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Silvio Rodríguez renovó el romance con su público local
A apenas un año de su última visita, Silvio Rodríguez cantó ante más de seis mil personas por noche, viernes y sábado, en el Luna Park y hoy se presenta en Santa Fe.
Rey (batería, percusión) y Grupo Trovarroco: R. López Gómez (guitarra), M. Elizarde Ruano (tres) y C. Bacaro Laine (bajo). (Luna Park; repite el 26/11 en el Estadio de Unión de Santa Fe).
No debe haber otro cantautor capaz de hablar tan poéticamente de cosas prosaicas, ni de tener un alto grado de consecuencia con sus ideas políticas y volar simultáneamente a lugares altos. Y son escasísimos los que pueden sostener dichas capacidades a través de tantos años.
A fuerza de tiempo y cotidianeidad, Silvio Rodríguez es un vecino más de la Argentina. Estuvo presente en momentos históricos de nuestro país sin necesidad de demagogias. Y evidentemente siente placer en visitarnos, ya que lo hace a menudo (la última vez hace apenas un año), y sus discos se editan y venden muy bien por acá.
Este viaje no estaba motivado por la presentación de ningún nuevo álbum. Más allá de una lista de canciones que incluyó títulos de muy distintas épocas (algunos con más de 30 años), se permitió un bloque para el que es hasta ahora su último CD, «Segunda cita». De allí, en sucesión ininterrumpida, interpretó «Toma», la imponente «Tonada del albedrío», «Carta a Violeta Parra», la que da nombre al álbum y «San Petersburgo», una canción rara basada en una historia que Gabriel García Márquez le relató en un avión.
«Este es un lugar íntimo y éste será un concierto íntimo», dijo a poco de comenzar su recital con «Mujeres», una composición de 1978 reformulada casi como una chacarera. Y aunque no fue demasiado cierto que las seis mil y pico de personas del Luna Park conformaran un espacio de contacto cercano entre artista y público, Rodríguez se las ingenió para que de todos modos se sintiera así.
Es sabido: sus melodías se parecen entre sí en muchos momentos y siempre parecen ser más que nada un buen vehículo para hacer escuchar palabras hilvanadas magistralmente. Su voz personalísima, con sus clásicos gallitos en los agudos, apenas cascada por un resfrío «que me traje de Cuba», fue otra vez su mejor herramienta. Lo respaldó una banda original en su formación, bien trovadoresca podría decirse. el Grupo Trobarroco de guitarra, tres y bajo se sumó a su propio instrumento y a las flautas y el clarinete de Niurka González y a la batería y la percusión de Oliver Valdés.
Las eternas «El necio» y «Rabo de nube», «El papalote», «La gota de rocío», «Judith», «Sinuhé», «Escaramujo», «Pequeña serenata diurna», «Santiago de Chile» (estas dos últimas de su primer disco, «Días y flores», de 1975), «La era está pariendo un corazón», «Óleo de una mujer con sombrero», «La maza», «Sueño con serpientes», etc., fueron algunas de las piezas que integraron su lista central y sus bises. Y Silvio Rodríguez volvió a pasar por Buenos Aires con mucha gloria pero sin alharaca.


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