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Sobre el dolor por la adolescencia perdida
«Excursiones» es un film melancólico y de acidez diluida que, en cierto modo, forma una trilogía de Ezequiel Acuña después de «Nadar solo» y «Como un avión estrellado».
La acción -melancólica, de humor triste y acidez diluida- transcurre en un blanco y negro agrisado, casi brumoso. Al final, como invocando sentimientos felices, surgirán los colores, suaves pero definidos. Cada tanto, alguna canción describe otra clase de sentimientos. Así, con sus habituales intérpretes y espíritu aparentemente similar, es esta nueva película de Ezequiel Acuña, la tercera después de «Nadar solo» y «Como un avión estrellado», formando en cierto modo una trilogía sobre los dolores de la adolescencia perdida.
En este caso, se perdió hace diez años. Ahora apenas se vislumbra el recuerdo, cuando un gordo bueno, empleado en una fábrica de comestibles, acude a un ex amigo de la secundaria, hoy libretista de TV y supuesto dramaturgo, para que lo ayude en la preparación de una obrita teatral. O para retomar la amistad, tras un largo silencio. El tiempo no pasa en vano, y el otro ya tiene su mundo hecho. Lo ayuda porque el resto de la camada dijo que no iba a ayudarlo, pero cumple a desgano. Sus chistes cómplices ahora los hace con un nuevo amigo, al amigo viejo lo dejan afuera. Destacable, la escena en plano fijo (apenas con dos breves inserts) de los tres gandules manejando un avioncito, donde se confirma el desplazamiento del gordo. Pero el gordo es pesado, es ingenuo, y persiste.
No diremos si gana la partida, pero sí que Acuña ha ido puliendo bien sus temas habituales de la incertidumbre tardoadolescente, la soledad en compañía, y la muerte en el trasfondo. No la metafórica de los años más juveniles, sino otra, inesperada, real, suerte de bisagra que en este caso dejó la puerta cerrada hasta que alguien se decidiera a tomar el picaporte ante el otro. Un asunto que abastece de intriga e inquietud a la segunda parte del relato, y que contribuye a explicar otras desapariciones propias de la vida.
Quizá por eso de «toda trilogía es en realidad una tetralogía», según el fallecido y divertido crítico Leo Sala, el germen de la obra que ahora vemos es un corto de Acuña de 1999, con los mismos actores y personajes, «Rocío». Sería interesante verlo ahora.
P.S.


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