntimas. Me ha salido un libro que es como una novela, porque en las memorias cuando uno se dirige hacia un pasado muy remoto, hay algo nebuloso, donde creo que uno inventa, o crea un atmósfera literaria.
P.: ¿Tiene ya el título?
J.E.: Tiene uno posible. Cuando era joven y empecé a entrar en la vida literaria chilena íbamos a tabernas miserables y a cafés horribles, tomábamos un vino que nos dejaba un círculo morado en la boca, porque era muy barato y muy malo. Ese círculo morado me daba mucha vergüenza cuando volvía a mi casa, y trataba de que mi madre no me viera. Por eso a esa primera parte le puse «Los círculos morados».
P.: Usted que ya ha sido galardonado con el Premio Nacional en Chile, con el Planeta Casa de América, con el Cervantes, entre muchos otros, ¿cómo ha hecho para sobrevivir a los premios?
J.E.: Si bien no es lo mismo que el Nobel, el Premio Cervantes me complicó la vida durante un buen rato. El problema de los grandes premios es que son la destrucción de la intimidad del que se ha premiado.
P.: Los escritores chilenos suelen tener actitudes muy diversas respecto a Roberto Bolaño, que se destacó internacionalmente como el mayor escritor hispanoamericano de su generación, y que no dejó títere con cabeza a la hora de hablar de sus compatriotas. ¿Cuál ha sido su relación?
J.E.: Supe de Bolaño muy tempranamente, cuando había comenzado como poeta y le seguí la pista. Yo era gran lector de él, y él lector mío. La nuestra fue una amistad literaria. Presente «Los detectives salvajes» cuando ganó el Rómulo Gallegos. La nuestra fue una amistad. Recuerdo que en París yo tenía que presentar «El origen del mundo», una novela corta, y él tenía que presentar una nouvelle suya, creo que era «Amuleto». Bolaño, me dice: «por qué no hacemos al revés, porque a mí no me gusta presentar las cosas mías, yo presento tu libro, y vos el mío». Bolaño, que no perteneció al boom de nuestra literatura que se dio en los años noventa, era fenomenal para armar líos, era un provocador, buscaba hacer que despertara un país que estaba culturalmente aletargado, y es el que más alto llegó entre los de su edad, y es una pena que muriera tan joven.
P.: ¿Qué pasó con las figuras juveniles del boom chileno de los años noventa?
J.E.: Ahí están. Algunos han escrito cosas buenas, pero los booms tienen que ver con la moda, no con la literatura. Gonzalo Contreras que estuvo perdido en el alcohol, ha mejorado y ha vuelto a escribir. Arturo Fontaine acaba de sacar un libro, Alberto Fuguet sigue publicando. El boom pasó porque la moda de los jóvenes escritores chilenos pasó, pero acaso se vuelva a repetir.
Entrevista de Máximo Soto


Dejá tu comentario