Con la creación del FINRA en 2007 -copiando la estructura que tiene desde 1910 un mercado tan improbable como la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, donde una entidad autorregulada y sin fines de lucro logró solucionar los conflictos de interés entre empresas, intermediarios e inversores, sorteando dos hiperinflaciones, los cracs del 75, 82, 85, etc., el 2001, y crisis de todo tipo sin necesitar nunca del auxilio del Gobierno ni generar grandes escándalos- el mercado bursátil norteamericano recuperó gran parte del poder de autorregulación que había perdido en la década del 30. Este cambio estructural no sólo ha permitido que el sistema bursátil norteamericano sorteara la crisis de 2008 sin grandes problemas para los inversores e intermediarios (los casos como el de Lehman Brothers o Maddoff fueron responsabilidad y evidenciaron el fracaso del control de los reguladores estatales) sino que generó la suficiente confianza como para que en los últimos 12 meses las acciones norteamericanas fueran las que generaron el sexto mejor rendimiento entre las grandes Bolsas del mundo, el tercero para los últimos 36 meses y el cuarto para los últimos 60 meses a pesar de la magra recuperación económica. Si hablamos de resultados en términos relativos es porque la realidad sigue sin ser muy buena, algo que evidencia el 1,8% que perdió ayer el Dow al cerrar en 13.102,53. Que la baja tuvo un componente que fue mucho más allá de lo bursátil lo evidenciaron el 2,3% que perdió el precio del petróleo (quedó en u$s 86,67 por barril, en este nivel nos acercamos al punto en que para muchos resultó ineficiente su producción) y el 1 por ciento que cedió el del oro (en u$s 1.708,3 por onza), junto a la recuperación de los bonos del Tesoro cuya tasa bajó al 1,764 por ciento anual. Podemos culpar a los balances, China, Europa o a la economía, pero lo concreto es que además de confiar en el sistema hay que confiar en el futuro.
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